Dragón

Mis Historias Favoritas — Locura Iluminada

Togashi Satsu

Hoy quiero arrancar una nueva columna de L5R que tiene un sabor especial para mí. A lo largo de los años he leído muchas historias y ficciones de este juego pero solo algunas de ellas se ganan un lugar especial. Son esas historias que al día de hoy cuando alguien empieza a jugar le digo: “Tenés que leer esto sí o sí, es lo mejor del mundo”.

La idea de esta columna es compartir con ustedes estos textos gracias al permiso de Pedro (más conocido como Mori Saiseki), el dueño de La Voz Akasha, lugar donde pueden encontrar todas las ficciones de L5R traducidas al español.

Para arrancar esta serie quiero compartir con ustedes la mejor historia de L5R jamás escrita a mí entender, que me fue recomendada por Ariel (Asuki) apenas empecé a jugar. Por desgracia no se trata de una historia de mi amado Clan del Fénix sino una de nuestros hermanos del Clan del Dragón.

Es un poco larga pero les aseguro que una vez arranquen a leerla no van a poder parar. No les pongo los links a las cartas porque realmente cada personaje suele tener varias versiones y es interesante verlas, les recomiendo leer la historia con el Oracle of the Void abierto para ir buscando a los personajes que aparecen. ¡A disfrutar!


Locura Iluminada — Parte 1

Versión Para Imprimir (La Voz Akasha)

Hace Cuarenta Años…

El viento era dulce sobre la Montaña Togashi, y el sol brillaba, pero el novísimo miembro de los ise zumi no veía nada de ello. Sus ojos estaban fuertemente cerrados mientras estaba arrodillado, cruzado de piernas, al abrigo de la pequeña cabaña del maestro tatuador.

“Abre tus ojos, hermano pequeño,” dijo el viejo maestro tatuador en voz gentil.

“No puedo,” contestó el ise zumi.

“¿Por qué no?” Dijo el viejo, riendo.

“Temo lo que pueda ver” dijo.

“Entonces abre tus ojos, y nunca vuelvas a tener miedo.”

Abrió sus ojos. El mundo ya no era como lo recordaba. Antes, la Montaña Togashi le había parecido un sitio sin vida, estéril. Ahora, todas las cosas eran relucientes formas de calor y energía. Vio vida y poder en cada piedra, en cada ráfaga de viento. Miró su propio cuerpo. Su carne estaba ahora recubierta por arremolinados dibujos gris oscuro y negro. Dentro de los dibujos podía ver extrañas criaturas. Le daban la impresión que se movían a su propio albedrío. Podía sentir fuerza recorrer sus músculos, fuerza mucho mayor que cualquiera que hubiese sentido antes.

“¿Qué ves?” Dijo el maestro tatuador, pero cuando el ise zumi miró hacia la voz del viejo, lo que vio fue a un dragón enrollado.

El hombre tatuado miró al dragón con una sonrisa sorprendida. “¿No sabes lo que veo?” Preguntó. “Este poder vino con tus tatuajes.”

“Así no es como funciona esto,” dijo el dragón, agitando su cabeza. “Los tatuajes no dan poder, liberan lo que ya hay dentro de ti. Al aumentar tu fuerza, también lo hará la suya.”

“¿Hay algún límite?” Preguntó.

“Solo los que tu te pongas” dijo el dragón. “¿Has pensado en un nombre? Muchos ise zumi adoptan nuevos nombres después de unirse a la orden.”

El hombre tatuado miró desde el borde de la gran montaña, al mar sin fin de nubes que rodeaban el elevado pico. Podía ver a los kami bailar y jugar en el viento de la mañana. Mientras los estudiaba, se le ocurrió algo. Rió larga y ruidosamente, y luego se volvió hacia el maestro tatuador.

“Llámame Kokujin,” dijo el ise zumi. “Ese será mi nombre.”

“Un nombre inquietante,” dijo el dragón.

“Me va,” contestó Kokujin.

“Como desees,” dijo el dragón.

“Tú eres Togashi,” dijo Kokujin. “El inmortal.”

Los ojos del dragón se abrieron, pero solo durante un momento.

“¿Es cierto?” Presionó Kokujin. “¿Eres un dios?”

“Así es,” dijo el dragón.

“Y estos tatuajes… la tinta es tu propia sangre.”

“Si.”

“¿Has estado escondido todo este tiempo en esta montaña haciéndote pasar por un mortal?” Preguntó el ise zumi.

“Si” dijo el dragón.

“Incluso mientras tus seguidores lucharon y murieron en tu nombre” dijo Kokujin. “Incluso cuando empezamos guerras por ti, mientras sangrábamos y moríamos por tus enseñanzas. Durante todo ese tiempo nos podías haber detenido. Nos podías haber salvado.”

“Si” dijo el dragón. “Esa es la senda del Dragón. Solo debemos actuar cuando ha llegado el momento.”

“¡Ese es nuestro derecho!” Rió Kokujin. “La sangre de inmortales corre por nuestras venas. Los mortales están por debajo de nosotros. Solo viven para entretenernos.”

El dragón no contestó por un instante. “No,” dijo Togashi. “No lo entiendes. Esa no es la razón por la que esperamos, y tú no eres inmortal.”

“¿Es eso lo que les dices a los demás?” Preguntó Kokujin con una sonrisa.

“Esa es la verdad,” contestó con firmeza el dragón.

“La verdad,” musitó el ise zumi. “Vivir por la verdad. ¡Que vida más maravillosa! Dime, Togashi-san, ¿dónde se convierte la una en la otra? ¿Dónde termina la mentira y empieza la verdad? ¿Verdaderamente hay alguna diferencia?” La voz del ise zumi no era ni enfadada ni acusadora. Su tono era templado, curioso, casi entretenido.

“Has visto demasiado, demasiado pronto” dijo Togashi. “Debes descansar, darte tiempo para entender lo que has obtenido. A veces hay locura en la iluminación. Si le das tiempo, pasará.”

“¿Y por qué desearía que pasase?” Contestó Kokujin, acercándose al borde del precipicio. “¡La locura es la iluminación! Dices que he visto demasiado. ¡No he visto lo suficiente! ¿Qué otros secretos hay ahí fuera?”

Togashi abrió su boca para volver a hablar, para dar una advertencia, un motivo, o una amenaza. Kokujin no oyó nada.

Ya había saltado desde el acantilado.

“¿Qué he creado?” Susurró Togashi.

Quizás rió en ese momento, pero Kokujin no lo oyó.

• • • • •

Hace Treinta Años…

“Tú eres al que llaman Togashi Kokujin” dijo ella, su melosa voz resonando por el inmenso salón. “El loco.”

“Y tú eres Hitomi” contestó Kokujin, sonriendo a la pequeña mujer que estaba sentada en el trono ante él. Los espíritus revoloteaban alrededor de ella en un hirviente torbellino. Cosas oscuras, sin nombre, rasgaban y destrozaban a muy estáticos dragones plateados. Kokujin había sentido su poder desde el otro lado del Imperio. Era posible que un día ella fuese más grande que Togashi. Miró a los ojos de ella, y la entendió.

“No te arrodillas como los demás” dijo ella, señalando a los otros hombres tatuados, a sus kikage zumi.

“¿Por qué debería?” Kokujin se encogió de hombros. “Si de verdad eres mejor que yo, entonces no necesitas mi adulador homenaje para demostrarlo.” Miró hacia el hombre tatuado más cercano, se le acercó, y posó una gran mano, gentilmente, sobre la cabeza rapada del joven. “¿Es verdad que les has creado?” Preguntó. “¿Qué puedes liberar el poder en los demás, como antes hacía Togashi?”
“Si” dijo ella. “¿Es verdad que llevas la Mancha?”

“Llevo la bendición de Fu Leng, así como la de Togashi,” dijo Kokujin, asintiendo. “Recogería también las bendiciones de los otros Kami, pero me tenían tanto miedo que huyeron del reino de los mortales.”

“Pero matas a tus compañeros Dragón” dijo ella. “Esas son las acciones de un alma corrupta.”

Kokujin rió. “No hace falta servir a Fu Leng para disfrutar del asesinato. Ni el cielo ni el infierno me gobiernan. Mato porque me place hacerlo. Soy mi propio señor.”

“Enséñame” dijo ella.

“¿A matar?” Preguntó Kokujin.

“No” dijo secamente Hitomi. “Enséñame a encontrar el equilibrio, como tú lo has hecho. Poder gobernar la corrupción, y no ser gobernada por ella.” Miró su mano derecha, encofrada en una red de trozos de obsidiana.

“No podéis hablar en serio, Dama Hitomi” dijo uno de los pequeños kikage zumi que estaba arrodillado junto al trono. Era bajo, enjuto. Sus luminosos ojos verdes miraron a Kokujin con odio. “Vuestra voluntad es fuerte. Podéis encontrar el camino sola.”

“Silencio, Kobai” ordenó Hitomi. “Le necesitamos.”

“La dama ha hablado” dijo un grueso hombre tatuado, al otro lado del trono. “Si ella cree que puede conseguir la lealtad de Kokujin ¿Quién somos nosotros para dudarlo?”

“Es un asesino, Akuai” gruñó Kobai. “Un esclavo de la Mancha.”

Un sonoro chasquido resonó por el salón. Kokujin había girado rápidamente su mano, rompiendo el cuello del joven kikage zumi junto a él. El chico cayó muerto al suelo. “No soy un esclavo, Hitomi Kobai” dijo Kokujin con una sonrisa. “¿Puedes tú decir lo mismo?” Los demás kikage zumi continuaron arrodillados, no haciendo ningún movimiento para escapar o defenderse sin el permiso de Hitomi. Kokujin miró con desprecio a todos.

“Este insulto no puede ser tolerado, mi Dama” gruñó Kobai, luminosos ojos verdes brillando con furia. “¡Dejadme matarle ahora!”

“Creo que no” dijo Hitomi. “Hay mucho que puedo aprender de Kokujin. “Puede ser un loco, pero sólo Kokujin comprende la carga que llevo. Luz y oscuridad luchan en su alma, y a pesar de eso mantiene el control. Su locura es irrelevante. Solo él me puede ayudar. Qué dices, Kokujin. ¿Tomarás mi nombre y jurarás dominar tu locura? El servirme conlleva beneficios.”

“¿Por qué no?” Dijo Kokujin. “Un nombre es tan bueno como el otro.”

“¡La Dama ha hablado!” Rugió Akuai. “Hitomi Kokujin es bienvenido aquí.”

“Nos destrozará a todos, mi Dama” advirtió Kobai.

“Y si me voy” dijo Kokujin, “Hitomi caerá bajo los susurros de esa ennegrecida garra y destruirá el Imperio. ¿No es así, mi Dama? ¿No es eso lo que teméis?”

Hitomi permaneció en silencio durante un rato. Finalmente, asintió. “Así es” dijo.

“¿Entonces soy bienvenido en la Montaña Togashi?” Preguntó.

“Eres bienvenido en Kyuden Hitomi” le corrigió ella “pero mata a otro de mis kikage zumi, y eso cambiará.”

“Entendido” dijo Kokujin con una sonrisa de satisfacción. “No importa. Muy pronto habrá mucho que matar.” La risa de alegría del oscuro ise zumi llenó la sala de audiencias de Hitomi.

• • • • •

Hace Veintisiete Años…

Ante un pequeño altar en las quebradas faldas de la Gran Escalada, había arrodillado un único monje. Sólo llevaba un simple par de deshilachados hakama, a pesar de los helados vientos. Su cuerpo estaba pintado con brillantes tatuajes, imágenes de ardientes dragones volando. Sus brazos y pecho estaban cubiertos por las cicatrices de muchas batallas. Un usado bastón bo estaba en el suelo, cercano.

“Togashi Mitsu.”

El ise zumi abrió sus ojos. Había tapado bien sus huellas. Aún así, le habían encontrado. Miró hacia atrás, sobre su hombro. Eran seis. Todos llevaban los negros y giratorios tatuajes de los kikage zumi, los hombres tatuados de Hitomi. Su líder era más pequeño que los demás. Sus ojos eran de un extraño verde reluciente. Mitsu le reconoció como Kobai, uno de los primeros que había jurado fidelidad a la orden de Hitomi, uno de los asesinos de su familia, por deseo de Hitomi.

“Me has llamado ‘Togashi” dijo Mitsu, volviéndose mientras se levantaba. Cogió su bastón de donde estaba, apoyado a un árbol cercano, y lo blandió con ambas manos. “Creía que tu Dama había erradicado ese nombre. ¿O te has venido a reír de mi antes de matarme, como hicisteis con Mikoto, Yama, Rinjin, y el viejo Gaijutsu?”

“He venido a pedir disculpas, Mitsu” dijo Kobai. “La Dama ha visto el error de sus camino, como recé para que pasase. Kokujin ya no es bienvenido en Kyuden Hitomi. Los Togashi sobrevivientes son libres de volver a casa. Tu nombre ha sido restaurado. Fue el deseo final de la Dama antes de que ascendiese a los cielos.”

“Ya veo” dijo Mitsu, sin relajarse “¿Y tenéis que venir seis a contármelo?”

“Necesitamos tu ayuda, Mitsu” dijo Kobai. “Quedan muy pocos kikage zumi después de la Batalla de la Puerta del Olvido. Demasiado pocos. Necesitamos tu ayuda para buscar a Kokujin.”

“¿Por qué lo buscáis?” Preguntó Mitsu cuidadosamente.

“Venganza” dijo Kobai. “Venganza por lo que casi hizo a nuestra Dama, por lo que le hizo al Clan Dragón. Ella deseaba aprender equilibrio de él, pero se convirtió en su esclava. Nos convertimos en un clan de asesinos por su culpa.”
“Yo nunca me volví un asesino” dijo Mitsu. “La elección de dejar que otro hombre tome las decisiones por ti, siempre fue tuya. Deja que las consecuencias pendan sobre tu cabeza, Kobai. No le eches la culpa a Kokujin.”

Kobai miró con mala cara a Mitsu, y luego, lentamente, frunció el ceño. Inclinó su cabeza, y cerró sus ojos avergonzado. “Tienes razón, Mitsu-sama” dijo en voz baja. “Por lo que mi familia le hizo a la tuya, no puede haber disculpa. Fuimos tontos. Aún así, Kokujin debe ser detenido.”

“Por venganza” dijo Mitsu con un suspiro.

“Y ha robado las espadas de Togashi” dijo Kobai. “Deben ser recuperadas.”

“Por venganza y chucherías” corrigió Mitsu. Dejó caer su bastón, dejándolo que rebotase en el suelo empedrado. “No has aprendido nada, Kobai.”

“¡No son chucherías! Son las espadas de nuestro fundador” dijo con urgencia Kobai. “Son poderosas, sagradas. No pueden quedarse en manos de un loco.”

“Togashi ya no las necesita más” dijo Mitsu. “Togashi está muerto. Tu Dama le mató.”

Kobai parpadeó. “¿No nos ayudarás? La Orden de Hoshi ya está de acuerdo. El propio Wayan está listo para ayudarnos.”

“Entonces le deseo lo mejor a Wayan” dijo Mitsu “pero ya he luchado contra Kokujin. No me volveré a enfrentar a él hasta que esté listo. Te advierto Kobai, no lo hagas. Vuelve a tu montaña. Espera hasta que seas lo suficientemente fuerte. ¿No te das cuenta de la trampa que te espera? Kokujin cogió las espadas porque sabe que tú y los demás kikage sois impulsivos e imprudentes en lo que concierne al honor de vuestra familia. Él quiere que sigáis tras él.”

“Sólo es un hombre” dijo Kobai. El kikage zumi se volvió y se alejó andando. Los demás le siguieron.

Mitsu se preguntó si alguna vez volvería a ver a alguno de ellos.

• • • • •

Hace Cinco Años…

El camino que llevaba a Shinden Hoshi era áspero, indómito. Como muchos de los caminos en tierras Dragón, no estaban hechos para facilitar el viaje, sino más bien para dar una idea general de por donde ir. El monje herido gruñó de dolor mientras trastabillaba por el áspero suelo. Apoyándose contra una roca, se ajustó los vendajes que cruzaban su redondo pecho. Reuniendo sus fuerzas, siguió hacia delante, apoyándose en el mango de su hacha.

Los guardias Sohei gritaron al verle aproximarse a las puertas del pequeño templo. El monje herido reconoció sus caras, pero no sus nombres. Nunca le había importado mucho aprenderse sus nombres. Uno abrió las puertas y corrió adentro. El otro corrió hacia él, extendiendo una mano para ofrecerle ayuda. El monje herido le rechazó, impacientemente.

“Necesito ver a Wayan” gruñó ferozmente.

“Por supuesto” asintió rápidamente el guardia “¡Pero déjame que te ayude!”

“No necesito tu ayuda” soltó el monje herido.

El guardia asintió y dio un paso hacia atrás. El monje se sentó sobre una gran piedra, ambas manos cogiendo con fuerza el mango de su hacha, mientras se concentraba en permanecer consciente. El arma estaba cubierta de sangre seca y entrañas. Miró sospechosamente al guardia, un ojo Escondido tras el grueso vendaje que cruzaba su cráneo.

“Te recuerdo” dijo el guardia.

El monje herido no dijo nada, solo miraba fijamente, enfadado.

“Eres uno de los que mandaron a cazar al loco” volvió a decir el guardia. “¿Qué te ha pasado?”

“Le encontré” susurró el monje con una mueca.

El guardia miró hacia otro lado, asustado por su mirada.

Las puertas del templo se volvieron a abrir. Wayan, líder de la Orden de Hoshi, salió al empedrado camino. El enjuto y viejo monje llevaba el traje de batalla de los Sohei, menos la larga bufanda que normalmente cubría su cara. Complejos tatuajes cubrían su cara y sus brazos, el legado místico de Hoshi, hijo de Togashi. Cuando Wayan vio al monje herido, su cara se volvió severa.

“Kaelung” dijo Wayan, inclinándose ante el monje herido. “Has vuelto. ¿Donde están Maseru y los demás?”

“Muertos” dijo Kaelung.

“¿Cuarenta Sohei?” Preguntó bruscamente Wayan.

Kaelung asintió. “Encontramos a Kokujin en las Llanuras Sobre la Maldad. Nos esperaba junto con doscientos bakemono. Había esculpido sus diseños sobre ellos, los tatuajes que usa para controlar a los débiles.”

Wayan agitó su cabeza. “Los tatuajes que usa Kokujin para controlar a otros son temporales. Tiene que usar su propia sangre para dibujarlos. No hay forma de que pudiese controlar a tantos.”

“Vi lo que vi” soltó Kaelung.

“Te creo, Kaelung” dijo Wayan. Miró intensamente hacia el sur, como si desease ver a Kokujin. “Sólo que lo encuentro perturbador. ¿El loco mató a todos tus camaradas?”

“A todos no” dijo Kaelung. “Algunos de ellos fueron llevados en volandas. Hacia las Tierras Sombrías. Les seguí hasta que Kokujin me vio. Luché contra él hasta que me di cuenta de que no podía ganar. Apenas pude sobrevivir.”

“Vuelve al templo, Kaelung,” dijo Wayan. “Dile a los demás lo que has visto. Cuando se curen tus heridas, volveremos a cazar al loco. La próxima vez, estaremos preparados.”

“¿Nos has oído nada de lo que he dicho?” Dijo Kaelung, mirando incrédulo a Wayan. “Estábamos preparados. Habíamos tomado todas las precauciones. No sirvió de nada. Kokujin estaba preparado. Para él, esto es un juego, y mientras sigamos las reglas que él impone, no podemos ganar. Necesitamos ayuda. Deberíamos ir a los Hida, a los Hiruma, a los Daidoji. Debemos encontrar aliados que sepan luchar contra la Mancha. Si continuamos luchando solos, por un orgullo cerril, él continuará destruyéndonos.”

“Kaelung vuelve al templo” dijo Wayan. “Lo ordeno.”

Kaelung se levantó titubeante, su expresión agria. “Eres un tonto, Wayan” dijo. “Ya no me mandas.”

Kaelung anduvo lentamente por el camino. El guardia Sohei se adelantó con una mirada enfadada, pero Wayan le hizo una seña para que se detuviera. “No” dijo el viejo monje. “Quizás tenga razón. Debe encontrar su propio camino.”

Kaelung continuó por el accidentado sendero. El dolor le recorría el cuerpo; sus lesiones eran graves. Cayó al suelo, sin aliento, agarrándose los sangrientos vendajes en su cadera derecha. Por un momento, consideró volver al templo. Los monjes le podían tratar. Siempre se podría marchar más tarde.

“No” dijo una voz. “Ese ya no es tu sitio. Y lo sabes.”

Kaelung levantó la vista. Una alta figura con negras túnicas estaba ante él. Su cara era una mascara dorada sin rasgos, con una brillante piedra de jade incrustada en su frente.

“Otra vez tú” dijo Kaelung. “El que me salvo en las llanuras.”

“No le hablaste de mi a tu señor” dijo.

“No preguntó” contestó Kaelung.

“Pensé que te detendrías a recuperarte en uno de los pueblos del camino” contestó el extraño. “Eres tan fuerte como cabezón.”

“¿Quién eres?” Demandó Kaelung.

“Perdí mi nombre hace mucho tiempo” dijo el hombre. “Me llamo Señor de Jade, de los Kolat.”

“¿Kolat?” Dijo Kaelung con un gruñido. Se puso en pie, asió su hacha. “He oído de vosotros. La vuestra es una orden oscura, que quiere dominar el Imperio. Haríais a todos los demás como vosotros, instrumentos que no puedan pensar.”

“Extraño” dijo el Señor de Jade. “Oí decir lo mismo del Clan Dragón, en el pasado. Pero habéis cambiado ¿No es verdad?”

“¿Por qué me salvaste a mi y no a los demás?” Preguntó Kaelung, levantándose con un gruñido de dolor.

“Caprichosa suerte” dijo el Señor de Jade, encogiéndose de hombros.

Kaelung miró sospechosamente al Maestro Kolat.

“Lo siento” rió el Señor de Jade. “¿Esperabas algo más? ¿Soñabas en secreto que era tu gran destino enfrentarte y derrotar a Kokujin? Lo siento, Kaelung, pero no creo que el futuro esté construido de esa manera. No creo en el destino.”

“Ni yo” dijo Kaelung. “El futuro es el que construimos.”

“Entonces, es posible que lleguemos a un acuerdo,” dijo el Señor de Jade. “Yo, como tú, desearía ver a Kokujin y a sus protegidos destruidos, por mis propias razones.”

“¿Y quieres que te ayude?” Preguntó Kaelung.

“No,” dijo el Señor de Jade. “No eres el tipo de persona que ofrezca ayuda ni la acepte. Solo deseo luchar a tu lado.”

“Te escucho” dijo Kaelung.

• • • • •

Hace Tres Semanas…

A veces, parecía como si hubiese innumerables monasterios en las montañas del Clan Dragón. Togashi Matsuo había visto su correspondiente ración, siguiendo a su sensei. Parecía que el viejo Mitsu tenía un sentido para encontrarlas. El altar más recóndito, el templo más escondido, sobresalían como un faro. Los monjes nunca parecían sorprenderse de ver a Mitsu andando por el camino, y siempre eran bienvenido.

“Ciempiés” susurró.

Matsuo asintió. Se concentró en la imagen de un ciempiés celestial en su mente, pensando en muchas patas moviéndose como una. Pensó en la velocidad y la agilidad de la criatura. Se imaginó esa velocidad en si mismo. Sintió un arder en su pecho; los tatuajes que estaban en su pecho tomaron la forma de un poderoso ciempiés, desde la muñeca derecha de Matsuo hasta la izquierda.

“Bien” dijo Mitsu. “Lobo.”

Matsuo asintió. Se imaginó a un poderoso espíritu lobo, corriendo a través de un bosque cubierto de nieve, persiguiendo a una liebre. El olor de su presa estaba impregnando fuertemente su nariz. El sonido de sus peludos pies corriendo por la empolvada tierra era como un trueno en sus oídos. El tatuaje del ciempiés se difuminó, para ser reemplazado con el de un lobo aullando.

“Excelente” dijo Mitsu. “Dragón.”

Matsuo sonrió. La imagen llegó fácilmente, un gran dragón de cristal surcando por las nubes. Su aliento era el viento del norte; su barba era escarcha blanca. Sus garras estaban tan afiladas como los carámbanos. Mientras pasaba por el cielo, dejaba copos de nieve girando en su estela. Frío pasó por el cuerpo de Matsuo, y cuando miró hacia abajo, el dragón de nieve había adoptado su forma familiar en su pecho.

“Ese es uno de mis favoritos” dijo Matsuo.

“¿Cuantos llevamos?” Preguntó Mitsu.

“Siete” contestó Matsuo. “El tatuaje ya adopta siete formas diferentes.”

“Maravilloso” dijo el viejo sensei con una sonrisa de satisfacción. “Ese es un poder increíble, especialmente para alguien tan joven. Nunca había visto algo igual, Matsuo. Y viniendo de mi, eso es decir mucho.”

“Lo sé” dijo Matsuo. Le gustaban los relatos de su sensei. Las aventuras de Mitsu eran incontables. Era increíble los enemigos a los que había derrotado. Eran inimaginables las cosas que había visto. Si Matsuo no hubiese tenido la oportunidad de acompañar a su maestro en algunas de sus últimas aventuras, a lo mejor no se hubiese creído ninguna de ellas.

“Creo que estoy listo para intentar la octava forma” dijo Matsuo deseoso. “¿Una espada ardiente quizás? Eso puede ser útil.”

“No te esfuerces demasiado, Matsuo” dijo Mitsu riendo. “Deja que tu poder se desarrolle de forma natural. Y las espadas ardientes están algo sobre valoradas. Son bastante difíciles de usar sin quemarse.”

Matsuo miró con curiosidad a su maestro. Sin duda había una historia tras esa afirmación, pero antes de que pudiese preguntar, las puertas del templo se abrieron de par en par. Los acólitos respiraron entrecortadamente cuando un alto hombre tatuado entró tambaleándose, cubierto en sangre y cicatrices. Su ropa estaba rota y mugrienta. Se movió decidido hacia los ise zumi, sus dorados ojos brillando por la urgencia.

“Señor Satsu” dijo Mitsu, ayudando al herido ise zumi a sostenerse. Mitsu no parecía sorprendido de ver al nieto del Kami Togashi tambalearse medio muerto en un templo remoto, pero la verdad es que Mitsu pocas veces parecía sorprendido. “¿Qué ha pasado?”

“Mitsu” dijo Togashi Satsu, mirando triunfante al hombre más mayor. “Matsuo” añadió, mirando a su alumno. “Venid conmigo. Sé donde se esconde Kokujin.”

“Explícalo” dijo tersamente Mitsu.

• • • • •

El Presente…

Me aburro de esperar.
He oído vuestro reto, y estoy dispuesto a aceptarlo.
Elige a siete de tus mejores hombres, y mándamelos.
Envía dos de los Togashi, la familia cuyo nombre una vez llevé.
Envía a dos de los Hitomi, la familia que ayudé a crear y que me entiende mejor.
Envía a uno de la orden de Hoshi, los niños que se han dedicado a mi muerte.
Envía a uno de los Mirumoto; dejad que pruebe sus espadas contra las mías.
Y Envía a uno de los Tamori. ¿Por qué no?
Envía de menos y los mataré a todos.
Envía de más y no apareceré.
Estoy esperando, y prometo la iluminación a aquellos que se enfrenten a mi.
Encontradme en las Montañas del Crepúsculo.

— Kokujin

“Una carta extraña” dijo Mirumoto Rosanjin, devolviéndosela a Akuai. El bien parecido samurai miró alrededor suyo por el mellado paisaje, frunciendo el ceño, inquieto. “Muy agitada y abrupta.”

“Kokujin puede ser muchas cosas, pero no es un poeta” contestó Tamori Chieko con una risita. La pequeña shugenja se abrazó a si misma, por el frío.

“Se está haciendo tarde” dijo Matsuo, mirando la luna llena. Se preguntó si Hitomi les estaba protegiendo. “Deberíamos encender un fuego.”

“¿Aquí?” Dijo una voz seca, seguida de una risa burlona. Hitomi Hogai volvió hacia el grupo, una amplia sonrisa dibujada en sus feos rasgos. “No seas tonto, chico.”

Matsuo se encogió de hombros. Sus tatuajes se movieron, convirtiéndose una vez más en el dragón de nieve. Se sentó junto a Chieko, y la pasó un brazo por sus hombros para compartir su calor. Deseó, y no por primera vez, que Mitsu les hubiese acompañado. Era extraño que se hubiese quedado atrás; odiaba más a Kokujin que cualquiera de ellos.

“Hogai dice la verdad” dijo Akuai, el viejo kikage zumi. “Kokujin verá el humo y vendrá por nosotros.”

“¿Kokujin?” Dijo Hogai riendo. “Tan dentro de las Montañas del Crepúsculo, él es sólo una de nuestras preocupaciones. Aquí hay muchas cosas que temer, viejo. El Primer Oni murió aquí. Su sangre maldijo estas montañas. Todo tipo de bestias malignas hacen de este lugar su hogar.”

“Entonces somos afortunados por tener tu pericia, Hogai-san” contestó Hoshi Wayan. El viejo monje estaba subido encima de una roca cercana, oteando con cuidado el área.

“¿Una vez fuiste un Hida, verdad?” Preguntó Rosanjin.

Hogai asintió en silencio, sin mirar a Rosanjin.

“¿Por qué les dejaste?” Presionó Rosanjin. “¿Era demasiado pesada la armadura?”

“Ahora es un Dragón, y eso es todo lo que importa,” dijo secamente Togashi Satsu mientras volvía al campamento. “¿Lo entiendes, Rosanjin?” Satsu miró mal al samurai.

“Hai, sama” dijo el samurai, inclinándose rápidamente ante el líder.

“¿Habéis oído eso?” Preguntó Matsuo, mirando intensamente hacia arriba. Su tatuaje había adoptado su forma de lobo.

“No oigo nada” dijo Wayan, “pero tus oídos son más sensibles que los nuestros.”

“Parecía un tambor…” dijo Matsuo, “solo que era como de metal. Acero sobre acero… parecido al martillo de un herrero. Ya ha desaparecido.”

“Hay muchos espíritus en estas montañas con muchas canciones” dijo Hogai. “Sin duda que ese era uno de ellos.”

“Podía haber sido importante,” dijo Matsuo.

“No lo dudo” contestó Hogai, “pero no hay porqué preocuparse de ello a no ser que se repita.”

“Encontré huellas fuera del campamento,” dijo Satsu, mirando hacia Hogai. “Huellas de Bakemono. Hogai, me gustaría que las vieras, pero a mi me parecían frescas. Si nos dirigen en el buen camino, deberíamos encontrar mañana a Kokujin.”

“¿Y entonces qué?” Preguntó Chieko.

“Entonces, él muere,” dijo Akuai. “Luego limpiamos nuestra vergüenza y recogemos lo que nos pertenece.”

“Así lo espero” contestó Rosanjin atrevidamente, su mano apretando el mango de su katana. “Enseñaré a este loco que se necesita algo más que dos espadas para ser un Dra…”

“¡Shss!” Dijo Matsuo, levantándose de repente.

Rosanjin miró con curiosidad la joven ise zumi. “¿Matsuo?”

“¡Silencio!” Susurró. “Oigo algo…”

“¿Otra vez los martillazos?” Preguntó Hogai, mirando las sombras que había alrededor suyo.

“No…” dijo Matsuo. “Esto es diferente… esto es…” los ojos de Matsuo se abrieron de par en par. Se volvió hacia Satsu. “¡Corred, mi Señor!”

Los Dragones se movieron al unísono, ninguno dudando de las palabras de Matsuo. Las espadas de Rosanjin estaban en sus manos justo cuando Wayan saltó al suelo desde la roca, su bastón preparado. Una brillante espada forjada de jade puro se formó en la delgada mano de Chieko, al ella invocarla. Matsuo les llevó de vuelta por el sendero por el que habían venido.

El camino estaba bloqueado. Docenas de pequeñas y delgadas criaturas estaban en el paso. Bakemono – goblins. Sostenían afilados cuchillos y porras, o simples piedras. Normalmente, este tipo de criaturas eran poco amenazadoras, pero había algo extraño en estas. Cada una tenía extraños diseños trazados sobre su cuerpo en rojo oscuro. Cada uno estaba listo para el combate. Matsuo reconoció su postura, horrorizado. Era Kaze-do, el arte marcial secreto del Clan Dragón.

“Estos son los bakemono de Kokujin,” susurró Hoshi Wayan. “Estamos rodeados.”

“No temo a los goblins,” gruñó Hogai.

“Quizás deberías,” dijo una voz suave. Los goblins se apartaron. Varias grandes siluetas se adelantaron, siluetas humanas. Como los goblins, sus cuerpos estaban cubiertos de tatuajes que daban vueltas. Como los goblins, su postura era la de los Dragón. Dos verdes puntos brillaban entre ellos, los brillantes ojos de su líder. Era un hombre bajo. Matsuo no le reconoció, pero Wayan y Akuai dieron un grito sofocado al verle. Él sonrió y se inclinó ante todos ellos.

“Soy Kobai” dijo el hombre tatuado. “Kokujin Kobai. Saludos, Satsu, hijo de Hoshi. Mi señor os da la bienvenida a su hogar.”

Locura Iluminada — Parte 2

Versión Para Imprimir (La Voz Akasha)

Hace Ocho Años…

Kaelung anduvo con cuidado por la caverna llena de escombros. Incluso dos años después, el paso que los Unicornios llamaban la Senda de la Noche no era un lugar seguro. Algunas partes de las montañas aún brillaban de color rojo lava, como heridas por la lluvia de fuego que había destrozado la sierra. Abundaban rumores de que extrañas criaturas habían aparecido en el roto cráter, cosas que no habían sido vistas en mil años. Kaelung no era el tipo de persona que diese mucho crédito al rumor y a la superstición, pero a pesar de ello, sostenía con fuerza el mango de su hacha.

Aunque hacía poco que se había unido a la orden de Hoshi, el joven Kaelung era ya uno de los más imponentes miembros de la hermandad. Era un hombre alto y ancho de hombros, que se podía mover con sorprendente velocidad y tino. Al revés que muchos ise zumi, sus tatuajes no eran visibles, escondidos tras las túnicas rituales de un sohei, un monje-guerrero. Los severos rasgos de Kaelung estaban enfocados directamente hacia delante, mirando hacia la oscuridad.

“Sé que estás ahí dentro, renegado” llamó Kaelung. “No tiene sentido esconderse.”

Una segunda figura, casi tan alta e imponente como Kaelung, apareció al borde de la oscuridad, los brazos cruzados sobre su pecho. “No deseo ser molestado” dijo el hombre.

“Entonces debiste cubrir mejor tu rastro” contestó Kaelung, frunciendo el ceño. “Sabes porque estoy aquí. Ven conmigo.”

El hombre rió. “¿Por qué?” Preguntó. “¿Para que pueda ver como todos morís por vuestro estúpido orgullo?” El hombre entró en el círculo de luz. Un brillante tatuaje de un dragón rojo se extendía por su pecho y hombros. Sus cejas eran algo grises, la única señal visible de que este ise zumi era más viejo de lo que aparentaba.

“Togashi Mitsu-sama, os necesitamos” dijo Kaelung. “¿Por qué nos vuelves la espalda?”

“Estoy retirado” contestó. “He cumplido todas mis promesas. Los Togashi pueden descansar en paz. Déjame en paz.”

Kaelung miró calladamente a Mitsu durante un momento. “Entonces estás de mal humor” dijo. “Te escondes en esta cueva porque estás amargado por lo que hizo Hitomi a tu familia, incluso después de todo este tiempo.”

Los ojos de Mitsu se entrecerraron un poco, pero no dijo nada.

“Eres un estúpido, viejo” dijo Kaelung. “No fue Hitomi la que mató a tu familia, fue la locura que Kokujin le inculcó. El asesino aún vive, y lleva el daisho de tu Kami, del dios que te dio tus tatuajes.” Kaelung apuntó un dedo acusador hacia el pecho pintado de Mitsu.

“No sabes nada” dijo Mitsu. “Eres demasiado joven. Solo sabes lo que otros te han contado.”

“Entonces, dime la verdad” dijo Kaelung.

“¿La verdad?” Dijo Mitsu riéndose, sentándose pesadamente sobre una gran piedra. “Solo sé que mi Kami me ordenó llevar a Hitomi a su destino… y ese destino la llevó a asesinar a mi familia y a abrazar a un loco… y llevó a Togashi a su muerte. Cuando veo a la Dama Luna brillar en los Cielos, sé que pasó todo lo que tenía que pasar, como tenía que ser… pero me pregunto… ¿Por qué? Quieres la verdad, Kaelung, pero no creo que exista.” Mitsu miró a Kaelung a los ojos. “He hecho muchos sacrificios por el Clan Dragón. Ve y busca a Kokujin si es que debes hacerlo. Te deseo buena fortuna.”

Una lenta mueca de desprecio apareció en la cara de Kaelung. “Muy bien entonces” dijo secamente. “Escóndete ahí en tu cueva. El Dragón no te necesita. Si esto es lo que se hace pasar por una leyenda del Clan Dragón, quizás haya llegado el momento de nuevas leyendas.”

Kaelung se dio la vuelta y salió de la cueva, dejando a Togashi Mitsu con sus pensamientos.

• • • • •

El Presente…

Las Montañas del Crepúsculo se habían quedado espeluznantemente en silencio. Los siete samurai Dragón que habían venido a cazar a Kokujin estaban ahora rodeados en un resguardado paso, rodeados por ambos lados por tatuados bakemono. Una banda de extraños hombres tatuados les miraban en silencio; sus tatuajes estaban tintados con un gris oscuro. Su piel tenía un color inhumano, azul-negro. Su líder les miraba expectante con brillantes ojos verdes.

Togashi Matsuo se sentía bastante sobrepasado. Claro que en el pasado había derrotado a terribles enemigos junto a su maestro, Mitsu. Ahora estaba junto a algunos de los más grandes héroes de su clan, incluyendo a Togashi Satsu, que llevaba el misterioso poder de su inmortal abuelo. Además, había algo en los descerebrados seguidores de Kokujin que le llenaban de miedo. Intentó estar cerca de Tamori Chieko, pero se preguntó si lo hacía por el impulso de protegerla o meramente para estar cerca de la única shugenja del grupo.

“Kobai” susurró Hitomi Akuai, mirando incrédulo al oscuro hombre tatuado que lideraba la oposición. “No es posible. Hace muchos años que moriste.”

Kobai sonrió. “Admito que es extraño ver a un viejo amigo aparentemente volver de la tumba. Nunca morí, Akuai. Meramente encontré una nueva dirección. Seguramente recordarás como se siente eso. Igual que tú renaciste al servicio de la Dama, ahora he renacido al servicio de Kokujin. Ahora os llama, a todos vosotros, sus primos en el Clan Dragón. Os desea dar la bienvenida a su hogar. Te hablo a ti, Togashi Satsu-sama. Solo tú puedes verdaderamente entenderlo.”

“¿Por qué entendería a un loco?” Preguntó Satsu. Mientras los demás estaban con armas o puños preparados para el combate, Satsu estaba de pie tranquilamente, relajado, y despreocupado. Matsuo conocía bien la postura; había visto a Mitsu adoptarla muchas veces, antes de repentinamente lanzarse en una ráfaga de acción.

“Kokujin no es un loco” contestó Kobai con una triste sonrisa. “Por supuesto, muchos de vosotros le veis así – como puede una mera mente mortal comprender aquello que es eterno. Cuantos de nosotros nos hemos preguntado muchas veces sobre las acciones del Kami Togashi. Tú, Satsu-sama, eres diferentes. Eras un cuarto divino. Tu eres como él.”

“Interesante” dijo Satsu, asintiendo pensativamente. “Solo te he conocido dos minutos, Kokujin Kobai, pero creo que nadie me ha insultado tanto jamás. Muy logrado.”

“No estás escuchando” dijo Kobai, frunciendo el ceño. “Kokujin desea hablar contigo, para ayudarte a entender lo que has hecho. Aceptó tu reto porque sabía que eso te traería aquí, pero desea que esta disputa, este derramamiento de sangre acabe.”

“¿Donde está Kokujin?” Preguntó Satsu.

“En las ruinas de Shiro Heichi” dijo Kobai. “El hogar del caído Clan Jabalí.”

Satsu asintió y miró hacia atrás, sobre su hombro, mirando por un momento a los ojos de Matsuo. Miró a cada uno, fijándose que todos estaban preparados.

“Tendrás lo que deseas, Kobai-san” dijo Satsu. “Este derramamiento de sangre terminará. ¡Terminará con la muerte de Kokujin!”

Con eso, los siete Dragones saltaron hacia delante como uno solo. Las espadas gemelas de Rosanjin formaron un círculo de muerte mientras se lanzaba sobre las filas de bakemono. Wayan y Akuai atacaron directamente hacia Kobai, golpeando hacia un lado a todo aquel que se interpusiese en su camino, con furiosas patadas y puñetazos. Hitomi Hogai levantó una roca con un poderoso rugido, mandando la piedra hacia los bakemono que tenía tras él. Satsu se movió más rápido que lo que un ojo podía ver, katana hacia un lado, baja, mientras cortaba los oscuros hombres tatuados. Chieko apuntó su espada de jade hacia uno de los seguidores de Kobai, soltando un rayo de pura energía verde, que redujo al hombre a la nada. Matsuo estaba a su lado, eructando una nube de heladora escarcha cuando uno de los oscuros ise zumi se acercó demasiado.

Truenos retumbaban en el cielo, sobre ellos, y los seguidores de Kokujin luchaban con malicia. Los bakemono practicaban una cruda forma de Kaze-do, el secreto arte marcial del Clan Dragón. Aunque su habilidad no era grande, les hacía irritantemente difíciles de despachar. Matsuo gruñó cuando uno de las pequeñas criaturas dio una voltereta, escapándosele y lanzándole una roca a su cara. Matsuo maldijo por el dolor, y se volvió a lanzar sobre la criatura. Esta vez, la criatura saltó, directamente hacia arriba. Matsuo miró confundido hasta que se dio cuenta que Hogai, casi invisible en la noche por sus tatuajes negros, había levantado la criatura de la cabeza.

“Rápidas criaturitas” dijo Hogai, asintiendo hacia Matsuo, “pero siguen siendo goblins.” Hogai tiró la criatura hacia la pared del paso. Su aterrorizado chillido terminó con un sonido húmedo.

“Arigato, Hogai-san” dijo Matsuo.

El gran hombre tatuado se encogió de hombres, y volvió a prestar atención a sus enemigos. Lluvia caía desde el cielo, empapando a los combatientes. Matsuo se concentró en su tatuaje, cambiándolo del dragón al del águila; necesitaría más agilidad para luchar en las deslizantes rocas. Dio una rápida patada giratoria a otro bakemono, y volvió a mirar a Chieko.

“Ve” dijo la bella y joven shugenja, mirándole con una sonrisa divertida. “Me puedo proteger a mi misma, Matsuo. ¡Únete a la lucha!” Apenas era más grande que los bakemono, pero la forma en que diezmaba las filas enemigas con cada rayo de su espada dejaba poco espacio para la discusión. Matsuo asintió y atacó en la dirección en la que había visto a Satsu correr.

Matsuo le encontró en el centro del paso, abriéndose camino hacia Kobai, junto a Akuai y Wayan. Kobai les miraba con una expresión que por momentos se volvía amarga.

“Debías haber aceptado la oferta de paz de mi señor, Togashi Satsu” dijo Kobai, gritando para ser escuchado sobre la tormenta. “No me habéis dejado alternativa.” Con eso, la carne de Kobai se volvió lustrosa, negra, y sin rasgos. El hombre tatuado pareció derretirse, volviéndose uno con las sombras sobre la tierra. Los otros hombres tatuados hicieron lo mismo; Matsuo podía ver movimiento en las sombras mientras se esparcían como peces. Los bakemono se quedaron solos en el paso, mirando alrededor suyo, confundidos, buscando a sus camaradas humanos.

“¡Han escapado!” Rugió Hogai.

“No” dijo Satsu, mirando alrededor suyo con una expresión de asombro. “Siento que es algo peor que eso.”

Truenos volvieron a resonar. Matsuo miró hacia arriba a tiempo de ver a seis figuras revoloteando, iluminadas por los relámpagos. Llevaban las amplias túnicas de los shugenja. Seis rayos cayeron sobre las paredes del paso, creando una explosión de polvo y escombros. Los bakemono chillaron de dolor y terror. Matsuo cubrió su cara con sus brazos, mientras piedras llovían. Gritó a sus camaradas; pensó que había gritado un hombre.

Entonces, la pared de piedras cayó sobre él, y Togashi Matsuo no vio más.

• • • • •

La ciudad de Foshi era un sitio silencioso. Al Clan León le gustaba así. Todo era rápido, tranquilo, y eficiente. La ciudad tenía un propósito: Mantener a los ejércitos del León bien alimentados y contentos. Para ello, el crimen y las travesuras no eran toleradas. Los forasteros no eran tolerados, con la excepción de los monjes viajeros y el ocasional mercader que se comportase bien.

Era el lugar perfecto para alguien como Kaelung.

El canoso Sohei estaba sentado ante una pequeña mesa en uno de los rincones de una de las más grandes casas de sake de Foshi. Foshi tenía pocas casas de sake, ya que a la mayoría de los Leones no les gustaban las distracciones, pero esta estaba bastante bien. Kaelung había estado dando vueltas a una taza de sake durante más de una hora, la taza nada más que una excusa para mantener su sitio ante la mesa. Miró por la ventana a las calles de Foshi con expresión pensativa, mirando como los soldados León hacían sus diarias maniobras.

“Hay algo bastante tranquilizador en los bushi León” dijo una voz, haciendo que Kaelung mirase hacia arriba, sorprendido. Otro hombre portando las sueltas túnicas y los complejos vendajes faciales de un monje guerrero se había sentado cerca. Kaelung no le había oído acercarse. “Apostaría que esos soldados han hecho los mismos ejercicios cada mañana, durante los últimos diez años. Apostaría que sus abuelos una vez hicieron lo mismo en esa misma plaza. Me sorprendería bastante si sus nietos no estuviesen destinados a hacer lo mismo. Podrán tener sus fallos, pero los León son del todo fiables. ¿No estás de acuerdo?” El Sohei desenvolvió la larga bufanda, mostrando una cara familiar.

“¿Qué estás haciendo aquí, Mitsu?” Preguntó Kaelung con voz seca. Levantó su botella para rellenar su taza.

“Te estaba buscando, Kaelung” dijo Mitsu.

“Una pena que me hayas encontrado” contestó Kaelung. Se abalanzó y destrozó la botella de sake en la cara de Mitsu.

Mitsu rodó hacia atrás, cayendo de su almohadón en una postura de lucha. Kaelung plantó un pie sobre la mesa y atacó, blandiendo su larga hacha en una mano. Mitsu se agachó cuando Kaelung golpeó con el hacha, mellando la viga que estaba tras de él. Una ducha de polvo y madera cayó desde arriba, haciendo que ambos se hicieran a un lado, al caer parte del techo. Los otros clientes chillaron y escaparon, alejándose lo más rápidamente posible de ambos hombres.

“No estoy aquí para luchar contigo, Kaelung” dijo Mitsu, saltando sobre una cercana mesa. Se quitó sus túnicas con una mano, dejando solo la hakama que habitualmente llevaba.

“Eso es lo que los últimos tres Mirumoto dijeron” soltó Kaelung, levantando en alto su hacha. “Luego intentaron matarme debido a Nanashi Mura.” Kaelung dejó caer pesadamente el hacha, rompiendo la mesa por la mitad. Mitsu dio una voltereta hacia atrás, cayó agachado, y cogió un gran trozo de una mesa rota. Kaelung preparó su hacha para atacar de nuevo y frunció el ceño. “Al menos esta vez, Wayan ha mandado a su mejor asesino.”

“Wayan no me ha mandado, Kaelung” dijo Mitsu, sosteniendo su destrozado tablón para bloquear el mago del hacha de Kaelung, y empujándole lejos. “No he venido a matarte.”

“Entonces quédate quieto,” gruñó Kaelung, volviendo a levantar su arma.

Las puertas de la casa de sake se abrieron repentinamente, y una docena de samurai León con armaduras entró. Su líder miró despectivamente a los dos monjes duelistas, que se detuvieron para mirar a los samurai con curiosidad.

“¿Qué significa esto?” Demandó el León.

Kaelung frunció el ceño, se giró, y destrozó otra viga de sujeción con su hacha. Gran parte del techo cayó en una nube de polvo, dejando a los Leones gritando y atacando, confundidos. Kaelung saltó entre el caos, aterrizando fácilmente en el borde del agujero que llevaba al segundo piso. Mitsu maldijo, y saltó tras él. En el aire, notó un brillo de acero, y dio una fuerte patada al borde del agujero, cambiando de dirección justo cuando el hacha de Kaelung pasó por el aire ante su cara. Aterrizó otra vez en el primer piso, justo cuando se habían recuperado suficientemente los Leones como para sacar sus arcos y abrir fuego. Mitsu dio volteretas por entre los escombros, golpeando hacia un lado a dos de las flechas antes de aterrizar, mirar a los Leones, y toser una nube de ardiente fuego, quemando el resto de los misiles en el aire.

“¿Un Dragón?” Dijo uno de los samurai, mirando a su comandante. “¡Creía que los Dragón eran nuestros aliados, señor!”

“Yo… pero…” El sargento parecía confundido, sin saber lo que hacer.

Mitsu cogió la oportunidad para saltar otra vez tras Kaelung, aterrizando en el segundo piso al tiempo de ver a su presa salir por una ventana. Le siguió rápidamente, viendo a Kaelung en el techo de un pequeño cobertizo, al otro lado de la calle. Mitsu saltó tras él justo cuando Kaelung levantó su hacha y golpeó el techo fuertemente. El pequeño cobertizo se derrumbó justo cuando Mitsu aterrizaba. Mitsu maldijo al caer de mala manera sobre los escombros, rodando torpemente a la calle, cayendo sobre su espalda. Un soldado León dio un grito de guerra, y lanzó una flecha hacia Mitsu.

Mitsu cogió la flecha en el aire con una mano y frunció el ceño. “¡Parar de hacer eso!” Soltó, poniéndose en pie de un salto.

El León parpadeó, su segunda flecha cayendo de sus manos.

Mitsu miró rápidamente a su alrededor, buscando a Kaelung. Vio una gran silueta meterse en un callejón. Podía seguirle, pero era casi seguro que Kaelung estuviese preparando otra emboscada. En vez de ello, Mitsu tiró del poder del tatuaje escarlata de un ciempiés que rodeaba su muslo derecho. Sintió como le llenaba el espíritu del celestial ciempiés; el mundo se ralentizó mientras Mitsu se movía a una velocidad increíble. Rodeó el edificio, hacia la salida opuesta de por donde saldría Kaelung. Mitsu se adentró corriendo en el callejón, encontrándose a Kaelung arrodillado junto a la entrada opuesta, con su hacha hacia un lado, mirando la calle. Por experiencia, Mitsu sabía que una vez que se hubiese ido el espíritu del ciempiés, quedaría exhausto durante el mismo periodo de tiempo en el que había usado su poder. Moviéndose tan rápidamente como lo estaba haciendo, sería casi imposible hacer un combate normal.

Por lo que Mitsu cargo directamente contra Kaelung, apuntando un hombro contra su espalda. Kaelung miró hacia atrás justo cuando se acercaba Mitsu, ojos abiertos por la sorpresa. Los dos ise zumi chocaron con un seco crujido, ambos dando vueltas por la polvorienta calle, y adentrándose en un callejón al otro lado de la carretera. Kaelung se dio con la cara contra una pared, su cabeza metiéndose entre los tablones de madera. Al otro lado, un anciano campesino miró alarmado, mientras masticaba su arroz de media tarde. Mitsu cayó en el callejón tras Kaelung, vacío por el poder del ciempiés.

“¿Por qué has hecho eso?” Gimió Kaelung, sacando su cabeza de la pared y sentándose pesadamente en el suelo. Escupió unas cuantas astillas. “Nos podías haber matado a los dos.”

“Por que… no querías escuchar…” dijo Mitsu, boqueando sin aliento mientras se levantaba. “No estoy aquí para matarte, Kaelung…”

“Desearía que sí…” dijo Kaelung tristemente. “Creo que dolería menos.” Se dio un masaje en su dolorida cara con una mano, y miró a su alrededor, buscando su hacha.

“¿Entonces por qué estás aquí?” Preguntó Kaelung.

Secos gritos sonaban en las calles de fuera. Kaelung y Mitsu miraron hacia ese lado, alarmados. “Los Leones no estarán contentos de como has tratado su arquitectura,” observó Mitsu. “Quizás deberíamos abandonar la ciudad antes de hablar más.”

“Una sabia sugerencia” dijo Kaelung. Ayudó a Mitsu a ponerse en pie, colocando el brazo del exhausto ise zumi sobre su hombro, mientras desaparecían por los callejones de Foshi.

• • • • •

Togashi Matsuo pensó, al principio, que alguien le estaba clavando algo en los ojos. Luego se dio cuenta que estaba tendido sobre su espalda, mirando al sol de mediodía. El joven ise zumi gruñó mientras se sentaba y frotaba su dolorida cabeza. Se sentía como si alguien hubiese dejado caer una montaña sobre su cabeza. Mientras empezaba a recordar los sucesos de la noche anterior, se dio cuanta que alguien había dejado caer una montaña sobre su cabeza.

Matsuo yacía al fondo de una estrecha grieta en la ladera de la montaña, llena de escombros. Estaba cubierto de polvo, pero no tenía ningún daño. Se dio cuanta de que el tatuaje en su pecho se había convertido en una enredada enredadera, el símbolo de la recuperación. Su tatuaje se había alterado automáticamente para curar sus heridas. Nunca antes lo había hecho. Matsuo dejó el misterio a un lado, por ahora, y trepó cautelosamente hacia la luz, eligiendo con cuidado sus agarres en la inestable grieta. Cuando salió de ella, se encontró con que estaba aún en el paso, aunque el paisaje había cambiado dramáticamente. Todo era rotos escombros y cadáveres bakemono. Seis de los ise zumi de Kokujin y una docena de los goblins tatuados buscaban por entre los escombros.

“¿Has encontrado algo?” Preguntó Kobai, andando por el borde del precipicio, a cuarenta metros de donde estaba escondido Matsuo.

“Nada, Kobai-sama” dijo uno de ellos. “Creo que el resto ha debido de ser aplastado.”

“Entonces habrá cuerpos” siseó Kobai. “Seguid buscando. Si nuestro señor nos ha enseñado algo, es que nunca debes asumir que tu enemigo está muerto hasta que, personalmente, hayas devorado su corazón. Encuentra a los otros tres, vivos o muertos. Kokujin no aceptará el fracaso.”

Matsuo se horrorizó ante las palabras del oscuro ise zumi. ¿Solo habían sobrevivido tres? ¿Estaban los otros muertos? O incluso peor, ¿habían sido capturados, para ser tatuados y lavarles el cerebro como a Kobai? Matsuo no se podía imaginar a Satsu muerto o capturado. Era tan imposible como que el sol cayese del cielo… Pero eso ya había pasado una vez. El Clan Dragón había aprendido, a lo largo del tiempo, que nada era cierto.

“¿Qué hago?” Se susurró Matsuo a si mismo.

Como si le contestase, uno de los bakemono graznó. “¡Uno encontrado! ¡Yo encontrado!” Gritó, saltando arriba y abajo mientras echaba hacia un lado una pequeña roca. “¡Aquí!”

El oscuro ise zumi se acercó para ver lo que había encontrado el bakemono. Kobai se arrodilló entre las piedras, apartando bastantes más. Matsuo se concentró en su tatuaje, haciendo que adaptase la forma del lobo, para poder oír mejor sus palabras desde su escondite.

“Si” dijo Kobai, asintiendo. “Ese es Hoshi Wayan. No creo que dure mucho más.”

“¡No supervivirá!” Dijo triunfante el bakemono. “¡Déjame comerlo! ¡Comer corazón, como dijo Kobai-sama!”

“Por qué no” contestó Kobai. “Ni siquiera es uno de los que Kokujin necesitaba.”

“Felicidad” dijo el goblin, relamiendose.

“¡No!” Rugió Togashi Matsuo, saltando del agujero, para plantarse ante los sirvientes de Kokujin. “¡Le dejaréis en paz!” Su tatuaje se había vuelto a convertir en el dragón de hielo, la más poderosa de sus formas.

Se volvieron a mirarle, y Matsuo se dio cuenta horrorizado de lo verdaderamente numerosos que eran. Una docena de goblins y seis ise zumi, luchando en su propio territorio.

“Ah! el chico” dijo Kobai “El alumno mocoso de Mitsu. Kokujin te ofrece el mismo acuerdo que otorgó a los demás. No ofrezcas violencia, y no recibirás violencia. Ríndete.”

“Moriría como Dragón antes de vivir como en lo que te has convertido, Kobai” dijo Matsuo.

“Muy bien” dijo Kobai. Abrió su boca para dar la orden de ataque, pero las palabras se helaron en su boca. Una flecha se alojó repentinamente en la garganta del oscuro hombre tatuado. Trastabilló, mirando alrededor suyo, confundido. Sangre brotaba de su boca. Cayó de rodillas, apoyándose en una mano, y murió.

“Bien dicho, Matsuo” dijo Mirumoto Rosanjin, subiendo sobre las ruinas del otro lado del paso, sosteniendo su arco en una mano. La armadura de Rosanjin estaba muy abollada y una sangrienta venda rodeaba su cabeza, pero estaba vivo. Sacó otra flecha, y disparó justo cuando los servidores de Kokujin atacaron, haciendo que cayese otro ise zumi.

Matsuo rugió cuando el aliento helado salió de sus pulmones, congelando a tres goblins y a dos ise zumi, y convirtiéndolos en sólidas estatuas de hielo. Uno de los ise zumi escupió una nube de turbia grasa negra como respuesta. Matsuo se tiró al suelo mientras la nube hervía sobre su cabeza; podía sentir como el nocivo gas quemaba los pelos de su nariz, y abrasaba su pecho. El ise zumi rió y volvió a coger aire, justo cuando la tercera flecha de Rosanjin se plantó en su pecho.

“¡Por Satsu y el Dragón!” Gritó Rosanjin, tirando a un lado su arco, y desenvainando sus espadas para enfrentarse a sus atacantes. Los bakemono escaparon como hojas de árbol ante su técnica de dos espadas; los primeros cinco que se le enfrentaron, murieron en el transcurso de un latido de corazón.

Matsuo volvió a ponerse en pie, rodando, y saltó sobre otro ise zumi. El hombre sonrió mientras chocaban. Matsuo se quedó atónito por el salvaje regocijo que había en los ojos del hombre.

“Lucha si quieres” susurró el hombre mientras Matsuo le golpeaba contra la pared de la montaña. “¡Un día, todos llevaréis la sangre de mi señor!”

“Tú no verás ese día” dijo Matsuo. Plantó una mano a cada lado de la cabeza del hombre, y las retorció con todas sus fuerzas. Un enfermizo crujido terminó con la vida del hombre tatuado. Cayó a tierra junto a sus hermanos.

Rosanjin estaba ahora al lado de Matsuo, espadas preparadas. Quedaban cuatro goblins y dos ise zumi, aunque ahora los goblins se apartaban de las espadas de Rosanjin.

“Seguidnos, si podéis” dijo uno de los ise zumi, “las montañas os matarán mucho antes de que encontréis Shiro Heichi.” Con eso, ambos ise zumi se volvieron negro azabache y se fundieron con las sombras. Los goblins se miraron entre si, gritaron, y escaparon corriendo.

“¿Les perseguimos?” Preguntó Rosanjin.

“No” contestó Matsuo. “Wayan necesita nuestra ayuda.”

Rosanjin asintió, envainando sus espadas. “La próxima vez no habrá sombras en las que se puedan esconder” prometió. Rosanjin escupió sobre el cadáver de Kobai, mientras seguía a Matsuo para atender el cuerpo inconsciente de Wayan.

“¿Aún crees que puedes derrotar a Kokujin?” Preguntó Matsuo, mirando hacia el samurai. “Solo quedamos tres. Satsu ha muerto, o hecho prisionero. Wayan no está en condiciones de luchar.”

Rosanjin se arrodilló junto al monje caído, y miró seriamente a Matsuo. “Debo creer que aún podemos triunfar” dijo. “Si no lo hago, ya nos han derrotado.”

• • • • •

Mitsu y Kaelung andaban por una poco profunda cuneta, al lado de una de las grandes carreteras que el Clan León reservaba para sus ejércitos. Ocasionalmente, uno u otro miraban hacia atrás, hacia Foshi, para ver si les seguían. Afortunadamente, por ahora parecía que habían escapado de su caótico encuentro allí, más o menos ilesos.

“Cuéntame sobre Nanashi Mura” dijo Mitsu mientras andaban.

Kaelung se encogió de hombros. “Es una aldea ronin” dijo. “Han estado bajo protección del Dragón desde los días de los Hantei. El Dragón a veces los usa como mercenarios.”
“No quiero decir eso” dijo Mitsu. “Dime lo que pasó en Nanashi Mura.”

Kaelung miró sorprendido a Mitsu. “¿No lo has oído?”

“Sé que algo pasó allí, y que llevó a los Mirumoto a poner un precio por tu cabeza. Todo lo demás son rumores; deseo escuchar tu versión.”

Kaelung asintió. “Yo era un Mirumoto antes de unirme a la orden de Hoshi” dijo. “Conozco sus tácticas, sus procedimientos. Ayudé a robar una caravana de suministros que iba hacia Nanashi Mura. Nadie salió herido.”

“A pesar de todo, sin duda los Mirumoto se enfurecieron” dijo Mitsu. “Ser robado por uno de los tuyos, en un momento en que el Dragón necesita recursos y tropas desesperadamente.”

Kaelung se encogió de hombros. “Nuestra necesidad era mayor” dijo. “No diré más. Si los Mirumoto me cogen, me matarán. Por lo que los evito. ¿Por qué me buscabas, Mitsu?”

“Porque sé que te enfrentaste a Kokujin y sobreviviste” dijo Mitsu. “Sé que lo que viste la última vez hizo que abandonases el Dragón, para cazarle tú solo… O quizás con aliados cuestionables.”

“¿Y qué?” Preguntó Kaelung.

“Lo sabes ¿Verdad?” Preguntó Mitsu. “Sabes la verdad sobre Kokujin.”

Kaelung se quedó en silencio durante un rato. “Sé que tenías razón al no venir conmigo, la última vez que me enfrenté con él” dijo “No estaba preparado.”

“Y ahora, Togashi Satsu no está preparado” dijo Mitsu “pero a pesar de todo, va a enfrentarse con él. Para recuperar las espadas de su padre.”

“¿Satsu?” Dijo Kaelung, mirando tristemente a Mitsu. “¿De verdad?”

Mitsu asintió. “Sabes lo que intentará hacer.”

Kaelung cerró su puño tan fuertemente que sus nudillos sonaron. “Debemos detenerle” dijo. “¿Donde están?”

“Varias semanas de viaje al suroeste de aquí” dijo Mitsu. “En las Montañas del Crepúsculo. Desdichadamente, me ha llevado varias semanas encontrarte.”

“¿Saben la verdad?” Preguntó Kaelung.

“Juré que no lo divulgaría” dijo Mitsu. “No me tomo esos juramentos a la ligera.”

Kaelung asintió. “Con tu tatuaje ciempiés podrías alcanzar a Satsu en un día” dijo Kaelung.

Mitsu asintió.

“Entonces te sugiero que hagas lo que puedas para seguirme, viejo” contestó Kaelung, ojos fijos en el suroeste.

• • • • •

Togashi Satsu abrió sus ojos, e inmediatamente deseó no haberlo hecho. El hijo de Hoshi colgaba de unas cadenas en una húmeda mazmorra bajo tierra. El olor a sangre y carne putrefacta pesaba en el aire. Cuerpos descomponiéndose estaban desparramados por la cámara, encadenados a la pared, suelo, y techo. Un gran fuego dominaba el centro de la habitación, junto al cual estaba un poderoso yunque, hecho de acero rojo oscuro. Satsu imaginó que podía ver caras chillando moviéndose por dentro del acero, pidiéndole ser liberadas. Un pequeño hatillo de ropa estaba junto al yunque.

“¿Satsu-sama, estáis bien?” Preguntó rápidamente Tamori Chieko. Estaba encadenada a la pared de su izquierda; ensangrentada y golpeada, pero no dañada. A la izquierda de ella, Hitomi Hogai también estaba encadenado. Los hombres de Kokujin habían usado tres pares extras de esposas para contener al fornido kikage zumi.

“Estoy bastante bien” dijo Satsu, tirando de sus ataduras para probar su fuerza. “¿Te han hecho daño, Chieko?”

“No” dijo ella, mirando hacia otro lado. “Satsu-sama, no os deberíais rendido por mi. No valgo la pena.”

“Ni yo” añadió Hogai. “Deberíais habernos dejado morir.”

“Si les hubiese dejado mataros, y luchado solo contra ellos, me hubiesen matado igual, y todos nosotros hubiésemos muerto por nada” dijo Satsu. “Al menos ahora todos tenemos la esperanza de escaparnos.”

La puerta al otro lado de la cámara se abrió con un chillido oxidado, y una alta figura entró en la habitación. Aunque Satsu nunca antes había visto al hombre, le reconoció inmediatamente.

Kokujin.

La piel del loco tatuado estaba cubierta de arremolinados tatuajes, que se movían y cambiaban a cada momento. Sus ojos estaban muy abiertos, y eran perturbadoramente claros. Sus labios estaban abiertos en una amplia sonrisa, enseñando perfectos dientes blancos. Un dorado daisho estaba atado a su espalda.

“Hola primito” dijo Kokujin, levantando un martillo de herrero, y poniéndolo sobre sus hombros, mientras andaba hacia Satsu. “Te gustará saber qué otro de tus amigos ha sido recuperado. Estoy muy contento, porque una vez también fue mi amigo.”

Dos grandes hombres tatuados seguían a Kokujin. Entre ellos, arrastraban el fláccido cuerpo de Hitomi Akuai.

“Dime, Satsu” dijo Kokujin, de pie ante su prisionero. “¿Qué sabes de las Montañas del Crepúsculo? Sospecho que Hogai te contó bastante. Una vez fue un Cangrejo ¿Verdad?”

“Sé que el Primer Oni murió aquí” dijo Satsu.

Kokujin asintió. “Y el Clan Jabalí vivió aquí” añadió, andando hacia el centro de la habitación. “Ya que el hierro de estas montañas era más fuerte que cualquier otro. Desgraciadamente, la sangre de la mejor creación de Fu Leng manchó ese acero, y más tarde, otros vinieron buscando el poder del demonio muerto. Hicieron esto.” Pasó una mano por la superficie del Yunque. “Lo llamaron el Yunque de la Desesperación. El Clan Jabalí murió para que pudiese vivir.”

“El yunque que creó las Bloodswords” añadió temerosa Tamori Chieko. “Los Maestros Fénix dijeron que había sido destruido.”

Kokujin se encogió de hombros. “Los Fénix dicen muchas cosas. Es verdad que un día lo encontraron. Es verdad que mandaron un pequeño ejército de Inquisidores con la misión de destruirlo, tirándolo a un pozo de fuego en el corazón de las Tierras Sombrías. Fracasaron, por supuesto. ¿Pero qué esperaban? El poder de la Mancha ayudó a crear el yunque. ¿De verdad esperaban que alguna cosa en las Tierras Sombrías les ayudaría a destruirlo? Ese tipo de niñería poética solo pasa en los cuentos. No, el yunque está vivo y coleando, y listo para volver a crear.” Kokujin sonrió y señaló al yunque.

Los dos hombres tatuados arrastraron a Akuai hacia delante. Repentinamente, el anciano tatuado se puso en pie y le dio una patada al que tenía más cerca, haciendo que cayera hacia atrás, dentro del pozo de fuego, chillando. El otro se volvió y miró atontado. Akuai le dio un puñetazo en la garganta, dejándole en el suelo, ahogándose en su propia sangre.

Akuai atacó a Kokujin. El loco tatuado se movió con increíble rapidez, cogiendo a Akuai de la cara. Akuai luchó fieramente, dando patadas y puñetazos a Kokujin, que hubiesen tumbado a un hombre menor. Kokujin ignoró sus ataques, le arrastró hacia delante, y le apretó contra el yunque. Inmediatamente, el acero se volvió algo vivo, cadenas adelantándose para sujetar el cuello y las muñecas de Akuai.

“Si te atreves a poner las espadas de mi abuelo en ese yunque, no habrá fuerza ni en el cielo ni en la tierra que me impida matarte” prometió Satsu.

“No tengo intención de hacerlo” contestó Kokujin. “¿Por qué manchar las espadas de Togashi, cuando puedo hacer las mías?” Kokujin dio una patada al montón de ropa y descubrió un medio terminado daisho, una copia perfecta de las espadas que llevaba a su espalda. Kokujin levantó la katana con una mano, el martillo en la otra. Miró a Akuai con una triste sonrisa.

“Doy a todos los samurai Dragón que capturo una elección, Akuai” dijo. “Acepta mis tatuajes y únete a mi orden, o rehúsa, y sangra para el yunque.”

Akuai abrió su boca para hablar.

“No importa. Lo retiro” dijo Kokujin, metiendo a la fuerza la espada en el estómago de Akuai. “Nunca me gustaste.”

La sangre manchó la espada, y Kokujin empezó su trabajo. El sonido de un martillo sobre el acero, llenó las Montañas del Crepúsculo, acompañado por los gritos de un Dragón muriéndose.

Locura Iluminada — Parte 3

Versión Para Imprimir (La Voz Akasha)

Hace Cuarenta y Cinco Años…

El acólito conocido como Soh nunca bahía estado tan aterrorizado como estaba en este momento. Una vida de meditación, oración, y estudio no le había preparado para esto. Su mandíbula se movía sin palabras, como una rama rota de un árbol colgando al viento. Sus ojos intentaron saltar de sus órbitas. Sus brazos temblaban, amenazando con dejar caer los gordos manojos de pergaminos que llevaba de vuelta a la biblioteca de Fukurokujin Seido. Había oído muchas leyendas sobre el samurai que estaba hoy ante él, pero ni siquiera las leyendas podían describir del todo la intimidatoria presencia de Togashi Yokuni, el Campeón del Clan Dragón.

El Campeón era alto, incluso más alto que Soh, quién era extremadamente larguirucho para tener catorce años. Liso pelo negro caía suelto hasta sus hombros, imitando a ojos tan oscuros que parecían no tener iris: sencillamente eran pozos oscuros. Llevaba un kimono verde pálido con dibujos de dragones volando, y no llevaba armas excepto un daisho dorado. Solo sus espadas y su noble porte sugería que era un samurai. Era extraño, Soh había oído decir que Yokuni siempre aparecía con armadura completa.

“Saludos, Soh” dijo Yokuni, o pareció decir. Cuando pasaron las palabras, Soh se quedó dudando de si Yokuni había de verdad hablado, o si simplemente había dado a entender las palabras por su postura y expresión. Tan pronto como entendió su significado, las palabras desaparecieron de la memoria de Soh.

“Señor Yokuni” dijo Soh, fijando sus ojos, respetuosamente, en el suelo. “Por favor, no me matéis ahora.”

Soh sintió que irradiaba del Campeón Dragón algo de diversión. “¿Por qué debería matarte, Soh?” Peguntó, o pareció preguntar.

“Porque yo, que soy tan lento, no puedo arrodillarme ante vos, como manda la etiqueta” contestó Soh con voz temblorosa. “Temo que dejaría caer mi carga de pergaminos, y dañaría su irremplazable sabiduría. Mejor que yo muera a que esa sabiduría se pierda. Pero un insulto así no puede quedar impune. Os lo ruego, dejadme devolver estos pergaminos a su sitio.”

“Al proteger la sabiduría de siglos, honras la senda del Dragón” dijo Yokuni de una extraña manera. “No me ofendes.”

“Gracias, mi señor” dijo Soh, muy aliviado.

“Dime, Soh ¿quiénes son tus padres?” Preguntó Yokuni. Cuanto más hablaba, más reales parecían sus palabras. Soh podía recordar con bastante claridad lo que decía ahora el Campeón. “Deseo saber quién te ha criado para ser tan sabio.”

“No tengo padres, mi señor” dijo Soh. “Me encontraron los monjes de este templo cuando era un niño, y me criaron como uno de ellos.”

“Qué destino más cruel ¿No crees?” Preguntó Yokuni. “La vida de un monje es una vida de renuncia, una vida de pobreza, una vida de sumisión. ¿No te arrepientes de lo que has perdido? ¿Qué vida hubieses podido vivir?”

Soh se quedó en silencio durante un rato. “¿Por qué debería arrepentirme?” Preguntó. “No tengo otra vida que esta. Todo lo que puedo hacer es vivirla.”

El Campeón Dragón rió.

“Hablaré con el señor de este templo,” dijo Yokuni. “Si lo deseas, te liberará de tu servicio en este templo. Si lo deseas, puedes encontrar tu camino subiendo a la Montaña Togashi, y buscándome allí. Se te permitirá pasar tu gempukku como un verdadero Dragón, como un Togashi, y elegir el nombre que quieras. Compartiré contigo los secretos de nuestra magia del tatuaje, y podrás unirte a la hermandad de los ise zumi, si así lo deseas.”

Soh no dijo nada, tal era su asombro y alegría por la oferta del Campeón, que no podía expresarlas en palabras. Extrañamente, sentía que había dicho exactamente lo correcto.

“No creas que esto es un regalo, Soh” dijo Yokuni. “Si eliges el camino que te he ofrecido, todo cambiará. Verás a los malvados prosperar, mientras los nobles son echados hacia un lado. Verás a amigos morir, y no podrás hacer nada por impedirlo. Verás a los píos ser perseguidos, mientras reina la corrupción. Lucharás cada día durante el resto de tu vida, peleando lo que está bien, y cuando mueras, tu lucha quedará inacabada.”

“¿Y si me quedo aquí?” Preguntó Soh.

“Tu vida será fácil” dijo Yokuni. “Vivirás hasta que seas un anciano, y acumularás gran sabiduría.”

“Pero siempre me preguntaría por lo que pudo haber sido” dijo Soh en voz baja “y mi lugar entre vuestros guerreros permanecerá vacío.”

Togashi se encogió de hombros. “Quizás otro dará un paso adelante para luchar, donde tu elegiste no hacerlo. Quizás no.”

Soh no dijo nada, su frente arrugada, confundido. Yokuni se dio la vuelta y se fue por donde había venido. Al final del pasillo, miró al joven monje.

“¿Qué nombre elegirás cuando vengas?” Dijo Yokuni, justo cuando Soh tomó su decisión.

“Mitsu” contestó Soh, sin estar seguro porque lo había elegido. “Seré Togashi Mitsu.”

Yokuni pareció sonreír, y se fue.

Fue entonces cuando Soh se dio cuenta que el Campeón nunca se había dado a conocer.

• • • • •

Hace Treinta Años…

Hitomi Akuai no era un hombre acostumbrado a la incertidumbre. Cuando la Dama Hitomi volvió para liderar al Dragón, sintió el poder de la divinidad en sus palabras. Vio gloria en sus dorados ojos. Fue uno de los primeros en inclinarse ante ella, y fue bendecido por su lealtad con el nombre de la Dama. Ya no era más un Mirumoto. Era un miembro de los Hitomi, un kikage zumi. Era uno de muchos.

Algunos habían venido desde tierras lejanas, incluso de otros clanes, y se les fue otorgado el nombre de la Dama y sus tatuajes. Algunos eran antiguos enemigos, que venían a Kyuden Hitomi convencidos de que la Dama era un déspota loco, pero salían de su salón del trono renacidos, miembros ahora de su orgullosa familia. Sus pasados no importaban. Como él, pertenecían ahora a la Dama, y Akuai les veía a todos como hermanos y hermanas. Estaban más cerca de él que su propio hermano, Ikudaiu, quién había huido del clan, y se había enrolado en las filas de la Hermandad. Akuai estaba orgulloso de portar el nombre de Hitomi. Moriría por cualquiera de sus hermanos. Mataría por cualquiera de ellos.

Por todos, excepto por uno.

Cuando la Dama hablaba, decía solo la verdad. Cuando daba una orden, debía ser obedecida. A pesar de todo, en el ultimo año, Akuai había empezado a preguntarse si la Dama no había cometido un error.

“Kokujin ¿Qué has hecho?” Rugió Akuai.

El pedregoso paisaje de la Gran Escalada estaba teñido de sangre. Destrozados y rotos cuerpos yacían desparramados sobre la polvorienta tierra. Eran Naga, o lo habían sido. Ahora eran carne para pájaros carroñeros.

“El embajador Naga no atendía a razones” dijo Kokujin. El oscuro hombre tatuado estaba agachado junto a un pequeño arroyo, dándole la espalda a Akuai. Todo su cuerpo estaba cubierto con la sangre de los Naga asesinados, pero estaba cuidadosamente limpiando una caña de bambú en el agua. La levantó para examinarla. Akuai vio una larga aguja unida a la caña: Una aguja de tatuar.

“La Dama dejó marchar en paz a la delegación Naga” dijo Akuai. “Kazaq vino como amigo. Ella no quería esto.”

Kokujin le miró por encima de un hombro, sonriendo amablemente a Akuai por entre la sangre que cubría su cara. “Se honesto, Akuai” dijo Kokujin. “Oíste lo que dijo el Kazaq. Vino como mensajero. Tenía una visión, una visión en la que la Dama traería el final de todo. Temía que su orgullo arrastraría a la luna desde el cielo, y mandaría al sol sangrando a su tumba. Prometió que si ella no se detenía, y se volvía hacia el Akasha para que le ayudasen, los Naga se levantarían para destruirla. Hitomi no quiso su ayuda, pero le permitió partir en paz para no quedar mal ante la corte. Nosotros: sus leales sirvientes, no podemos dejar que queden impunes esos insultos. Hitomi no necesita ayuda por parte de los hombres-serpiente, que no pueden ni siquiera proteger sus propias ciudades de la ruina.”

“La Dama no deseaba esto” susurró Akuai, arrodillándose junto al cuerpo de una chica Naga muerta. Sus verdes ojos miraban sin vida al cielo. Sus manos aún agarraban fuertemente el mango de su lanza, un arma que no la había salvado de la ira de Kokujin. “Esto es un asesinato, Kokujin.”

“Esto es la guerra, Akuai” contestó Kokujin, poniéndose en pie, y metiendo la aguja en su obi. “Los Naga nos hubiesen atacado de una manera u otra.”

“¿Y tu crees que matando al embajador se arreglarán las cosas?” Preguntó Akuai amargamente. “Era el hijo del Qamar, ¡Estúpido!”

“Ya lo sabía” dijo Kokujin tranquilamente. “Es por eso por lo que aún vive. Mira, Akuai, mi mejor creación. Kazaq es ahora nuestro hermano.” Kokujin levantó una larga mano, señalando hacia algo que estaba detrás de Akuai.

Akuai miró hacia atrás, a tiempo para ver a un fuerte y marrón Naga salir arrastrándose desde detrás de una gran roca. Akuai le recordaba de la corte de Hitomi. Era el Kazaq, emisario de su pueblo. Los movimientos de Kazaq eran torpes, como si estuviese confundido o con gran dolor. Se agarró el lado de su cara con una mano, apoyándose pesadamente en la roca mientras se movía. Su curtida piel estaba pintada con arremolinados kanji, similares a los tatuajes de Kokujin. Cuando el Naga miró a Akuai, sus ojos estaban nublados y vacíos.

“Akuai” dijo el Naga con voz excitada. “¡Que bueno verte, hermano! ¿Volveremos pronto a ver a la Dama? ¡Estoy deseoso de guiarla hacia el gran destino que he visto!”

Akuai se volvió hacia Hitomi Kokujin, su cara deformada por una enfadada mueca. “¿Como has podido hacer esto?” Demandó. “¡Solo Hitomi puede otorgar los tatuajes de kikage zumi!”

“¿Si?” Contestó Kokujin suavemente, como si eso fuese una sorpresa para él.

“¡Esto es una abominación!” Rugió, avanzando sobre Kokujin. “Has retorcido todo lo que significa la Dama.”

“No” corrigió Kokujin. “La he Ganado tiempo. ¿Cómo pueden los Naga luchar contra nosotros, cuando su propio príncipe es uno de los nuestros? Mientras consiguen aceptar el hecho de que Kazaq es uno de los leales a Hitomi, la Dama tendrá tiempo para fortificar nuestras defensas.”

“¡Kazaq no es uno de los leales!” Gritó Akuai, mirando con ira al hombre más grande. “¡Es una marioneta sin cerebro!”

Kokujin miró a Akuai. Una lenta sonrisa se extendió por sus ensangrentados rasgos. “La verdad, Akuai” dijo con una risita. “De la forma en la que hablas, creo que te sorprenderías si te dijera que Kazaq no ha sido el primero.”

Akuai no pudo decir nada. Por primera vez desde que había jurado su nombre a Hitomi, una pequeña duda entró en su corazón.

“No parezcas tan decepcionado” contestó Kokujin. “Crees que tu Dama es infalible. Crees que tu indudable lealtad está bien puesta. Muchos comparten tu opinión, ¿y quién soy yo para decir si tenéis razón o no? Desgraciadamente, no todos ven a tu Dama con la misma claridad. Ahí es donde entro yo.” Kokujin sonrió.

“Le diré lo que has hecho.” gruñó Akuai.

“Ya lo sabe, Akuai” dijo Kokujin, burlándose del hombre más pequeño. “Lo sabe, y no le importa. Tiene preocupaciones más importantes. Por el momento, mis juegos sirven a su propósito. Tu no puedes hacer nada, a no ser que ella lo desee, y yo la soy más útil que tú.”

Akuai miró al oscuro hombre tatuado a los ojos. “Quizás tengas razón,” dijo, “pero un día no te necesitará, Kokujin.”

Kokujin se encogió de hombres. “Ese día ya me habré ido.” Pasó por delante de Akuai, empujándole hacia un lado.

“Cuando te vayas, corre lejos y rápido,” Akuai le dijo a su espalda. “Porque prometo que te encontraré.”

Kokujin miró hacia Akuai, su cara aún manchada de vísceras Naga. “Yo también te prometo algo,” contestó. “Te prometo que a partir de este día, vivirás temiéndome, y que un día… un día te mataré.”

• • • • •

Hoy…

“Parece que ambos hemos cumplido nuestras promesas,” susurró Kokujin en el oído de Akuai. Retorció la medio-terminada hoja mientras la volvía a sacar del estómago de Akuai. El tatuado moribundo gritó de agonía. Kokujin le ignoró, llevando la espada goteando de vuelta a la superficie del yunque. La sangre de Akuai brilló con un rojo ardiente al tocar la espada el Yunque de la Desesperación, y Kokujin siguió martilleando el arma para que cogiera su forma.

Desde estaba encadenado a la pared, Togashi Satsu miró a Kokujin con ilimitado odio.

“O, no mires tan amargamente, primito,” dijo Kokujin mientras continuaba su asqueroso trabajo. “Lo hizo bastante bien, para ser un viejo. Mató a seis de mis hombres antes de que le capturásemos, y ya viste lo que le pasó a los dos que le trajeron hasta aquí. Su Dama se sentiría orgullosa.” Kokujin se echó hacia delante, sobre el yunque, y golpeó tiernamente en la cabeza de Akuai.

“Detente,” escupió enfadado Satsu. “Mátanos si quieres, pero no tenemos porque aguantar esto. Akuai se merece una muerte noble, no esta vergonzosa burla.”

Kokujin se detuvo en su forja, mirando a Satsu con una expresión pensativa. Dejó su espada y su martillo y anduvo lentamente hacia su prisionero, los brazos cruzados a su espalda. La luz del pozo de fuego se reflejaba en su musculoso cuerpo; sus tatuajes bailaban en la vacilante luz. “Primito,” dijo, mirando hacia Satsu. “Cuando te envié mi reto, ¿nunca te detuviste a preguntarte por qué no te pedí que trajeses a un Kitsuki?”

Satsu no dijo nada, solo miraba sin miedo a Kokujin.

“Por supuesto que no,” rió Kokujin. “Tu clan dejó de pensar cuando tu abuelo murió. No te pedí un Kitsuki, porque sabía que te avisarían de que no jugases mis juegos.”

Kokujin posó sus manos sobre los hombres de Satsu, sonrió cariñosamente, y dio un salvaje rodillazo en el estómago del encadenado, tan fuerte que este se dobló en dos. Kokujin empujó a Satsu hacia atrás, hacia la pared, y volvió hacia el yunque.

“Contestaste mi invitación, y aquí estás. Prisionero,” dijo Kokujin. “Eres un estúpido, primito, y me burlo de ti porque ese es mi derecho. Si te merecieses ser tratado correctamente, no estarías encadenado.”

Satsu se enderezó en sus ataduras, y miró mal a Kokujin. “Cuando seas tú el que esté encadenado, me acordaré de lo que acabas de decir.”

“De acuerdo,” dijo Kokujin sin humor. “¿Me puedes matar, primito? ¿Puedes triunfar donde Togashi y Hitomi fracasaron?”

“¡Si él no lo hace, yo lo haré!” Rugió Hitomi Hogai.

“Silencio, animal, estoy hablando con tu dueño,” dijo Kokujin, mirando mal a Hogai.

“Togashi y Hitomi no fracasaron,” contestó Satsu en un tono audaz. “Si te aguantaron y dejaron que vivieses, tu vida ha tenido que servir a un designio mejor.”

Kokujin levantó su casi terminada katana, estudiando su buen filo. “Estoy de acuerdo,” contestó con voz distante. “Togashi me usó. Igual que Hitomi. Yo les usé a mi vez. Ahora ellos se han ido, y yo no.”

“¿Por lo que crees que eres mejor que ellos?” Dijo desafiante Tamori Chieko. “Togashi y Hitomi residen en los Cielos Divinos. Tú te escondes en una cueva con goblins y lunáticos.”

“Eso es verdad,” dijo Kokujin, apuntando a Chieko con la espada. “Eres lista. Lo entiendes.” Miró hacia Satsu. “Tan pocos de verdad lo entienden. Satsu lo entiende.”

Los ojos de Satsu se entrecerraron, con sospechas.

“Algunos de los monjes Hoshi que he conocido creen que eres muy parecido a tu abuelo,” dijo Kokujin, martilleando otra vez sobre la espada. “Incluso más parecido de lo que fue tu padre. Desgraciadamente, estás incompleto. Los monjes que viven lo suficiente como para contarme historias creen que estás destinado a blandir sus espadas, y que cuando las encuentres, ganarás su sabiduría. Es por eso por lo que están tan deseosos de recuperar el daisho de Togashi.” Los ojos de Kokujin se encontraron con los de Satsu, mientras continuaba trabajando en su ensangrentada katana. “Es por eso por lo que estoy deseoso de devolverlas.” Señaló hacia las espadas doradas que ahora descansaban sobre un atril cercano.

“Por alguna razón, encuentro difícil confiar en tu generosidad,” dijo ácidamente Satsu.

“Y yo creía que me entendías,” dijo Kokujin. “Soy un Dragón, Satsu. Somos más parecidos de lo que te crees, y encuentro que hecho de menos al Dragón como era antes. Sin la sabiduría de un verdadero dios para guiaros, el Clan Dragón es una pálida sombra de si mismo. El misterio ha desaparecido. El enigma ya no existe.” Sonrió lentamente. “Nadie coge el chiste sin que esté Togashi para explicarlo. Cuando termine mis espadas, te devolveré el daisho de tu abuelo, y te liberaré, Satsu.”

“¿Y tu te crees que en ese momento te perdonaré la vida?” Contestó Satsu.

“¿Me puedes matar?” Preguntó Kokujin, genuinamente sorprendido. “Eso será interesante.”

“Estás loco,” gruñó Hogai.

Kokujin miró a Hogai, levantó una ceja, y suspiró. Miró a su katana para continuar su trabajo, pero sus hombros se hundieron, y el martillo cayó de sus manos ruidosamente. “La sangre de Fu Leng,” maldijo, dando una patada al cuerpo inerte de Akuai. “Estaba seguro que el viejo aguantaría más tiempo. Los pergaminos de los Portavoces de la Sangre decían que las víctimas durarían mucho más… pero claro, supongo que he trabajado más rápidamente de lo que ellos pretendían. Lástima, casi había acabado.” Miró hacia Satsu. “Supongo que da igual. Esto me lleva al siguiente punto.”

“¿Qué es?” Siseó Satsu.

“Sufrimiento,” contestó Kokujin, tirando al aire la katana sin terminar, y cogiéndola fácilmente con la otra mano. “Togashi y Hitomi eran ambos muy poderosos, pero su poder fue atemperado por el sufrimiento. Les dio enfoque, les dio perspectiva. Si tu has de retomar las espadas de tu abuelo, entonces también tendrás que sufrir, Satsu.”

“Haz lo que quieras, loco,” dijo Satsu, mirando a los ojos a Kokujin.

“Lo haré,” dijo Kokujin, sentándose al borde del yunque y sonriendo distraídamente. “Elige.”

“¿Elegir?” Contestó Satsu. “¿Elegir el qué?”

“Elige la siguiente victima del yunque,” dijo Kokujin, señalando a Chieko y a Hogai con su espada. “Lo bonita y pequeña shugenja o el buey. Elige al siguiente al que quieras ver morir, y al que quieras llevar de vuelta a casa.”

La cara de Satsu se oscureció de rabia.

“¡Elegirme a mi, Satsu-sama!” Gritó Hogai. “¡No tengo miedo a morir!”

“¿Si?” Preguntó Kokujin, pasando un dedo por el filo de su katana mientras estudiaba la hoja. “Esta no es una mera muerte, Hogai-san. El yunque no solo usa la sangre para potenciar su magia. Usa almas. Al que elija Satsu no solo morirá agónicamente.” Sus ojos se encontraron otra vez con los de Satsu. “Estará atado, en un eterno tormento dentro de mi espada.”

“Elígeme a mi, Satsu-sama,” repitió Hogai, aunque su cara estaba más pálida que antes.

Chieko no dijo nada, sus ojos fijos en el suelo.

“Me elijo a mi mismo,” dijo Satsu.

Kokujin puso sus ojos en blanco. “Tan predecible,” dijo. “Esa no era una elección, primito. Tu sangre no servirá. Elige a uno, o le doy los dos al Yunque. Mi wakizashi está completo. Solo necesito terminar mi katana, pero supongo que podría usar un tanto.”

Satsu cerró sus ojos y bajó su cabeza.

“No hay prisa,” dijo Kokujin en un tono burlón.

“Elígeme a mi, Satsu-sama,” dijo en voz ronca Hogai. “No soy nada.”

Satsu miró a Hogai, sus dorados ojos atormentados. Se volvió a mirar a Chieko. Ella le miró silenciosamente, su expresión en calma y serena. Satsu miró otra vez a Kokujin.

“He elegido,” susurró.

• • • • •

“Es un milagro que aún estés vivo, Wayan-sama,” dijo Togashi Matsuo, ayudando al viejo monje a sentarse erguido contra el saliente de roca.

“Es más como una maldición,” contestó Wayan, haciendo una mueca de dolor mientras se recostaba contra el saco de dormir de Matsuo. La pierna izquierda del monje estaba entablillada y fuertemente atada. Su pecho y su ojo izquierdo estaban cubiertos por ensangrentados vendajes. Su brazo derecho caía inerte e inútil en un cabestrillo. “Me deberíais haber dejado atrás.”

“Normalmente me inclino ante la atemporal sabiduría de la Orden de Hoshi,” dijo Mirumoto Rosanjin, inclinándose para sacar con una cuchara un poco de arroz de un puchero, y ponerlo en un cuenco. “Pero en este caso, creo que estás siendo un estúpido.”

“¿Lo soy?” Preguntó Wayan, mirando mal al samurai. “No puedo andar. Apenas me podéis llevar. No podéis perseguir a Kokujin mientras acarreáis a un Viejo moribundo por las Montañas del Atardecer.”

“¡Dejar de pensar en ti mismo!” Soltó Rosanjin, mirando de mala manera al viejo monje.

“¿Pensar en mi mismo?” Preguntó Wayan, incrédulo. “¿De qué estás hablando?”

“Rosanjin, no puedes hablar al Maestro Wayan de esa manera,” dijo Matsuo enfadado. “Es el más grande héroe de la Hermandad.”

“Exacto,” respondió Rosanjin. Miró a Wayan. “Incluso herido, eres el más experimentado guerrero de todos nosotros. Matsuo tiene sus tatuajes y yo tengo mis espadas, pero todas nuestras armas y talentos no son nada comparados con tu sabiduría. Ninguno de nosotros conoce a Kokujin como tú. Sin tus consejos estamos destinados al fracaso.”

“Me estoy muriendo,” dijo Wayan con voz débil. “No duraré la noche.”

“Entonces, que sepas esto, monje,” contestó Rosanjin. “Si mueres, te seguiré hasta Meido y te arrastraré de vuelta hasta aquí. Por lo que permanece vivo, cobarde.” Le acercó el cuenco de arroz a Wayan.

“Muy bien,” dijo Wayan con voz decidida. “Si no me dejas morir en paz, entonces no tengo otra opción que morir.” Cogió el cuenco que le ofrecía Rosanjin y se lo llevó a la boca, masticando con determinación.

“Patrullemos, Matsuo,” dijo Rosanjin, levantándose. “El Maestro Wayan debería estar aquí a salvo durante un rato.”

Matsuo asintió en silencio, y siguió al samurai. No dijo nada mas mientras andaban por el rocoso terreno, sus labios formando una delgada línea.

“Crees que he sido poco respetuoso,” susurró Rosanjin mientras andaban por entre las sombras.

Matsuo asintió, enfadado.

“No soy un curandero, Matsuo,” dijo Rosanjin. “Fue tu conocimiento de herbolario lo que le salvo la vida al Maestro Wayan, pero ambos sabemos que sin un shugenja, no durará mucho más.”

Matsuo volvió a asentir.

“Pero también sabemos los dos que Hoshi Wayan es el hombre más obstinado que hay en las provincias del norte,” añadió Rosanjin. “Dije lo que dije para mantenerle lo suficientemente enfadado como para sobrevivir hasta que podamos encontrar a Chieko.”

“Estás equivocado,” dijo Matsuo en voz baja.

Rosanjin miró con curiosidad al hombre tatuado.

“Estás equivocado,” repitió. “Wayan no es el hombre más obstinado de la provincias del norte. Ese honor le pertenece a cierto samurai Mirumoto que conozco.”

Rosanjin sonrió. “Eso es muy posible,” dijo.

Matsuo subió a un rocoso saliente, y miró hacia la oscuridad. Su tatuaje se volvió un lobo, dejando que sus ojos penetrasen con facilidad en las sombras.

“¿Alguna señal?” Preguntó Rosanjin esperanzado.

“¿De qué?” Contestó Matsuo.

“De cualquier cosa,” contestó Rosanjin. “Si pudiésemos al menos encontrar el sendero por donde vinimos, eso sería algo.”

“Nada excepto rocas y árboles,” dijo Matsuo, agitando su cabeza mientras bajaba del saliente. “Sin Hogai para guiarnos, estamos perdidos.”

“Que se vayan estas montañas a Jigoku,” maldijo Rosanjin. “Podríamos dar vueltas toda la vida, y nunca encontraríamos Shiro Heichi.”

“Ese es posible que sea la intención de Kokujin,” contestó Matsuo. “Retó a Satsu, y quizás ahora tiene a Satsu. Kobai no estaba interesado en nosotros. Kokujin puede dejarnos deambular por aquí, perdidos, hasta que muramos.” Matsuo olfateó el aire cuidadosamente. “Es posible que eso no tarde mucho. Olfateo una tormenta en el aire. Tan alto como estamos en las montañas, eso puede muy bien significar una ventisca.”

“No me rendiré,” juró Rosanjin. “Ni a Kokujin, ni a la propia tormenta. Sobreviviremos, Matsuo, y rescataremos a Satsu y a los demás.”

“Espero que tengas razón,” dijo Matsuo. De repente, el joven ise zumi se puso tenso, sintiendo que había algo fuera de lo ordinario. Miró a su alrededor con temor.

“¿Qué pasa?” Preguntó Rosanjin, las espadas instantáneamente en sus manos.

Matsuo señaló justo cuando apareció en la distancia, moviéndose de arriba a abajo por los rocosos acantilados. La luz venía hacia ellos con rapidez, moviéndose a un ritmo rápido. Matsuo y Rosanjin rápidamente se escondieron tras una gran piedra, mirando mientras la luz se acercaba. Ahora podían ver que la luz irradiaba de una linterna que llevaba una figura que flotaba en la brisa. Estaba vestido con túnicas negro azabache, decoradas con plateados kanjis de los elementos. Su cara estaba cubierta por un negro velo. El viento se arremolinó a su alrededor, posándole suavemente en el suelo.

“Salir, los dos,” pidió la figura en una sorprendente voz femenina, levantándose el velo para mostrar la cara de una mujer. Miró directamente a Matsuo y a Rosanjin. “La tierra no os esconderá. Las montañas me susurran sus secretos.”

“Es una de las shugenja de Kokujin,” susurró Rosanjin, cogiendo su arco. “Una de las que hizo que la montaña se derribase sobre nosotros.”

“No,” dijo Matsuo, empujando hacia abajo el brazo de Rosanjin, al poner este una flecha en el arco. “Si sirviese a Kokujin, no nos habría avisado.”

“A no ser que sea otra trampa,” contestó Rosanjin.

“Entonces espera aquí,” dijo Matsuo. “Me enteraré de lo que quiere.”

“¿Y si es hostil?” Preguntó Rosanjin.

“Entonces intentaré no ponerme en medio cuando dispares,” contestó Matsuo.

Matsuo salió a la luz, las manos extendidas para mostrar que no tenía armas. Los ojos de la extraña mujer se entrecerraron cuando le vio. “Estás tatuado,” dijo ella. “Como los demás.” Una pequeña figura salió de detrás de ella, poniéndose entre ambos. Matsuo pensó que era un goblin, y luego se dio cuenta de que era un pequeño hombre de piedra, con grandes y ovalados ojos, brillando con una extraña luz azul. Sus brazos y piernas estaban mal desarrollados, como los de una muñeca.

“Tatuado, si,” dijo Matsuo, mirando con temor al hombre de piedra, “pero no como los demás. Soy Togashi Matsuo del Clan Dragón. Mis camaradas y yo vinimos para luchar contra Kokujin, pero nos tendieron una emboscada. Un amigo nuestro está malherido no lejos de aquí. Si eres una shugenja, te agradeceríamos tu ayuda. Quizás nos podamos ayudar entre nosotros a encontrar una salida de estas montañas.”

Ella le miró con cautela. “No estoy perdida, Dragón,” dijo burlonamente. “Soy Heichi Jianzhen, y estas montañas han pertenecido a mi familia durante siete siglos.”

“¿Heichi?” Contestó Matsuo. “Pensaba que el Clan Jabalí ya no existía.”

“A Rokugan le importó poco el que mi clan fuese destruido,” contestó ella. “¿A quién le importa si sobrevivimos? No necesitamos al Imperio. Tenemos a los Shakoki Dogu para protegernos.” Puso una mano sobre la pequeña figura de piedra que estaba ante ella. “Fuiste un estúpido al traer la guerra a mi hogar, Dragón.”

“No quiero hacerte daño,” dijo Matsuo.

“No me lo podrías hacer aunque quisieras,” contestó Jianzhen.

Un pequeño temblor pasó por la tierra bajo los pies de Matsuo. Por un impulso, miró hacia atrás, por encima de un hombro.

Cientos de pares de brillantes ojos azules le miraban desde la oscuridad, cientos de Shakoki Dogu acercándose lentamente. Sus brillantes ojos ardían con silenciosa furia.

Locura Iluminada — Parte 4

Versión Para Imprimir (La Voz Akasha)

Hace Dieciocho Años…

Togashi Yoshune corrió tan rápido como pudo, sin mirar hacia atrás. Sus descalzos pies se movían con facilidad sobre el rugoso terreno de la Gran Escalada. Su largo pelo negro fluía tras él en el fuerte viento de la montaña. El pequeño niño sonrió deseoso mientras esquivaba hacia un lado, escondiéndose tras un gran saliente de roca. Miró hacia atrás, por donde había venido, y esperó.

Después de varios minutos, apareció un hombre en el camino, fieros ojos buscando por todos lados mientras caminaba rápidamente hacia delante. Llevaba el moño y daisho de un samurai y el brillante kimono verde de un señor del Clan Dragón. Se subió a una alta roca con increíble velocidad, y miró a su alrededor.

“Sé que estás aquí, Yoshune,” dijo. “Sé que te estás escondiendo de mi.”

Yoshune no dijo nada, solo se agachó más en su escondite.

El samurai frunció el ceño. “¡No te puedes esconder para siempre!” Prometió. “¡Te encontraré!”

“No lo creo, padre,” le dijo Yoshune. Lanzó su voz como le habían enseñado los ise zumi, para que resonara en las paredes de la montaña, y volviese de todas las direcciones al mismo tiempo.

“La Gran Escalada no es un lugar para un niño,” contestó el samurai. “Estas tierras son traicioneras. Incluso los bushi Mirumoto las tienen respeto.”

“¡Entonces volveré a casa cuando sea tan fuerte como un bushi Mirumoto!” Dijo Yoshune atrevidamente. “¡Vuelve a casa, y yo volveré cuando haya acabado mi aventura!”

El samurai se quedó pensativo durante un momento, se encogió de hombres, y se sentó sobre la gran roca. Metiendo la mano dentro de su kimono, sacó un pequeño paquete y empezó a desenvolverlo. Sacando una de las pequeñas tartas que había dentro, empezó a masticar sonoramente.

Unos segundos más tarde, Yoshune apareció en la base de la roca, mirando hacia arriba con ojos muy abiertos. “¿Son esas las tartas de arroz que hace madre?” Preguntó Yoshune con una vocecita.

El samurai asintió. “Si, con la mermelada de pasas,” contestó. Sacó otra, la miró con satisfacción, y la dio un bocado.

“Esas son mis favoritas,” dijo Yoshune. El estómago del niño gruñó.

“Te hubiese traído una,” dijo el samurai, mirando a Yoshune, sorprendido, “pero yo creía que te habías ido de aventura.”

“Ya la he acabado, padre,” dijo Yoshune con voz firme, mirando hambriento la tarta de arroz.

“Todos aprendemos algo de nuestras aventuras,” dijo el padre de Yoshune, mirando pacientemente a la tarta. “¿Qué has aprendido, pequeño Yoshune?”

“No olvidarme de traer comida conmigo,” dijo, subiendo a la roca junto a su padre.

El padre de Yoshune sonrió y le dio al niño una tarta. Yoshune la cogió con ambas manos y mordió con hambre. Togashi Hoshi era el hombre más misterioso de las tierras Dragón. Campeón del Clan Dragón, hijo del Kami Togashi, el legendario Hombre-Bestia, al que una orden entera de monjes se había dedicado para entender su poder y sabiduría. Para Yoshune, solo era ‘padre.’

“No deberías escaparte en estas aventuras, Yoshune,” dijo Hoshi. “Matarás a tu madre de preocupación.”

“¿Y tú estabas preocupado por mi?” Preguntó Yoshune, mirando hacia su padre.

“Si,” dijo Hoshi. “Lo estaba.”

“¿Entonces como es que no me podías encontrar?” Preguntó Yoshune. “Podías haber usado tu magia para descubrirme en un instante.”

“Porque quería que fuese tu decisión la de volver,” dijo Hoshi, masticando su propia tarta mientras estudiaba las giratorias nubes más abajo. “Si me hubiese convertido en un dragón, y mirado con mi ojo llameante estas montañas, buscado en tu escondite, y haberte traído de vuelta a casa con una poderosa garra, entonces no habrías aprendido nada. Mañana, te hubieses vuelto a ir… o aún peor, nunca te hubieses vuelto a ir.”

Yoshune masticó en silencio durante unos segundos, y luego miró a su padre. “De cualquier modo, no hubiese aprendido nada.”

“Exacto,” dijo Hoshi, sonriendo con orgullo.

“¿Puedo hacerte una pregunta, padre?” Preguntó Yoshune. “Es algo que he estado pensando desde hace mucho tiempo…”

“Por supuesto,” contestó Hoshi. “Pregúntame lo que quieras.”

Los ojos de Yoshune brillaron. “¿Me enseñarás a convertirme en dragón, como tú lo haces, como lo hizo el abuelo?”

Hoshi rió abiertamente. “Ese tipo de cosas no se pueden enseñar, hijo,” dijo. “Aunque en su momento, es posible que descubras ese misterio por ti mismo.”

“¿Cuando?” Preguntó Yoshune, sus hombres cayendo, decepcionado.

“No lo sé,” contestó Hoshi, “pero cuando llegue el momento, creo que serás aún más fuerte que yo, a tu modo.”

“Quiero ser un dragón ahora,” dijo Yoshune con un suspiro.

Hoshi puso un brazo sobre los hombres de su hijo, y le apretó con cariño. “Algún día,” dijo. “Pero hasta entonces, ¿qué te parece si te llevo volando hasta casa?”

Yoshune intentó contener su sonrisa, pretendiendo no mostrar que este había sido su plan desde el principio. Hoshi se levantó sobre la gran roca y saltó. Su cuerpo brilló y se retorció, transformándose en un anillado dragón rojo que bailó sobre los vientos. Girando ágilmente en el aire, voló hacia Yoshune y bajó su cabeza. Con un alegre alarido, Yoshune saltó sobre los hombres de su padre, y se agarró de su ardiente melena. Togashi Hoshi soltó un rugido que resonó por toda la Gran Escalada, y se elevó en el aire.

“Puedo ver el mundo entero desde aquí,” gritó Yoshune sobre el viento aullante.

“Míralo bien, hijo mío,” dijo Hoshi. “Un día será tu responsabilidad protegerlo.”

“¿Mía?” Preguntó Yoshune, “pero si eres inmortal, padre. ¿No gobernarás siempre al Dragón?”

“No soy un líder,” dijo Hoshi. “Ni soy lo suficientemente humano como para entender al Dragón, ni lo suficientemente divino como para guiarles. Mi destino está en otro lugar.”

Yoshune frunció el ceño.

“No te preocupes, pequeño Yoshune,” dijo. “Tardaré mucho en irme. Aún tendremos tiempo para volar juntos por las montañas. Y nunca me perdería tu gempukku. ¿Has pensado que nombre elegirás?”

“Satsu,” dijo Yoshune sin dudarlo.

Hoshi pareció sorprendido. “¿Satsu?” Dijo. “¿Por el hermano de Hitomi?”

“Murió por el futuro, aunque no lo entendía,” contestó Yoshune. “No sé como tenía la sabiduría para hacer algo tan difícil. Espero que adoptando su nombre, yo lo entienda. ¿Padre, es esa una buena razón para adoptar un nombre?”

“Si, Yoshune,” dijo Hoshi, sonriendo orgulloso otra vez. “Es una muy Buena razón para adoptar un nombre.”

• • • • •

Hoy…

“Te he traído un regalo,” dijo Togashi Matsuo.

De repente, los incontables Shakoki Dogu dejaron de avanzar sobre el solitario hombre tatuador, y se miraron entre si con ojos que no parpadeaban. Heichi Jianzhen parecía igual de sorprendida ante las palabras del hombre tatuado.

“¿Un regalo?” Contestó Jianzhen. “¿De qué estás hablando, Dragón?”

“¿No es costumbre que, cuando se entra en el territorio de otro samurai, se lleve un regalo?” Preguntó Matsuo. “Sería de mala educación matarme antes de que aceptases el mío, Jianzhen-sama.”

El shugenja volador miró a Matsuo con recelo. “No me podrías dar nada que yo pudiese desear, excepto tu muerte, lo que ocurrirá muy pronto.”

“¿Y si te libro de Kokujin?” Contestó Matsuo.

“Como he dicho, no queremos que luchéis aquí, Dragón,” gruñó Jianzhen. “Nos podemos librar de Kokujin tan fácilmente como nos libramos de ti.” Los Shakoki Dogu volvieron a avanzar.

“No,” dijo Matsuo. “No podéis.”

Las estatuas se volvieron a detener, ahora a un metro de Matsuo.

“¿Por qué lo dices?” Preguntó Jianzhen. Se acercó a Matsuo, los Shakoki Dogu apartándose mientras ella se acercaba.

“Mira el ejército que tienes aquí,” dijo Matsuo, señalando a los Shakoki Dogu. “Me han hablado mucho de Kokujin. Si fueseis una amenaza para él, no estaría aquí. De alguna forma, ha encontrado una forma de protegerse de tus espíritus, ¿verdad?”

“Eres un hombre listo, Matsuo,” dijo Jianzhen. Ahora estaba solo a cuatro metros de Matsuo. “Aún así, ¿qué te hace creer que puedes vencer donde yo he fracasado? Mis Shakoki Dogu vieron como vuestra compañía fue emboscada. Vimos a tu líder ser arrastrado encadenado, junto con vuestro shugenja y vuestros guerreros más fuertes.”

“Es verdad que solos no podemos vencer a Kokujin,” dijo Matsuo. “Pero si nos ayudamos entre nosotros, quizás encontremos una forma.”

“¿Estás seguro que deseas aliarte con nosotros?” Preguntó Jianzhen con una fría mirada. “Cuando sepas las fuerzas que verdaderamente están contra ti, es posible que desees que te hubiese matado.”

“Un comentario críptico como ese solo me hace tener más ansias,” dijo Matsuo riendo.

“Muy bien,” dijo Jianzhen. “Recoge al monje herido y al arquero escondido, Togashi Matsuo. Llévales al templo que está en la base de la montaña.” Señaló a un pico cercano. “Te esperaré ahí, y todo se te explicará.”

Matsuo miró a la montaña, y luego se volvió para contestar a Jianzhen. Había desaparecido entre las sombras. Los Shakoki Dogu miraron a Matsuo en silencio y se fundieron de nuevo con la tierra. Mirumoto Rosanjin salió de entre los matorrales, y respiró aliviado. Se puso su arco al hombro y corrió hasta Matsuo.

“Bien hecho, Togashi,” dijo Rosanjin. “Por un momento pensé que iba a tener que meter una flecha en su cabeza.”

“¿Cuando amenazó con librarse de mi?” Preguntó Matsuo.

“La verdad es que no,” dijo Rosanjin con una mueca. “Fue cuando dijo que yo no era el guerrero Dragón más fuerte.”

“Cuidado, Rosanjin,” advirtió Matsuo mientras iban a recoger a Wayan. “Sabes que las montañas la susurran sus secretos.”

• • • • •

Hace Un Año…

Plaga.

Como si los horrores de la guerra no fuesen lo suficientemente horribles, ahora las enfermedades corrían sin freno por las tierras del Dragón. Satsu sabía que las epidemias de enfermedades eran parte de la guerra – la presencia de putrefactos cadáveres y la falta de comida decente llevaban a menudo a la peste. Saberlo y verlo eran dos cosas muy diferentes.

Satsu estaba al borde de Mikoto Mura, una pequeña aldea Dragón llamada así por un héroe menor de las Guerras de los Clanes. Ahora era una cáscara muerta. Muchas de las casas habían sido quemadas para intentar contener la plaga. Otras muchas habían sido marcadas con un kanji rojo brillante para prevenir que aquellos que aún no habían sido infectados, entrasen y se convirtiesen en víctimas. Unos cuantos shugenja Dragón, vestidos con túnicas de seda verde, túnicas ahora manchadas con sangre y suciedad, se movían por la aldea intentando traer esperanza a los supervivientes, y paz a los moribundos. Había muy pocos.

Satsu se colocó bien el gran saco sobre su espalda, y entró en la aldea. Inmediatamente, un viejo shugenja se adelantó para detenerle. “Togashi-san,” dijo el hombre, dándose cuenta de la cabeza afeitada de Satsu y de sus vibrantes tatuajes. “Esta aldea no es segura. Debéis marcharos antes de que os infectéis.”

Satsu se inclinó respetuosamente ante el shugenja. “No te preocupes por mi, Tamori-san,” dijo. “Mis tatuajes me protegen, igual que tu magia te protege a ti. Soy Satsu, hijo de Hoshi.”

La arrugada cara del hombre de repente se iluminó de esperanza. “¿Satsu-sama?” Dijo con voz temblorosa. “¿Aquí?”

“He traído comida y medicinas,” dijo, señalando con la cabeza al saco que llevaba.

“Arigato, Satsu-sama,” dijo el shugenja, haciendo una profunda reverencia. “Esas cosas se necesitan con urgencia, y os lo agradecemos mucho. Por favor, seguidme.”

El shugenja llevó a Satsu por la moribunda aldea, hacia un gran templo que había en su centro. Una estatua de Jurojin montaba guardia sobre las puertas del templo. Satsu no podía menos que pensar que la vieja Fortuna parecía entristecido por la suerte de Mikoto Mura. Inclinó respetuosamente su cabeza ante la Fortuna de la Longevidad y entró dentro. El mal olor que había en el templo le hizo dar una arcada. Montones de cuerpos muertos envueltos en esteras de paja estaban apilados junto a las puertas, preparados para la cremación. Más allá de las puertas, el templo se había transformado en una especie de hospital. Aldeanos infectados estaban por todos lados. Unos cuantos shugenja intentaban que estuviesen tan cómodos como les era posible, con catres de paja y con pequeños almohadones. Desgraciadamente, el número de enfermos era pequeño comparado al número de muertos.

“Togashi Satsu-sama, permitirme que os introduzca a Tamori Chieko,” dijo el viejo shugenja, parándose ante uno de los catres más cercanos. “Ella es la que aquí lleva la lucha contra la plaga. Sus poderes curativos solo son igualados por su infinita compasión.” Una delicada mujer estaba arrodillada ante un hombre moribundo, recubierto por putrefactas ampollas. Su cabeza estaba inclinada, rezando, y cuando levantó la vista, sus mejillas estaban manchadas de lágrimas. Satsu se sorprendió por su belleza, especialmente entre tanto horror.

“Está muerto,” dijo ella.

“Lo siento,” contestó Satsu. “Ojalá pudiese hacer más.”

“Entonces hazlo, hijo de Hoshi,” dijo ella mientras se levantaba. “Termina esta guerra con el Fénix. Trae la paz para que no mueran más inocentes.”

“No es tan simple,” dijo Satsu.

“Entonces deja de desear aquello que verdaderamente no deseas,” dijo fríamente Chieko. “Esta guerra es una guerra de orgullo. Tu padre tiene el poder de un dios. ¿Por qué permite esta miseria? ¿Es el orgullos del Clan León tan valioso?”

“Hoshi no puede detener esta plaga,” dijo Satsu. “Si los problemas mortales se pudiesen resolver tan fácilmente, solo cometeríamos errores más grandes.”

Chieko miró al hombre muerto, y luego a Satsu. “Este hombre era el padre de tres hijos,” dijo ella. “Dime que destino es peor para ellos que su muerte.”

“Espero que un futuro peor que esto nunca llegue a pasar,” contestó Satsu. “Mi padre no ignora vuestra grave situación. Me ha mandado para que os dé todo lo que necesitéis.”

“Todo lo que ha querido dar, quieres decir,” dijo ella.

“No soy tu enemigo,” dijo con calma Satsu. “¿Me apartas de tu lado? ¿Cometerías el mismo pecado del que acusas a mi padre? ¿Matarías a esta gente por tu orgullo?”

Chieko miró hacia el suelo, y se quedó callada durante un largo tiempo. Los gemidos de los enfermos y moribundos llenaban el silencio. Cuando volvió a mirar a Satsu, su rabia se había reemplazado por respeto y comprensión. “Seguidme, Satsu-sama,” dijo ella. “Os enseñaré como nos podéis ayudar.”

• • • • •

Hoy…

“El viejo monje vivirá,” dijo Jianzhen, sorprendiendo a Matsuo en su meditación. “No he usado mi magia para curar desde hace mucho tiempo, pero él es muy fuerte. Creo que es demasiado testarudo como para morir.”

Rosanjin rió. “Eso suena a Wayan.” El samurai se recostó contra la pared del templo, y asintió respetuosamente a la Jabalí.

Jianzhen se arrodilló junto a Matsuo en el pequeño altar. El viento gimió por entre las montañas alrededor del pequeño templo. El edificio era poco más que una ruina, con muchas de las paredes desmoronándose en algunos sitios. El altar no tenía símbolos de ningún ancestro ni Fortunas. Lo que había habido aquí una vez, hacía tiempo que había sido quitado.

“¿Entonces, como volvieron los Jabalí?” Preguntó Matsuo.

“Nunca nos fuimos,” contestó Jianzhen. “Solamente cambiamos.”

Matsuo miró pacientemente a Jianzhen.

“Nuestro clan fue fundado cuando un grupo de Cangrejos se perdió en las Montañas del Crepúsculo. La pequeña fortaleza que habían construido, fue enterrada por un terremoto. Fueron olvidados durante sesenta años, hasta que, inesperadamente, los descendientes de los perdidos samurai volvieron. Ya no se consideraban a si mismos Cangrejos. Habían pasado su vida extrayendo la riqueza de las Montañas del Crepúsculo, riqueza que usaron para asegurar su posición como Clan Menor. Se convirtieron en el Jabalí. Eran mis ancestros.”

“Una historia increíble,” dijo Rosanjin. “¿Estuvieron sin ser descubiertos durante todo ese tiempo, y nadie les buscó?”

“Los Cangrejo estaban en guerra; no podían permitirse perder tantas tropas,” dijo Jianzhen. “Buscaron a mis ancestros con todas las tropas que les sobraban, pero no encontraron nada. Mis ancestros no estaban en ningún lugar donde se les podía encontrar.”

Matsuo y Rosanjin esperaron en silencio a que Jianzhen lo explicase.

Jianzhen miró a sus manos, intentando elegir las palabras correctas. “Mis ancestros debían haber muerto en el terremoto, pero les salvaron los Shakoki Dogu. Son viejos espíritus que habitan en las profundidades de la tierra, pero que les llevó a la superficie una gran catástrofe.”

“¿El terremoto?” Preguntó Rosanjin.

“No, algo mucho peor que eso,” dijo Jianzhen. “Hace mil años, una bestia terrible vino aquí a morir,” dijo Jianzhen. “Su nombre hace tiempo que ha sido olvidado; la leyenda habla de él como el Primer Oni. Herido por el Kami Shiba, murió en las Montañas del Crepúsculo. Su sangre manchó la tierra. Fue la asquerosa esencia del Primer Oni lo que despertó a los Shakoki Dogu. Es su deber contener la maldad del Primer Oni, evitar que vuelva al reino mortal.”

“¿Y por qué salvaron a tus ancestros?” Preguntó Matsuo.

Jianzhen sonrió. “Se sentían solos,” dijo ella. “Vieron a mis ancestros como a unos dignos compañeros para acompañarles en su interminable vigilia. Por lo que llevaron a los perdidos Cangrejos al sitio donde habitan, un sitio que es parte del reino mortal, pero que también está fuera de el. Después de sesenta años, mis ancestros convencieron a los Shakoki Dogu para que les dejaran partir, que les permitiesen volver al reino mortal, prometiéndoles que nosotros vigilaríamos para siempre las Montañas del Crepúsculo. Mantuvimos nuestra promesa durante muchos siglos… hasta que vino Yajinden.”

“¿Asahina Yajinden?” Dijo Matsuo con un escalofrío. “Sirvió a Iuchiban el Portavoz de la Sangre.”

Jianzhen asintió. “Vino en compañía de un corrupto Dragón llamado Agasha Ryuden. Ryuden e Yajinden habían oído leyendas sobre el rico hierro bajo las Montañas del Crepúsculo, y querían usarlo para forjar armas maléficas. Un estúpido Jabalí permitió a los dos Portavoces de la Sangre entrar en las minas, donde encontraron vetas de Hierro corrompidas por la sangre del Primer Oni. Usando técnicas Agasha corruptas de forja de metal, y la habilidad inventiva de Yajinden, hicieron un nemuranai más horrible que cualquier otro que haya visto el Imperio – un nemuranai manchado que crea otros nemuranai manchados. El Yunque de la Desesperación. Yajinden empezó a matar al Clan Jabalí para alimentar al Yunque. Los Shakoki Dogu no podían luchar contra él; el Yunque tiene una magia oscura tan poderosa, que no se le podían acercar. Lo más que podían hacer era reunir a los Jabalí supervivientes y llevarnos de vuelta a su reino.”

“Y ahí habéis vivido desde entonces,” dijo Rosanjin. “Por eso vuestros castillos están en ruinas. Por eso es por lo que parece que desde hace muchos años, nadie ha orado en este templo.”

Matsuo, impulsivamente, acercó una mano a Jianzhen, y sus dedos pasaron a través de su brazo como si ella estuviese hecha de humo.

“Dices que estáis protegidos,” dijo Rosanjin, asqueado. “Me parece a mi que estáis encarcelados.”

Ella le miró con una triste sonrisa, lágrimas brotando en sus ojos. “Realmente, no es una vida tan mala,” dijo. “Los Shakoki Dogu lo tienen peor que nosotros. Eternamente sienten el dolor que la corrupción del Primer Oni inflige a estas montañas. A veces les vuelve locos. Nosotros los Jabalí hacemos todo lo que podemos para disminuir su dolor.”

“¿Todo tu clan anda por estas montañas como tú, como un fantasma?” Preguntó Matsuo.

“Solo yo,” contestó Jianzhen, “y desde hace poco tiempo. Está pasando algo aquí que los Shakoki Dogu no entienden; a menudo no entienden el comportamiento de los humanos. Me permitieron un poco de libertad para ayudarles a desentrañar el misterio. Mi magia aún puede afectar el mundo de los mortales, aunque yo no pueda.”

“¿Qué has aprendido?” Preguntó Matsuo.

“Desde la llegada de Kokujin y sus seguidores,” contestó Jianzhen, “los Shakoki Dogu ya no pueden entrar en Shiro Heichi. Cada vez que me acerco, siento una gran maldad.”

Matsuo se dio cuenta de repente. “Kokujin tiene el Yunque de la Desesperación,” dijo. “Está usando el acero manchado para fabricar algún tipo de arma.”

Jianzhen asintió tristemente.

“¿Qué vamos a hacer?” Preguntó Matsuo.

• • • • •

Hace Cinco Meses…

“¡Al sur!” Gritó Satsu, tirando al suelo a un samurai Shiba con una fuerte patada. “¡Sus shugenja están escondidos tras los árboles!”

El ataque había sido inesperado. Satsu y su séquito estaban volviendo al Altar del Ki-Rin para ayudar a las fuerzas Mirumoto que había allí. S grupo estaba mayoritariamente compuesto por ise zumi, viajando rápida y silenciosamente lejos de los caminos usuales. Las fuerzas Fénix no debían de haber podido predecir su llegada, y mucho menos tener tiempo para emboscarles, pero lo habían hecho. Samurai con brillantes armaduras naranjas les rodeaban por todos lados. Aullantes rayos blancos explotaban desde el cielo, aunque Satsu se dio cuenta de que los rayos nunca daban directamente a nadie. En vez de eso golpeaban la tierra cercana, aturdiendo y ensordeciendo a sus aliados Dragón.

Satsu cogió la naginata del caído Fénix, y miró hacia atrás para ver si alguien había oído su grito de reagrupamiento. Sus compañeros aún estaban luchando contra los Fénix, y no podían atender su llamada. Siguió solo; si podía ocuparse de los shugenja Fénix, es posible que consiguiesen vencer.

“¡Ahí está!” Gritó triunfante una voz. “¡Ahí está el hijo del Hombre-Bestia!”

Satsu vio un cuarteto de jinetes Fénix galopar hacia él. El líder llevaba a la espalda el extravagante pendón de un shireikan, obviamente el líder del grupo. Los jinetes tenían envainadas sus espadas, y en vez de ellas blandían lanzas de mango corto. Su intención era obvia; querían capturarle vivo, para usarle como rehén contra su padre. Satsu mantuvo baja su lanza, apuntándola hacia el pecho del jinete más cercano. Un relámpago martilleó la tierra tras él, lanzándole al suelo. Su boca se llenó de tierra y sangre. Un agudo zumbido resonó por su cabeza, acallando todo lo demás. Intentó ordenar a sus piernas que le volvieran a poner en pie, pero no quisieron. Estaba débil, indefenso, y muy pronto sería un prisionero del Clan Fénix.

Pero no. Lentamente, el zumbido se desvaneció y la fuerza volvió a sus miembros. Satsu se sentó dolorido y miró a su alrededor. La tierra estaba salpicada de cuerpos de Fénix muertos. Había un caballo junto a él, su cuello salvajemente retorcido. Satsu miró a su alrededor para buscar alguna señal de su salvador. Un inmenso ise zumi estaba sentado cruzado de piernas sobre un troncón. Los oscuros tatuajes de un kikage zumi, la orden de adoradores tatuados de la Luna, cruzaban su ancho pecho, pero su cara le era familiar.

“Eres Hogai,” dijo incrédulo Satsu, “el embajador Cangrejo.”

“Ya no soy Cangrejo,” dijo secamente Hogai. “Ayer oí la llamada de la Dama. Ahora soy Hitomi Hogai.”

Satsu estaba sorprendido, a pesar de su repugnancia por la carnicería que les rodeaba. Miró hacia el cielo. La Dama Luna brillaba sobre ellos. “¿Hitomi ha vuelto a reclutar miembros de otros clanes, incluso desde los Cielos?”

“Solo cuando es importante,” dijo Hogai. “Shiba Hayoto te hubiese usado como rehén. Le convencí de que esa acción no era sabia, y le envié de vuelta a Shiro Shiba. No estaba muy contento.” Hogai miró al caballo muerto. “Creo que no quería andar.”

Satsu miró incrédulo a Hogai. “¿Qué les pasó a los otros Fénix?”

Hogai miró con calma a Satsu. “Les mate,” dijo. “Igual que ellos mataron a tu séquito.”

Satsu sintió una sensación fría en la profundidad de su pecho. Repentinamente, se sintió muy cansado. Frotó sus ojos con una mano mientras se daba cuenta de la enormidad de todo lo que había pasado. Había visto la muerte antes, pero no así. “No,” dijo Satsu. “Yo les maté. Ninguno de ellos estaría aquí si yo no hubiese venido. Padre podía haber mandado a otro emisario, pero yo creí que podía ayudar. Lo tenía que haber sabido.”

Hogai se cruzó de brazos, y se inclinó hacia delante sobre sus rodillas, poniendo una carnosa mano sobre cada hombro. “¿Y qué vas a hacer?” Preguntó deseoso. “¿Volverás a la Montaña Togashi?”

“No,” dijo Satsu. “He venido hasta aquí. No me esconderé de esta guerra.”

“¿Entonces irás al Altar del Ki-Rin, y te darás un festín con la sangre de los Fénix?” Preguntó ansioso Hogai. “Si es así, estoy contigo.”

“Iré al Altar del Ki-Rin,” dijo Satsu, “pero no para buscar venganza. Quiero encontrar la forma de terminar esta guerra. Gracias por salvarme la vida, Hogai-san.”

“Pido un favor a cambio,” dijo bruscamente el kikage zumi.
Satsu miró con temor a Hogai. “¿Cual?” Preguntó.

“Cuando vayas a una batalla, llévame contigo,” dijo Hogai con una salvaje sonrisa. “No soy de la clase que tema derramar sangre.”

“Yo tampoco temo las batallas,” dijo Satsu. No estaba cómodo en presencia del kikage zumi, como si Hogai pudiese volver a explotar con violencia otra vez.

“Hay una diferencia entre un guerrero y un asesino, Satsu,” contestó Hogai. “Tu eres un guerrero. Yo soy un asesino. Mantenme a tu lado, para guardarte de tus enemigos.”

“¿Y por qué debería de querer tener un asesino junto a mi?” Preguntó Satsu.

“Para que te sirva de ejemplo,” dijo Hogai, “y nunca te conviertas en lo que yo soy.”

Satsu consideró las palabras del macabro hombre tatuado. Asintió lentamente. “Muy bien, Hogai-san,” dijo. “Acepto.”

• • • • •

Hoy…

“Elijo a Hogai,” dijo Satsu, bajando su cabeza, derrotado.

“¿Estás seguro de que es la elección más sabia?” Preguntó Kokujin, divertido. “El kikage zumi tiene una gran cantidad de sangre, y su corazón es el de un asesino. Su alma le dará a mi espada un buen filo.”

Satsu miró a Kokujin. “Me pediste elegir, y he elegido,” escupió. “Elijo a Hitomi Hogai.” Satsu miró a Hogai. El kikage zumi miró de vuelta a Satsu con silencioso coraje, resignado a su suerte.

“Muy bien,” dijo Kokujin con una sonrisita. Tras él, un cuarteto de goblins tatuados entró en la cámara, y miraron con curiosidad a su señor. Kokujin les miró con una sonrisa encantadora. “Encadenar a la chica al Yunque,” dijo.

Los goblins cacarearon y obedientemente corrieron hacia Tamori Chieko. Soltaron sus cadenas, y la llevaron hacia el Yunque de la Desesperación. Ella iba tropezando, insensible, no queriendo creer lo que estaba pasando.

“¡No, Kokujin!” Gritó Satsu. “¡Elegí a Hogai!”

“Sé lo que elegiste,” dijo Kokujin. “Te olvidas que yo también soy un Dragón, por lo que no todo lo que digo es como parece. Crees que mi objetivo aquí era forzarte a condenar a un amigo tuyo, y ver como muere. No. Mi objetivo era que tu condenases a un amigo, y le vieras vivir. Ahora, cada vez que mires a los ojos de Hitomi Hogai, recordarás como le condenaste.”

“Te maldigo Kokujin,” siseó Satsu. “Te mataré por esto.”

Kokujin frunció el ceño. “Exacto, maldíceme. ¿Eso es todo lo que tienes que decir? Que decepción. Quizás pienses en algo más ingenioso, después de que mate a Chieko.”

Kokujin se volvió hacia el Yunque, levantando en alto su inacabada katana. Los ojos de Satsu se cruzaron con los de Tamori Chieko. Extrañamente, no vio temor. Estaba serena, como si todo lo que estaba a punto de ocurrir, estuviese predestinado. Durante un instante, sonrió a Satsu.

Entonces, el castillo se llenó de gritos.

• • • • •

“Aquí estamos,” dijo Kaelung, jadeando mientras se dejaba caer sobre una gran roca. Las Montañas del Crepúsculo estaban ante ellos, eternas, amenazadoras.

Togashi Mitsu cayó de rodillas, poniendo una mano sobre el suelo, mientras el mundo volvía a su velocidad normal. Jadeó mientras caía sentado, y se limpió el sudor de sus ojos. “Deberíamos empezar nuestra búsqueda en Shiro Heichi,” dijo Mitsu. “Está bien fortificada; a Kokujin le parecería una fortaleza adecuada.”

“¿Sabes donde encontrarla?” Preguntó Kaelung.

“Ya he estado ahí antes,” dijo Mitsu. “Algunos días, creo que ya he estado antes en todos los sitios.”

“Tenemos que descansar,” dijo Kaelung. “El poder del Ciempiés nos ha agotado a los dos. No podemos luchar así.”

“No podemos descansar mucho tiempo,” contestó Mitsu. “Satsu y los demás están en peligro.”

“Entonces Satsu y los demás nunca tendrían que haber venido,” contestó Kaelung, mirando mal a Mitsu. “No estoy aquí por ellos, Mitsu. Estoy aquí por Kokujin. Si nos pones en peligro por salvar sus vidas, te dejaré atrás.”

“Y si tú pones a los demás en peligro para matar a Kokujin, me encontrarás igual de implacable,” dijo Mitsu.

“Entonces, esperemos que no nos fuercen a estar en desacuerdo,” contestó Kaelung.

Locura Iluminada — Parte 5

Versión Para Imprimir (La Voz Akasha)

Hace Tres Años…

“Al final de la Guerra de los Espíritus, el Señor Sol dejó caer una lluvia de fuego sobre las Montañas Seikitsu,” dijo Togashi Hoshi, masticando una tarta de arroz mientras estudiaba las paredes de la cueva. Sus exóticos rasgos parecían algo malévolos en la titubeante luz.

“Conozco la historia, Hoshi,” contestó en voz baja Togashi Mitsu. El viejo ise zumi estaba sentado cruzado de piernas al otro lado de la cueva, cruzado de brazos. La única luz de la cueva provenía de las imágenes de llameantes dragones que se movían por los brazos y el cuerpo de Mitsu, haciendo que todo tuviese una apariencia fantasmagórica en la oscuridad.

“Ningún mortal supo exactamente porque Yakamo decidió que lloviese fuego,” continuó Hoshi, pasando un largo dedo por una protuberancia de una piedra. “Algunos creyeron que quizás Yakamo deseaba dar al Imperio un nuevo Paso, para reemplazar al de Beiden, que se había derruido en la tremenda y última batalla de la guerra. Algunos pensaron que un samurai que vivía en las montañas había enfurecido al nuevo dios Sol, y fue destruido por su arrogancia. Algunos sencillamente sacaron la conclusión de que Yakamo deseaba mostrarse un igual a su ancestro, Osano-Wo, quien es conocido por tirar rayos del cielo sin apenas provocación.”

“Los sabios no preguntan porque los dioses hacen lo que hacen,” contestó Mitsu secamente. “No hay respuestas sencillas.”

El joven tatuado que estaba arrodillado junto a Hoshi pareció no estar conforme con eso, pero Hoshi solo sonrió. “Es verdad,” dijo Hoshi. “Los sabios meramente aprovechan la oportunidad sin perder el tiempo preguntándose porque. Igual que el Khan Unicornio, quién vio la valía de controlar el paso, e inmediatamente tomó posesión de el. Igual que tú, que viste el aún mayor valor de las cuevas que habían sido reveladas bajo las montañas. Se dice que un hombre puede andar desde el borde norte de estas montañas al borde sur, y no ver ni una sola vez la luz del día.”

“Eso es verdad,” dijo Mitsu.

“Se dice que un hombre podría vivir indefinidamente con los ciegos peces y el agua fresca de estas cuevas,” continuó Hoshi. “Podrías desaparecer en la oscuridad, y nunca encontrarte con otra alma.”

“Eso es mentira,” dijo Mitsu, mirando directamente al Campeón Dragón. “He estado aquí seis años, y ya me han molestado dos veces.”

“¿Dos veces?” Contestó Hoshi, mirando con curiosidad a Mitsu.

“¿Quién es este chico?” Preguntó Mitsu, ignorando la pregunta de Hoshi. “¿Otro estúpido siguiéndote hasta su muerte?”
“No,” dijo Hoshi. “Su nombre es Matsuo, un niño que se unió a la orden después de quedarse sin padres durante la Guerra de los Espíritus. Si, me sigue, pero tengo la esperanza de que te siga a ti.”

Mitsu miró al joven ise zumi. Era nuevo, tan nuevo que Mitsu aún podía ver los cortes en su cuero cabelludo, por su inexperto modo de afeitarse su propia cabeza. Su tatuaje era el de un dragón anillado, común entre los Togashi. Lo que era infrecuente es que el dragón estaba envuelto en neblina y hielo, en vez de llamas. El chico miraba de Mitsu a Hoshi, nerviosamente cuando creía que no le estaban mirando.

“No quiero un alumno, y no cogeré a uno como un favor personal hacia ti,” dijo Mitsu. “No te debo nada, Hoshi-sama. Los días en los que saltaba deseoso a luchar a tu lado se han terminado. ¿Recuerdas? Perdimos.”

Hoshi frunció el ceño. “No perdimos, Mitsu,” contestó. “Solamente descubrimos otra cosa por la que luchar.”

“Algo que tú creías que se merecía luchar por ello,” corrigió Mitsu. “Yo nunca perdoné a Hitomi lo que hizo.”

“Ella nunca pidió perdón, solo comprensión,” dijo Hoshi, ojos mirando al suelo, como si recordase batallas hace tiempo olvidadas. “Cuando tu y yo fuimos a derrotarla hace tantos años, no veíamos con claridad.”

“Yo veía con suficiente claridad,” dijo amargamente Mitsu. “Ella mató a mis amigos, Hoshi. Mató a tu padre. ¿Cómo te pudiste unir a ella?”

“Mi padre tenía la intención de matarte algún día, Mitsu,” contestó burdamente Hoshi.

Los ojos de Mitsu se abrieron. Frunció el ceño hacia Matsuo, tan fieramente que el joven ise zumi dio un respingo. “¿Te importa tan poco la memoria de tu padre, que traicionarías sus secretos delante de este acólito?” Siseó Mitsu.

“No se hace daño revelando la verdad a Matsuo,” dijo Hoshi. “Es parte del ciclo. Es por eso por lo que te le he traído.”

“Por las Fortunas,” dijo Mitsu. Su gesto desapareció, reemplazado por una mirada de incredulidad. “¿Como puede ser? Togashi está muerto.”

“Su poder le sobrevive,” dijo Hoshi. “El chico muestra todos los signos. Tiene gran poder, Mitsu. Es tamashii.”

“Pues enséñale tú,” contestó Mitsu.

“No es tan fácil,” dijo Hoshi suspirando. “Matsuo, ¿podrías ir más dentro de la cueva, donde no puedas oír?”

“Con todo respeto, Hoshi-sama,” dijo nerviosamente el chico, “si esto es sobre mi destino, quisiera oírlo. No me iré.” Levantó la vista desde donde estaba, mirando directamente a los ojos del Dragón inmortal.

Mitsu rió.

“Muy bien, Matsuo,” dijo Hoshi. “Como sabes, mi padre era uno de los Kami originales, los dioses que cayeron desde los Cielos, y fundaron el Imperio. Cuando cayeron los Kami, su padre, Onnotangu, les maldijo. Cuando tocaron la tierra, se quedaron atados a ella. Envejecerían, y morirían como mortales, antes de volver a ver los Cielos Divinos.”

“Pero Togashi nunca envejeció,” contestó Matsuo. “Siguió viviendo con cien nombres diferentes, siempre disfrazado como el Campeón Dragón.”

“Como todas las cosas que tenían que ver con mi padre, no es tan sencillo,” contestó Hoshi. “Mi padre tenía el don de la videncia, y sabía que un día se necesitaría su sabiduría para salvar al Imperio. Siguió viviendo, pero no dentro de sí mismo. Tomo prestado a un paje de su hermano Shiba.”

“Aprendió a reencarnarse,” dijo Mitsu.

“¿Reencarnación?” Dijo Matsuo, los ojos muy abiertos.

“Mas o menos,” contestó Hoshi. “El alma de Shiba podía vivir en paz en un cuerpo o en otro, convirtiéndose en parte de esa persona. Pero Togashi no era Shiba, y no podía hacer lo que había hecho Shiba. Cada vez que pasaba a un nuevo cuerpo, la primitiva alma de ese cuerpo era consumida. Normalmente, el cuerpo quedaba tan destrozado por el proceso, que Togashi volvía a morir inmediatamente. La primera vez que mi padre murió, le llevó veinte intentos hasta encontrar un huésped lo suficientemente fuerte como para poder llevar su espíritu.”

“¿Y qué pasó?” Preguntó Matsuo.

“Togashi llegó a entender que solo unos mortales especiales podían contener su esencia, aquellos que tuviesen un auto-control extraordinario. Togashi llamó a estos individuos tamashii, los “almas” del Clan Dragón. Los tatuajes ise zumi eran, de alguna manera, una prueba para sus seguidores. Aquellos que exhibían el mayor control de esos tatuajes, eran los mismos que tenían la disciplina y fuerza de voluntad para servir como futuros cuerpos. Cuando surgía un individuo así, Togashi les contaba el secreto de los tamashii y les ofrecía la posibilidad de convertirse en el futuro Campeón Dragón. Mitsu fue el último tamashii que llevó el nombre Togashi.”

“Togashi murió antes de que yo pudiese cumplir mi destino,” dijo Mitsu. “Hitomi le mató.”
“Y salvo el Imperio al hacerlo,” añadió Hoshi. “No lo olvides.”

“Nunca había oído algo así,” dijo Matsuo.

“Era un fácil secreto que guardar,” dijo Hoshi. “La habilidad de contener la esencia de un inmortal es muy poco habitual. Algunas veces, solo se encontraba un ise zumi por generación con ese don, y era muy difícil que no se sacrificase voluntariamente el tamashii, para que Togashi pudiese seguir viviendo. Mi padre cogía sus nombres, no solo para disimular su presencia en el Imperio, sino también para honrar a los hombres y mujeres que le daban la oportunidad de vivir.”

Matsuo miró a Mitsu. Los ojos de Mitsu estaban cerrados, meditando, o quizás recordando.

“Digo que Mitsu era el último porque ya no es el último,” dijo Hoshi. “Es por eso por lo que tu control de la magia de los tatuajes es tan inusual, Matsuo.”

“¿Yo?” Preguntó Matsuo, asombrado.

“¿Como es eso posible?” Preguntó Mitsu en voz baja. “Togashi está muerto. Los tamashii ya no son necesarios.”

“El que mi padre no necesite a Matsuo no significa que el Imperio no lo necesite,” dijo Hoshi. “No podemos enseñarle, Mitsu. No le entendemos. Nunca llegará a su verdadero potencial, a no ser que seas tú el que le guíes.”

Mitsu miró a Matsuo, y luego a Hoshi. Su cara estaba triste.

“Mi padre dijo una vez que tú tenías un gran destino, Mitsu-san,” dijo Hoshi. “Tú fuiste el que creyó que era morir por él. Quizás él quería que vivieses por él. No nos des la espalda, viejo amigo. No le des la espalda a Matsuo.”

Mitsu miró a Matsuo con una expresión críptica. “¿Estás dispuesto a aprender de mi?” Preguntó Mitsu.

“Si, Mitsu-sama,” dijo Matsuo.

“Algo más importante, ¿estás dispuesto a enseñarme?” dijo Mitsu.

Matsuo no lo dudó, pero si sonrió. “Si, Mitsu-sama.”

“¿Y que haré si descubro que eres estúpido?” Preguntó Mitsu.

“Una buena pregunta,” contestó Matsuo. “¿Que haré yo si descubro que tú lo eres?”

Togashi Mitsu sonrió por primera vez desde hacía mucho tiempo. “Le enseñaré.”

• • • • •

Hoy…

“Eres un estúpido, Matsuo,” dijo Hoshi Wayan con tono exasperado. “Tu mismo lo has dicho. Necesitáis mi ayuda.”

“Y sigue siendo así, Wayan-sama, pero la situación ha cambiado,” contestó Matsuo. “Kokujin ha fortificado sus fuerzas en Shiro Heichi. Tiene más goblins tatuados y corruptos hombres tatuados de lo que nos podamos ocupar. Jianzhen y los Shakoki Dogu no nos pueden ayudar, a no ser que podamos neutralizar el Yunque de la Desesperación. El sigilo es nuestra única opción para rescatar al Señor Satsu, pero aún así, un error nos llevaría a todos al fracaso. Necesitamos otra oportunidad. Alguien tiene que llevar la información de la presencia aquí de Kokujin al Clan Cangrejo. El Castillo Cara del Este está a solo unos pocos días de aquí. Quizás, si fracasamos, eso podrá detener lo que planea hacer aquí.”

El viejo monje agitó su cabeza. “Tengo experiencia con el sigilo,” dijo. “Sería mejor que me llevaras a mi antes que al Mirumoto.”

Rosanjin levantó la vista a la mención de su nombre. Estaba sentado sobre una pequeña roca, puliendo cuidadosamente su brillante katana con un trapo de seda. “La última vez no lo hiciste muy bien contra los sirvientes de Kokujin, viejo,” dijo.

Las manos de Wayan apretaron el mango de su bo. “Puedo volver a pelear, Rosanjin-san,” dijo con calma. “Heichi Jianzhen curó mis heridas. Si continúas hablándome sin respeto, verás lo buena que es curando.”

Rosanjin solo hizo una mueca, y continuó puliendo su espada.

“Wayan-sama, por favor,” dijo Matsuo educadamente. “Nadie está cuestionando tu capacidad, pero así es como tiene que ser. Rosanjin no tiene papeles de viaje. Si un bushi Dragón armado es descubierto en tierras Cangrejo sin papeles, será arrestado. Para cuando terminen de interrogarle, y escuchen su aviso, es posible que sea demasiado tarde.”

“Entonces ve tú,” dijo Wayan. “Tus tatuajes te harán llegar más rápidamente que a mi, y como monje, no te detendrán.”

“Los Cangrejo no me conocen,” dijo Matsuo. “Creerán que es un juego ise zumi, y no me tomarán en serio. Debes de ser tú, Wayan-sama. Han oído hablar de tu reputación.”
“¿Es eso un intento de calmar el ego de un viejo, para que los niños se vayan a la guerra?” Preguntó Wayan.

“Sabes que no es así, Wayan-sama,” dijo Matsuo.

Wayan asintió. “Que las Fortunas te acompañen, Togashi Matsuo,” dijo. “Odiaría volver con un ejército Cangrejo, y encontrarme que os han esclavizado como a Kobai. No creo que pueda aguantar matar a otro amigo.”

“Vivos o muertos, Kokujin no nos cogerá, Wayan-sama,” dijo Mirumoto Rosanjin, envainando su espada con un silbido metálico. “Te lo prometo.”

Wayan asintió hacia el samurai y, inclinándose por última vez, se fue por las Montañas del Crepúsculo. Muy pronto desapareció en el rocoso terreno, moviéndose con cuidado para evitar encontrarse con los seguidores de Kokujin.

“Haremos todo lo posible para ayudarle,” dijo Heichi Jianzhen, apareciendo junto a Matsuo y Rosanjin. “El poder de la Mancha podrá proteger a Kokujin, pero el poder de los Shakoki Dogu aún gobierna en estas montañas. No le pasará nada a Hoshi Wayan.”

“Gracias, Jianzhen,” dijo Matsuo.

“Me avergüenza poder hacer tan poco,” dijo ella, echando hacia atrás su capucha, para revelar una bonita cara, ajada por la pena y el cansancio. “Kokujin debe estar haciendo magia para fortalecer la corrupción en las minas. Ni siquiera puedo acercarme a ver Shiro Heichi sin sentir un gran dolor, y los Shakoki Dogu aún menos.”

“Salvaste a Wayan y nos diste el tiempo suficiente para planear algo,” dijo Rosanjin. “No podemos pedir más.”

“Pero quizás pueda ofreceros más,” dijo Jianzhen. Sus ojos se volvieron vidriosos mientras miraba a las distantes montañas. “La tierra me susurra. Hay otos dos en estas montañas. No llevan la misma mancha asquerosa que los sirvientes de Kokujin, pero están pintados como tú.” Miró hacia Matsuo, sus ojos siguiendo al enroscado dragón de su pecho.

“¿Hombres tatuados?” Preguntó Matsuo. “¿Aquí?”

“O quizás Cazadores de Brujas,” ofreció Rosanjin. “A veces llevan pinturas y tatuajes, y este es su territorio.”

“De cualquier forma, nos podrían ayudar,” dijo Matsuo. “¿Nos puedes llevar hasta estos hombres, Jianzhen?”

“Los Shakoki Dogu sospechaban que pediríais algo así,” contestó ella en voz baja. “Las montañas nos los traerán.”

• • • • •

Hace Un Año…

“¿Qué ha pasado aquí, Mitsu-sama?” Preguntó Matsuo. El aprendiz de ise zumi miraba a su alrededor, a las quemadas cabañas y a los montones de cadáveres envueltos en telas, horrorizado y disgustado.

“Hace unas semanas que hubo una batalla entre Dragones y Fénix,” dijo Mitsu.

“No veo samurai muertos,” contestó Matsuo, observador.

“La batalla no fue aquí,” dijo Mitsu. “Fue al norte de aquí, hace algunos meses. Cientos de cuerpos quedaron atrás mientras ambos bandos se fueron a otro lado. Muchos quedaron tendidos sobre el río, el mismo río que trae agua fresca a esta aldea. Después de un tiempo, los cadáveres se empezaron a pudrir, y el río se volvió contaminado por enfermedades. La aldea se está muriendo.”

“¿Qué podemos hacer?” Preguntó Matsuo. “¿Como podemos ayudar?”

“En lo que podamos,” contestó Mitsu. “Satsu me pidió que me reuniese con él en el Templo de Jurojin. Mientras tanto, date una vuelta, y haz lo que puedas.”

Matsuo asintió, obediente. Su sensei se fue, dejándole en medio del muerto pueblo de Mikoto Mura. Entre el crujir de piras funerarias, y los quejidos de los moribundos, Matsuo creyó oír a un bebé llorar. Fue hacia el llanto, llegando al fin a una pequeña choza que aún no habían consumido las llamas. El llanto se detuvo justo cuando abrió la puerta y entró. Estaba pobremente amueblada, la casa de un campesino. Una joven estaba sentada en una esquina de la choza, acunando un bebé envuelto en una tosca manta. Matsuo se inclinó respetuosamente, notando por el wakizashi y el alijo de pergaminos que llevaba, que era una shugenja.

“Konnichiwa, Togashi-san,” dijo la mujer, asintiendo en vez de inclinándose, para no molestar al niño. El bebé empezó a llorar suavemente.

“Le he despertado,” dijo Matsuo. “Lo siento.”

“Sujétale, por favor,” dijo la mujer, ofreciéndole el bebé.

Matsuo aceptó torpemente al bebé. La mujer sonrió, y cogió un biwa del suelo. Tocó suavemente el instrumento, llenando la choza con música encantada. Su voz la acompañó con suavidad. La canción era sencilla, la canción de un joven que llora por su perdido amor cada vez que cae la nieve. Matsuo la había oído muchas veces. Siempre le entristecía, pero hoy parecía que le hacía sentir mejor. Sintió como el bebé se quedaba quieto en sus brazos mientras la canción terminaba, sus inquietos movimientos reemplazados por un lento y acompasado respirar.

La shugenja sonrió. “Esa canción siempre hace que se duerma.”

Matsuo asintió. “La cantas bien,” dijo en voz baja. “¿Eres una Tamori?”

“Hai,” dijo ella. “Me llamo Chieko.”

“Soy Matsuo,” contestó él mientras miraba al bebé. “¿Y tú como te llamas?”

“No me lo quiere decir,” dijo Chieko riendo. Le miró con curiosidad. “¿Nunca antes has tenido a un bebé en brazos, verdad?” Preguntó.

“¿Por qué lo dices?” Preguntó Matsuo.

“Bueno, mírate,” contestó ella. “Le coges como si temieras que salte de tus brazos. Relájate, Matsuo-san.”

Matsuo asintió e intentó relajarse, sin conseguirlo. Miró al bebé. “Es huérfano, ¿verdad?” Preguntó.

Chieko asintió. “Uno de muchos,” dijo.

“Si no tiene donde ir, puede encontrar un hogar con la orden de los ise zumi,” dijo Matsuo. “Yo fui un huérfano, y me adoptaron.”

“¿Para que se convierta en un guerrero, como la gente que destruyó esta aldea?” Dijo secamente Chieko.

Matsuo miró hacia Chieko, sorprendido. “Los ise zumi no son los responsables de lo que aquí ocurrió,” dijo.

“No, pero este es un mundo de guerreros,” dijo con tristeza Chieko, cogiéndole el bebé. “Un mundo de muerte y violencia.”

Matsuo no dijo nada. Levantándose, se dio la vuelta, y fue hacia la puerta.

“Lo… lo siento,” dijo Chieko.

Matsuo la miró. “¿Por qué?” Preguntó.

“El Señor Satsu ya me ha acusado de ser demasiado orgullosa, y creo que tiene razón,” dijo Chieko. “No estuvo bien que te echase la culpa de lo que aquí ha ocurrido, Togashi Matsuo, y lo siento. Ni siquiera te conozco. Quizás el monasterio es el mejor sitio para este bebé y los demás.”

“No,” dijo Matsuo. “No estás equivocada. Somos responsables de lo que aquí ha ocurrido.”

Chieko le miró, perpleja.

“Somos responsables,” dijo, volviéndose a mirarla. “No causamos esto. No podemos hacer que no hubiese pasado, pero a pesar de todo, somos responsables. El Clan Dragón Clan protege a su gente. Cualquier daño que les ocurre es nuestra responsabilidad.”

“Una declaración audaz,” dijo Chieko. “¿Y qué hacéis cuando no estáis ahí para evitar que les hagan daño?”

“Lo que podamos,” dijo Matsuo.

• • • • •

Hoy…

“Esta es la tercera vez que pasamos ese matorral,” dijo Kaelung con tono irritado. “Dijiste que sabías a donde íbamos.”

“Eso creía,” contestó Mitsu, mirando el pedregoso sendero con una expresión de asombro. “Hace años que no he estado aquí, pero aún así, no creo que haya cambiado mucho. Después de todo, son montañas. Las montañas no se mueven… la mayoría.”

“¿Por qué viniste aquí la otra vez?” Preguntó Kaelung, mirando a los afilados picos negros. “Este lugar ha sido abandonado por todas las Fortunas.”

“Por un amigo,” contestó Mitsu. “Hace muchos años, conocí a un hombre que creía que era el ultimo descendiente del Clan Jabalí, un shugenja llamado Chokei. Justo antes de partir hacia Volturnum, predijo su propia muerte. Vino aquí a rendir su último homenaje a su familia, a pedir disculpas por su fracaso.”

“Patético,” dijo Kaelung. “Sabía que iba a morir, y fue voluntariamente a pesar de eso.”

“Nunca he visto un hombre tan en paz con su destino,” dijo Mitsu. “No sé como encontró su final, pero sospecho que lo hizo con coraje. Dime, Kaelung, que si supieses que llegaba tu hora, no te enfrentarías a ella con tu hacha levantada.”

“Eso es diferente,” dijo Kaelung, una sonrisa maliciosa apareciendo en su áspera cara. “De cualquier modo, creo que lo sabremos muy pronto.”
“¿Por qué lo dices?” Contestó Mitsu.

“Vamos en busca de Kokujin a su hogar,” dijo Kaelung. “Seguimos a tus amigos a una trampa. Si hubo alguna vez dos hombres que anduviesen con más certeza hacia su propia muerte, no me lo puedo imaginar.”

Mitsu no rió ni sonrió. Solo miró hacia delante, los ojos entrecerrados, concentrado. Kaelung notó el cambio en la postura de Mitsu, y levantó lentamente su hacha, buscando a su alrededor alguna señal amenazadora.

“¿Mitsu-sama?” Dijo una voz. Togashi Matsuo salió al camino ante ellos, su cara una máscara de sorpresa.

“Matsuo,” dijo Mitsu, aliviado. “Kaelung, este es mi alumno.”

“Un placer,” dijo Kaelung sin énfasis. Miraba a Matsuo con clara sospecha.

“Matsuo, ¿donde están los demás?” Preguntó Mitsu.

“Cuidado, Mitsu,” dijo Kaelung. Nunca bajó su arma. “Puede haber caído ante Kokujin. He visto hombres honorables servirle de buena gana.”

“No estoy poseído,” dijo Matsuo. “Me escapé de su emboscada, pero muchos de los otros no lo consiguieron. Akuai, Chieko, Hogai, y Satsu aún están en su poder.”

“Entonces es conveniente que tú nos encontrases primero,” dijo Kaelung sospechosamente.

“Nosotros no somos los que parecemos sospechosos,” dijo Mirumoto Rosanjin, saliendo de una alta pared de roca, con su arco apuntando a Kaelung. “Mitsu, ¿cuando te empezaste a asociar a perseguidos criminales?”

Mitsu miró pacientemente a Rosanjin, poniéndose entre Kaelung y la punta de la flecha. “Kaelung está aquí como aliado, Rosanjin,” dijo Mitsu. “Recuerda que fue se ansia por cazar a Kokujin lo que hizo que fuese exiliado del Dragón.”

“No, fue su asesinato de tres magistrados Mirumoto lo que hizo que se le exiliase del Dragón,” dijo severamente Rosanjin. “Ahora, apártate de mi línea de tiro, ise zumi.”

“Déjale que lo intente, Mitsu,” dijo Kaelung en tono normal. “Será mejor que apunte bien, o estaré sobre él antes de que pueda volver a tensar el arco.”

“¿Tienes tantos aliados aquí que te puedes permitir matar a uno?” Preguntó Mitsu.

“Tengo mi honor,” soltó Rosanjin, “y no me deja luchar junto a un asesino.”

“Rosanjin, baja tu arco,” dijo con cautela Matsuo, notando el brillo asesino de los ojos de Kaelung. “Si Mitsu-sama cree que ese hombre puede ayudar, deberíamos escucharle. Si de verdad es un asesino, habrá tiempo suficiente después para llevarle ante la justicia.”

“No nos traicionará, Rosanjin,” dijo Mitsu.

Rosanjin parecía inseguro, sus ojos aún fijos en Kaelung. Finalmente, bajó su arco haciendo una mueca burlona. “Cuando hayamos salvado al Señor Satsu, tender unas palabras contigo, Kaelung,” dijo.

“Por supuesto,” contestó Kaelung, bajando lentamente su hacha. “Lo estoy deseando.”

“¿Qué sabéis?” Preguntó Mitsu, mirando a Matsuo.

“Kokujin se esconde en Shiro Heichi,” dijo Matsuo. “Tiene el Yunque de la Desesperación.”

“Tiene la intención de convertirse en otro Yajinden,” dijo Mitsu.

“¿Yajinden?” Preguntó con curiosidad Kaelung. “¿Quién es Yajinden?”

“Un herrero loco que sirvió al loco Iuchiban durante sus dos vidas,” dijo Mitsu. “Mi orden ya ha luchado antes contra él. He visto el daño que pueden hacer las Espadas de Sangre. Si Kokujin planea crear las suyas, debemos detenerle.”

“Creemos saber donde retiene a Satsu,” dijo Matsuo. “Conocimos a un… fantasma del Clan Jabalí. Kokujin necesita acero manchado para hacer sus espadas. Solo hay un sitio donde hay vetas manchadas bajo el castillo.”

“¿Esta ahora hablando tu aprendiz sobre fantasmas, Mitsu?” Dijo escéptico Kaelung.

“Vigila tu lengua, monje,” dijo Jianzhen, apareciendo de las sombras tras Kaelung. “Te adentras en mis tierras. Vives por mi gracia, y por la de los Shakoki Dogu.”

Mitsu miró hacia Kaelung, y luego a Matsuo. “¿Podemos confiar en este espíritu?” Preguntó.

“Así lo creo,” contestó Matsuo. “Salvó la vida del Maestro Wayan. Planeábamos montar un rescate cuando ella sintió vuestra llegada. Debo confesar que tengo ahora más confianza, ya que estás aquí para ayudarnos.”

“Mis sentimientos están encontrados,” dijo Rosanjin, aún mirando mal a Kaelung.

“Debemos actuar con rapidez,” dijo Mitsu. “El Yunque esa almas para fortalecer sus nemuranai, pero cualquier persona encadenada al Yunque debe morir o el producto se arruinará. Si podemos salvar a los prisioneros antes de que complete su trabajo, entonces aún hay esperanza.”

“¿De cuanto tiempo disponemos?” Preguntó Kaelung.

Un helado grito sonó en la distancia, resonando sin fin por las montañas.

“Un aviso,” dijo Jianzhen. “Las montañas nos traen los gritos de la última victima de Kokujin. Su trabajo está casi completado.”
“Esa era Chieko,” dijo aturdido Matsuo.

“Démonos prisa,” contestó Mitsu, moviéndose rápidamente por el sendero.

• • • • •

Chieko dejó de gritar, solo por un momento, y Satsu maldijo vehementemente a Kokujin. El oscuro ise zumi le ignoró mientras estudiaba la hoja de su ensangrentada katana a la luz del crepitante fuego del foso.

“Me sorprendes, pequeña,” dijo cariñosamente Kokujin. “No esperaba que durases tanto como Akuai, y aún menos que durases más. Los Tamori son una familia sorprendente. Acero bajo la seda, como reza el dicho.”

Chieko levantó su cabeza para mirar a Kokujin. Su bonita cara ahora estaba surcada por mugre y sangre, pero sus ojos estaban limpios. Susurró algo al mirarle a los ojos.

“No te he oído,” dijo Kokujin, arrodillándose a su lado. “¿Era una maldición? ¿Un deseo de que me pase algo terrible, pequeña? Sacia mi curiosidad. Dime que maldición me has echado, ya que con seguridad las he llevado todas.”

“No era una maldición, Kokujin,” dijo Chieko, respirando entrecortadamente. “Una… bendición.”

Kokujin frunció el ceño. “Explícate.”

“Tú… dices que no tienes señor,” dijo ella, pareciendo fortalecerse con sus palabras. “Mientes. Dolor y oscuridad son tus señores… Les sirves porque temes la luz… El amor te agobia y la esperanza siempre te traiciona.”

“No tienes ni idea de lo que estás hablando, Chieko-chan,” dijo Kokujin riendo. “Ahora, si me excusas, debo volver a mi trabajo.”

“No,” dijo Satsu desde donde colgaba encadenado. “Ella tiene razón.”

“Silencio,” dijo Kokujin, sin mirarle.

“No,” soltó Satsu. “Es por eso por lo que ya no deseas las espadas de mi padre… porque no puedes seguir aguantando oír su voz. No puedes aguantar mas la carga de la esperanza… Eres lo que eres no porque seas tu propio señor… sino porque ser cualquier otra cosa mejor te supondría demasiado esfuerzo. Eres un esclavo de tu propia locura.”

Kokujin sonrió apretando los labios. “Eres tú el que está encadenado,” dijo.

“Por ahora,” dijo Satsu, sus ojos entrecerrándose.

Kokujin suspiró. “Prometí dejarte vivir, pero tu vida sirve de la misma manera a mis propósitos con lengua o sin ella, Satsu. Piensa en ello. No puedes imaginarte lo que estoy a punto de conseguir.”

“Estas a punto de asesinar a una mujer que nunca quiso otra cosa que la paz,” dijo Hogai con un suave rugido. “Estás a punto de hacerte un enemigo de un hombre muy violento.”

“Solo dos pequeños beneficios de este proceso, Hogai-san,” dijo Kokujin, dejando la katana sobre el yunque mientras volvía a martillearlo para que tomase su forma. “Ya lo verás. Mis crímenes ahora pueden parecer grandes, pero con el tiempo, a lo mejor los entiendes.” Miró a Satsu con una leve sonrisa. “No te pido que me perdón. Solo comprensión.”

Las puertas de la cámara se abrieron con un chillido, y entraron un par de hombres tatuados de Kokujin. Uno se acercó directamente a Kokujin, y susurró algo, demasiado bajo para que lo pudiesen oír los prisioneros. Una lenta mirada de cólera apareció en la cara de Kokujin. En la distancia, un profundo temblor pasó por la montaña. Sonaba como un trueno, o quizás un terremoto.

“¿Otra vez esos espíritus imbéciles?” Rugió Kokujin. “Haz que se ocupen los shugenja.”

“Ya lo hemos hecho,” contestaron los hombres tatuados. “Esta vez, los Shakoki Dogu no quieren entrar en Shiro Heichi… Quieren destruirlo. Están provocando avalanchas.”

Otro temblor pasó por el suelo, agitando mucho la habitación. Un lengua de llamas surgió del foso de fuego, y Kokujin sonrió.

“¿Qué es lo que dicen?” Dijo Kokujin. “Planea todo lo que quieras, trabaja todo lo que quieras, el trabajo aún te seguirá hasta el último momento.” Suspiró. “Excusarme por favor, caballeros. Sabéis que me cuesta concentrarme si mi audiencia no está atada correctamente.”

Los dos hombres asintieron y dejaron la cámara, cerrando la puerta tras de si. Kokujin volvió a mirar a Chieko.

“Mis disculpas, pequeña,” dijo, volviendo a apuntar la espada hacia ella. “Me creas o no, estaba intentando causarte el menor dolor posible. Ahora, desafortunadamente, tendré que trabajar más rápidamente…”

Locura Iluminada — Parte 6

Versión Para Imprimir (La Voz Akasha)

Hace Cuatro Años…

“Cuéntame un cuento,” dijo el extraño, sonriendo desde el otro lado de la pequeña hoguera.

Haru se rió en alto, sorprendido por la extraña petición. El viejo ermitaño no había cuestionado la llegada del extraño. Tan dentro de las Montañas del Crepúsculo, tenía pocos visitantes. Por supuesto que esa era una de las razones por las que había venido aquí, para alejarse de los vicios de la sociedad, y meditar sobre la pureza de lo que hay más allá. Aún así, era bueno ver de cuando en cuando a otra persona, por lo que Haru había compartido de buena gana su fuego y su desayuno con el extraño.

Por la pinta del hombre, era un sohei, uno de los monjes guerreros del Templo de Osano-Wo. Su cuerpo estaba recubierto de pies a cabeza con gruesas vendas. Una hatijo de paja estaba en el suelo, que parecía que lo había dejado sin preocuparse, pero siempre lo tenía cerca de su mano, cuando podía haber sido fácilmente dejado en carro del sohei. Haru había visto antes esos hatijos. Muchos sohei los usaban para llevar armas a través de fronteras provinciales sin llamar la atención. La mayoría de magistrados no se preocuparían de registrar a hombres sagrados. Haru siempre había encontrado a los sohei la clase más rara de monjes – abrazaban la paz de Shinsei, pero disfrutaban con la violencia y el combate. La dicotomía les hacía difíciles de entender para la mayoría de la gente, y Haru no era una excepción.

“¿Estás intentando inventarte un cuento?” Preguntó el sohei. “¿O es que no me has oído?”

“La verdad, estaba intentando ignorarte educadamente,” dijo Haru, masticando un trozo de carne. “No soy un buen cuentista.”

“Eres demasiado modesto,” contestó el extraño. “He visto a demasiados cuentistas profesionales que no dejan que una falta de talento les detenga.”

“Es muy posible que eso sea así,” admitió Haru con algo de humor, “pero creo que mis historias no te interesarían. Llevo demasiado tiempo alejado del mundo. Mis cuentos son viejos y aburridos, y habitualmente duran demasiado.”

“Conozco ese tipo de cuentos,” dijo el sohei. Se quedó en silencio durante un momento. A la luz del fuego, Haru se dio cuenta de que sus ojos tenían un extraño color dorado, como nunca antes había visto. Oscuros dibujos cruzaban los pequeños trozos de piel visible alrededor de sus ojos – cicatrices, o quizás tatuajes. “Si desease escuchar historias sobre Rokugan, estaría allí,” dijo el sohei. “Cuéntame una historia sobre estas montañas. He oído que están encantadas. Seguro que sabes algo.”

Haru levantó una plateada ceja, y pensó un poco. “Es así,” dijo. “He oído decir que una terrible maldad nació aquí, el mayor de todos los demonios. También nació aquí, si es que una cosa así puede morir alguna vez.”

“¿Has ‘oído decirlo’?” Preguntó el sohei. “¿Quién lo dijo?”

“Shinsei,” contestó Haru.

“Por supuesto,” dijo el sohei. “El Pequeño Maestro tenía que estar presente cuando fue herido mortalmente el Primer Oni.”

Haru miró con temor al sohei. “No dije el nombre de la criatura. ¿Has oído hablar del Primer Oni?”

El sohei se encogió de hombros. “Solo rumores. Solo lo suficiente como para que me picase la curiosidad. Cuéntame más.”

Haru miró con recelo al extraño. Algo en sus formas era verdaderamente perturbador. No le quitó el ojo al hombre mientras rellenaba su taza de una cercana bota, y luego prosiguió. “El Primer Oni era el más poderoso de todos los demonios,” dijo Haru. “Iba en la vanguardia del ejército del Kami Oscuro. Se decía que su poder era ilimitado. Podía alterar su forma cuando quería, volviéndose grande o pequeño, según fuese necesario. Su sangre corrompía la tierra allí donde cayese. Ningún arma podía dañarle, ningún guerrero podía vencerle, excepto uno bendecido con el poder de los Divinos Cielos.”

“Que poderoso héroe debía de haber sido Shiba, para derrotarle,” dijo el extraño.

“A costa de su propia vida,” contestó Haru. “Shiba y el Primer Oni se hirieron de muerte mutuamente. El demonio vino aquí, donde había nacido, para morir en las profundidades de la tierra.”

“Pero los oni no están confinados en sus cuerpos,” dijo el sohei. “¿No tendría que haber vuelto su espíritu a Jigoku, para esperar una oportunidad de retornar a este mundo?”

“Yo… no lo sé,” dijo Haru. La conversación estaba empezando a hacer que se sintiese incómodo.

“En el monasterio, nos enseñaron que todos los oni deben coger los nombres de otros, o no pueden existir en este reino,” comentó el extraño. “¿A quién piensas que le tomó su nombre el Primer Oni?”

Haru se encogió de hombros. “Nunca había pensado en eso,” contestó. “Sabes mucho sobre demonios para ser un sohei.”

“Conoce el mal para que puedas luchar mejor contra él,” dijo el sohei con voz excitada. “¿Quieres oír mi teoría?”

Haru gruño indiferente, sin querer alentar al raro extraño, pero sin querer arriesgarse a enfadarle.

“Pienso que el Primer Oni llevaba el verdadero nombre de Fu Leng,” dijo el extraño, “el nombre que ningún mortal puede saber. Por eso es por lo que solo se le llama el ‘Primer Oni,’ ya que su verdadero nombre no puede ser dicho. Por eso era tan poderoso, ya que su poder emanaba del poder sin barreras de Fu Leng. Por eso nunca ha vuelto al reino de los mortales, porque su señor también está atado más allá de este reino.” El sohei se volvía más excitado al meterse en el tema, gesticulando con énfasis mientras hablaba.

“Entonces tenemos suerte de que Fu Leng esté muerto, y que nunca pueda volver,” dijo Haru con una risa nerviosa. “¿No te parece que hace demasiado calor para esta época del año, o soy solo yo? Creo que nos va tocar un invierno duro.”

“De todas las lecciones que Fu Leng nos ha enseñado, recuerda esta,” pensó en voz alta el sohei. “La muerte no es eterna.”

“Esa frase no me es familiar,” dijo, intentando que no apareciese una aterrorizada tartamudez en su voz. “¿Quién lo dijo?”

“Un incomprendido poeta Cangrejo,” contestó el sohei, mirando a su alrededor con una expresión pensativa. “Un hombre adelantado a su tiempo. Un hombre que entendía demasiado, y se le castigó por ello. Hubiese visto el potencial de un sitio como este. Un sitio que ha visto el nacimiento y la muerte de dioses. Que se pudra.”

Haru dejó su cuenco cerca del fuego. De repente, ya no tenía hambre.

El sohei pareció darse cuenta del cambio de humor de Haru. Suspirando, se levantó y recogió su hatillo de paja. “Te he hecho perder demasiado tiempo. Debería seguir mi camino. Mi intención es hacer mi hogar en las ruinas de Shiro Heichi. Visítame ahí, si quieres.” El hatijo se movió en su hombro; dentro, Haru se imaginó ver como se reflejaba la luz de la hoguera en la tsuba de una katana. ¿Por qué tendría un monje una katana?

“Las montañas son peligrosas en la oscuridad,” le avisó Haru, sin saber porque intentaba mantener a salvo a este tipo siniestro.

“N temo la oscuridad,” contestó el sohei, tirando su hatijo dentro de su carro. Haru pudo oír como chocaba contra algo grande y metálico. Con una última inclinación respetuosa, el sohei se volvió y alejó por el sendero de la montaña.

Haru esperó hasta que el hombre se había ido, y empezó a reunir sus pobres posesiones tan rápidamente como podía. Después de todo, quizás la sociedad no era una cosa tan mala.

• • • • •

Mirumoto Rosanjin miró como caía la pared de piedra en asombrado silencio. Rocas y polvo rodaba sobre la ciudad muerta del Clan Jabalí, tragándose castillos enteros, en olas de tierra hambrienta. Los goblins tatuados de Kokujin, y sus kikage zumi huían aterrorizados ante el ataque. Shugenja tatuados flotaban en el aire, intentando en vano calmar a los furiosos kami de la tierra con su magia.

“Jianzhen,” dijo Rosanjin al silencioso espíritu que estaba junto a él. “Si durante todo este tiempo podíais hacer que las montañas cayesen sobre Kokujin, ¿por qué habéis esperado hasta ahora?”

La cara de la shugenja Jabalí era gris y solemne. “Porque no servirá para nada,” dijo ella. “Kokujin trabaja en las cuevas que hay debajo, donde no podemos llegar. Usa la corrupción del Primer Oni para protegerse. Podríamos tirar montañas sobre él, y sobreviviría. Al final, todo esto solo servirá para molestarle y distraerle… y para destruir mi hogar ancestral.”

“Pero tu gente no puede volver al reino mortal,” dijo Rosanjin.

Jianzhen miró amargamente al Dragón. “¿Por lo que yo debería abandonar toda esperanza?” Dijo con un gruñido.

“Detente,” ordenó secamente Kaelung, sin preocuparse de mirar hacia atrás, mientras estudiaba el caos de más abajo. “La Jabalí nos ha dado una oportunidad de hacerlo. Debemos actuar mientras los servidores de Kokujin están desorganizados, o no hacer nada.”

“Kaelung tiene razón,” comentó Togashi Mitsu. “Kokujin es un oponente inteligente. Si le damos tiempo, hará que este caos se vuelva a su favor. Debemos atacar ahora, permanecer unidos, y movernos directamente a la ciudadela Jabalí. Desde allí, podremos dirigirnos hacia las cuevas, como Jianzhen nos ha dicho.”

“No enterraremos Shiro Heichi,” dijo Jianzhen. “Dirigiros directamente hacia el Castillo, y estaréis a salvo.”

“Cuestiono la lógica de dirigirnos hacia una avalancha, especialmente con este criminal,” dijo Rosanjin, asintiendo hacia Kaelung.

“Entonces quédate aquí con el fantasma, Mirumoto,” contestó Kaelung. “No te echaremos de menos.”

Con eso, Kaelung saltó desde su saliente, aterrizando ágilmente en el camino que había mucho más abajo. Mitsu y Matsuo solo estaban un paso detrás, ambos moviéndose rápidamente sobre las piedras. Rosanjin descendió tras ellos, gruñendo frustrado, mientras miraba como los ise zumi rápidamente se alejaban. Los tres tenían el beneficio de los tatuajes mágicos que aumentaban su velocidad y reflejos. Rosanjin solo tenía su habilidad natural y entrenamiento. Matsuo miró hacia atrás cuando se dio cuenta de que el samurai se había quedado atrás, pero Rosanjin solo grito a Matsuo que siguiese corriendo.

Justo entonces, Rosanjin sintió un cosquilleo en la base del cráneo. No era infrecuente entre los Dragón que aquellos que no tenían el don de la magia, que poseyesen alguna conciencia del mundo de los espíritus. En los bushi, este talento estaba enfocado hacia la habilidad de detectar cuando se estaba usando magia. Rosanjin miró rápidamente hacia arriba, y vio a dos de los shugenja tatuados flotar hacia los ise zumi. Ambos estaban cantando, brazos levantados hacia el cielo, mientras oscuras nubes se reunían sobre ellos. Rosanjin sacó su arco en un rápido movimiento, y disparó dos flechas, golpeando a cada hombre en el cuello. Continuó corriendo, ignorando los cuerpos que cayeron a tierra a ambos lados del camino.

Mitsu, Matsuo, y Kaelung ya habían entrado en el castillo. Un alto kikage zumi se había dado cuenta de su entrada, y estaba ondeando un dai tsuchi, mientras intentaba reunir a los desorganizados goblins para dar caza a los intrusos. Rosanjin dejó caer el arco, y se tiró sobre el hombre, desenvainando ambas espadas en el aire, y golpeando con ellas en un vicioso corte cruzado. Los gritos del kikage zumi terminaron en un breve y angustioso chillido, al cortarle Rosanjin en cuatro trozos. Rosanjin rodó, y terminó agachado ante las puertas de Shiro Heichi. Miró a su alrededor, y vio docenas de ojos inhumanos fijos en sus espadas gemelas. Los bakemono de Kokujin ahora pasaban de los muros de piedra que caían alrededor de ellos. No les quedaba nada, salvo su odio hacia este arrogante Dragón.

Los pensamientos de Rosanjin volvieron hacia su entrenamiento. En situaciones como esta, muy superado en número, solo había una cosa que podía hacer un guerrero. Fanfarronear, y esperar que saliese bien.

“¡Soy Mirumoto Rosanjin, hijo de Mirumoto Yuyake, Señor de la Montaña de Hierro!” Gritó descaradamente, sin siquiera estar seguro de sí los goblins le entendían. “¡Derroté a Shiba Tejin en la Batalla de la Garganta del Viento! ¡Estuve junto a Tamori Shaitung en la batalla de Nieve y Fuego! ¡Estas espadas llevan la marca de Togashi Nyoko y en once siglos, nunca han conocido la derrota!” Adoptó una postura Niten, wakizashi baja y paralela al suelo, katana en alto por encima de un hombro. “Las únicas puertas que vosotros pasaréis hoy son las puertas de Jigoku.”

Los goblins de Kokujin no retrocedieron, pero ahora la duda brillaba en sus ojos.

Eso era todo lo que Rosanjin necesitaba.

Atacaron, y Rosanjin soltó un triunfante grito de batalla.

• • • • •

El sonido de la batalla resonó por los pasillos cercanos a la mazmorra. El suelo tembló, mientras las montañas de encima se movían y temblaban. Aún encadenado a la pared, Togashi Satsu se preguntó que estaba pasando encima de ellos. ¿Podían estar de alguna manera involucrados Matsuo y los demás, o era que su situación estaba empeorando?

Durante todo eso, Kokujin continuó golpeando sin parar el ensangrentado yunque. Su cara, antes retorcida con una sonrisa maníaca, ahora era solemne e inexpresiva. Satsu podía ver ahora que Kokujin estaba murmurando algo en voz baja, una y otra vez, con cada golpe de su martillo. Al pie del yunque, Tamori Chieko estaba sobre un charco de sangre. Su pecho aún se movía al respirar, de alguna forma aferrándose a la vida, a pesar de la tortura que el malvado hombre tatuador la habían inflingido.

“No pareces tan confiado como antes, Kokujin,” dijo Hitomi Hogai con un bajo gruñido. Tiró violentamente de sus cadenas, haciendo que Kokujin levantase la vista. Inmediatamente, volvió a enfrascarse en su trabajo, su labio retorcido en una mueca.

“Hoy morirás, Kokujin,” añadió Hogai, volviendo a tirar de sus cadenas.

“No, Hogai,” dijo Kokujin con voz clara. “Hoy no moriré. Eso al menos me ha sido prometido.”

“¿Por quién?” Preguntó Satsu.

“Por tu abuelo,” dijo Kokujin con una amarga risa. “Cuando me nombró su heredero.”

“Verdaderamente, estás loco,” susurró Satsu.

“La verdad es verdad, y no se puede cambiar,” dijo Kokujin, levantando su katana para volver a estudiarla a la luz del foso de llamas. “Soy un tamashii, heredero del Campeón Dragón. Es por eso por lo que Mitsu temía enfrentarse a mi. Es por eso por lo que Hitomi buscó mi ayuda. ¿Quién mejor para saber como aguantar el peso del poder divino que Kokujin?”

“¿Qué es un tamashii?” Preguntó Hogai, mirando a Satsu. “¿De qué está hablando?”

“Mentiras,” dijo Satsu, mirando aún hacia Kokujin, sin poder creerle. “Todo es mentira.”
“Eso es lo que siempre he odiado del Clan Dragón,” dijo Kokujin suspirando. “Os mentís incluso a vosotros mismos. Envueltos en tantos secretos, ¿no es extraño que tengas tantas dificultades para alcanzar todo tu potencial, Satsu? He dominado el poder de dos dioses. En mi, la corrupción de Fu Leng y la iluminación de Togashi encuentran su equilibrio. Soy mi propio señor, dispuesto a elevarme a un nivel de poder que no puedes empezar a entender. Ni siquiera te puedes liberar de tus cadenas. Que triste.”

“Encuentro triste que te llevase tantos años forjar dos espadas,” ladró Hogai.

“Creo que muy pronto te darás cuenta de que he estado ocupado en otras cosas,” contestó Kokujin. “He matado a muchos Dragones desde que encontré el Yunque, y está claro que me llevó algún tiempo dominar el arte de forjar armas. Forjé diez Espadas de la Vergüenza, cada una nacida de las almas de héroes que pudieron ser. Le di unas cuantas a mi amigo Daigotsu. Él hará que caigan en manos de gente apropiada.”

“¡Hablas demasiado Kokujin!” rugió Hogai, volviendo a tirar de sus cadenas. “Cuando los otros te buscaban, ¿les aburriste hasta matarlos, como ahora?”

“Tu honestidad me avergüenza, Hogai,” dijo Kokujin. “Tienes razón. Las palabras no prueban nada. Es el momento de la acción. He terminado.” Kokujin estudió la siniestra katana negra que había forjado con una sonrisa de satisfacción. Levantó el wakizashi igual, de donde estaba, y fue hasta la parte delantera del yunque. Puso sus manos en una postura parecida a la Niten, y miró hacia Chieko. “Dos espadas, forjadas con la divina sangre de incontables Togashi y la negra sangre de las Montañas del Crepúsculo. Llevó el Cielo y el Infierno en mis manos. Ahora dime el nombre, y nuestro pacto quedará sellado.”

“No puede hablar, loco,” dijo Satsu. “Se muere.”

“No le estoy hablando a Chieko, primito,” dijo Kokujin, mirando aún al Yunque de la Desesperación. “Te siento. Me puedes oír. Uno más, y el pacto quedará sellado… Dime ahora el nombre.”

Satsu se dio cuenta de lo que Kokujin había estado susurrando mientras forjaba la espada. “Dime el nombre…” Una y otra vez. “Dime el nombre…”

“Dime el nombre,” susurró Kokujin. Puso la hoja del wakizashi contra el cuello de Chieko.

“¡NO!” Gritó Satsu. El joven Dragón sintió una subida de poder creciendo en su pecho. Kokujin trastabilló hacia atrás, como si le hubiese golpeado alguien. Miró hacia Satsu, los ojos abiertos, sorprendido. Satsu gritó al correr el dolor por su cuerpo. Se quedó colgando, desvanecido, de sus cadenas.

“Excelente,” dijo Kokujin, una muestra de respeto en sus ojos. “Empiezas a dominar el poder de tu abuelo. Sorprendente, pero no imprevisto. Como mis espadas, las cadenas que te atan fueron forjadas usando el acero corrupto de estas minas. Si lo intentases otra vez, es posible que no tengan tanta piedad.” Fue hacia Chieko, la katana levantada. “Aunque lo puedes intentar.”

Tras él, las puertas de la mazmorra se abrieron de golpe. Tres monjes tatuados entraron corriendo en la cámara. El más grande lanzó su ono hacia Kokujin. El hacha se clavó fuertemente en la espalda de oscuro hombre tatuado. Kokujin gruñó de dolor, se quedó de rodillas, y luego cayó de bruces contra el suelo de piedra.

“Eso ha sido rápido,” dijo Togashi Matsuo, mirando incrédulamente hacia Kokujin. “Creía que Kokujin lucharía algo más.”

“¡Mitsu! ¡Matsuo!” Exclamó Satsu al reconocer a sus rescatadores. “¡Chieko está malherida!”

Matsuo asintió y corrió hacia el yunque, pero Mitsu le agarró del brazo. Matsuo le miró confundido. El viejo monje tatuado agitó en silencio su cabeza, sus ojos fijos sobre el caído cuerpo de Kokujin.

“Eso no es suficiente para matarle, chico,” dijo Kaelung, avisándole. “Intentaba quitarle uno de sus brazos.”

Las oscuras sombras de la mazmorra empezaron a moverse y retorcerse alrededor de los tres hombres, congelándose en seis figuras de los tatuados hombres de Kokujin. Estos eran diferentes de los demás. Parecían más fuertes, más confiados. Matsuo boqueó al reconocer a su líder. Era Kobai, el hombre al que había visto matar Rosanjin hacía solo unos días.

Kokujin echó la mano hacia atrás, cogió el mango del hacha de Kaelung y la arrancó de su espalda, brotando una fuente de negro líquido. Se pudo en pie, sangre cayendo por su barbilla, y tiró el hacha hacia un lado. Cuando fue a por sus espadas, la abierta herida de su espalda empezó a curarse. “¿Qué es lo que siempre te he dicho, Kobai?” Preguntó Kokujin.

“Nunca asumas que el enemigo está muerto,” contestó Kobai. “Hasta que hayas devorado su corazón.”

“¿Son estos los últimos?” Preguntó Kokujin.

“Excepto por el Mirumoto que hay arriba, y por el monje que huyó,” contestó Kobai. “También trajeron un fantasma con ellos, pero ella no puede entrar.”

“Bien,” dijo Kokujin, señalando hacia Mitsu con su espada. “Traedme sus corazones.”

• • • • •

Hace Nueve Años…

Kokujin estaba agachado sobre un montón de ladrillos, cerca del borde del sitio donde un día habría un gran templo. Dio vueltas y vueltas a un trozo de descolorido jade entre sus dedos. Un vez, había sido una insignia de un Cazador de Brujas. Ahora era solo un juguete. “Tu plan es impresionante, Daigotsu,” dijo el hombre tatuado.

Daigotsu miró sobre su hombro hacia Kokujin, brazos cruzados plácidamente sobre su amplia túnica. Una sonrisa maliciosa apareció en la cara del atractivo hombre. “¿Crees que soy demasiado ambicioso, Kokujin-san?” Preguntó. El yojimbo de Daigotsu, Kyoden estaba en silencio al lado del futuro Señor Oscuro, en su armadura de ébano.

La frente de Kokujin se arrugó. “No creo que exista demasiada ambición,” contestó. “Cada vez que creo entender la naturaleza del universo, esa naturaleza cambia. Una vez pensé que Togashi era inmortal, pero murió. Una vez creí que Hitomi era una chica estúpida que llevaría a su clan a la destrucción. Ahora gobierna los Cielos. Hace un año, tú eras un peón en manos de los Portavoces de la Sangre. Ahora intentas gobernar las Tierras Sombrías.” Kokujin miró a su alrededor, a las docenas de samurai Manchados y campesinos que hacían su trabajo, dándose prisa en construir la Ciudad de los Perdidos de Daigotsu.

“Pretendo mucho más que eso,” dijo suavemente Daigotsu. “He estudiado la magia Tsuno. Todos los Reinos de los Espíritus son uno. Todo lo que necesito es encontrar los pasadizos adecuados, y Fu Leng será devuelto al sitio que le pertenece en el corazón de Jigoku. Incluso podríamos mandarle a los Divinos Cielos si quisiéramos.” Daigotsu rió. “Imagínatelo. Imagínate la cara de la Dama Hitomi cuando vea al Kami Oscuro ante sus puertas. ¿Crees que le invitaría a tomar el té?”

Kokujin frunció el ceño, pensativo. “Me gustaría estar ahí para verlo,” dijo. “¿Crees que es posible? ¿Podría yo entrar en los Divinos Cielos?”

Daigotsu se encogió de hombros. “Todo es posible, Kokujin-san,” dijo. “Personalmente, no deseo ir. Soy mortal. Mi sitio está aquí.”

“Yo soy inmortal,” dijo Kokujin. “No tengo un sitio.”

“Ya,” dijo Daigotsu con una paciente sonrisa. “¿Has decidido si permanecerás en la ciudad, mi amigo?”

“Creo que no,” dijo Kokujin. “Nuestras aventuras han sido divertidas, Daigotsu-san, pero tengo cosas que hacer en Rokugan.”

“Por supuesto,” contestó Daigotsu. “No te estoy pidiendo, amigo mío. Sé que tiene tus propios planes, y mientras no entren en conflicto con los míos, te deseo suerte. Siempre serás bienvenido en la Ciudad de los Perdidos.”

“Muchas gracias,” dijo Kokujin. “Este sitio parece bastante interesante.”

Un grasiento hombre pequeño se adelantó de las hordas de Perdidos, y habló en voz baja a Daigotsu durante unos minutos. Kokujin le reconoció, era Omoni, la miserable pequeña criatura que se había escapado del campamento de Portavoces de la Sangre junto a Daigotsu y Kyoden. Era un extraño y pequeño hombre, que poseía una extraña habilidad para alterar la carne de criaturas Manchadas. Usaba sus habilidades para crear terribles bestias que sirviesen los deseos de Daigotsu, pero con la misma frecuencia, los usaba para divertirse, tullendo o matando onis menores o goblins. Omoni era una criatura mezquina, perturbada y patética. Le gustaba a Kokujin.

Mientras Daigotsu y Kyoden se alejaron para supervisar la construcción de otra parte de la ciudad, Omoni se acercó encorvadamente a Kokujin. “No necesitas eso,” dijo Omoni, mirando sospechosamente al trozo de jade en la mano del hombre tatuado. “Mientras sirvas lealmente a Daigotsu, no debes temer la locura de la Mancha. Deja que te consuma, amigo. ¡Renace en su gloria!”

“Quizás en otro momento,” dijo Kokujin. “Mientras tanto, cuéntame sobre estos nuevos bakemono que has creado.”

Omoni sonrió satisfecho, enseñando una boca llena de afilados dientes. Nunca estaba tan contento como cuando alguien le pedía hablar sobre su arte.

• • • • •

El tatuaje de Matsuo cambió, para convertirse en la forma del dragón de escarcha, largos anillos girando sobre su pecho y brazos. Cogiendo aliento, soltó una nube de viento helado hacia los dos hombres tatuados más cercanos. Cada uno saltó en una dirección diferente, evadiendo fácilmente el ataque de Matsuo. Uno cayó cerca, agachado; Kaelung soltó una salvaje torta a la cara del hombre, que le mandó trastabillando hacia atrás, solo para fundirse en las sombras.

Kokujin Kobai se tiró sobre Mitsu, dedos extendidos en afiladas garras. Mitsu esquivó hacia un lado, aunque su atacante dibujó una delgada línea roja en su brazo derecho. Mitsu se giró y le dio una rápida patada al torso de Kobai. Kobai rió, y se disolvió entre las sombras al pasar la pierna de Mitsu a través de él.

Mientras tanto, Kokujin ignoró a los intrusos. Prestó su atención a Chieko. “Dime el nombre,” repetía una y otra vez.

“Kokujin les ha dado el poder de la luna creciente,” gritó Kaelung.

“¡Hay demasiadas sombras!” Gritó Mitsu. Vomitó una nube de ardiente llama, momentáneamente erradicando las sombras, y haciendo que, temporalmente, los servidores de Kokujin retrocediesen.

“¡Luchar más cerca de la luz!” Contestó Kaelung. Pasó al lado de los sombríos hombres tatuados, hacia el borde del foso de fuego. Al seguirle, sus figuras se volvieron más substanciales. Una apareció, y golpeó la espalda de Kaelung con un ancho cuchillo. Kaelung se giró y esquivó el golpe, y llevó al hombre a la luz por el cuello. Con un húmedo chasquido, tiró el cadáver al foso de fuego. Mitsu aterrizó junto a Kaelung con una ágil voltereta. Soltó otra llamarada al aterrizar, consumiendo al atacante que le había seguido.

De repente, Matsuo se dio cuenta que los cuatro que quedaban no querían acercarse a Mitsu y Kaelung a la luz, rodeándole. El tatuaje de su pecho tomo la forma de un águila; Matsuo saltó sobre las cabezas de sus enemigos, cerrándose en una ágil voltereta, y poniéndose de pie al borde del foso de llamas. Los ojos del joven ise zumi se abrieron mucho al ver que el agujero no era un poco profundo foso lleno de combustible. Era un hueco sin fondo, hirviendo con furia volcánica. Matsuo rápidamente dio dos pasos hacia atrás, se volvió, y se encontró justo ante Kokujin.

Los ojos de Kokujin se cerraron un poco. “Dime el nombre,” repitió, apuntando su katana al pecho de Matsuo.

Matsuo sintió como su pie rozaba algo metálico. Buscando cualquier arma, rápidamente cogió lo que fuese. Para su sorpresa, se encontró sujetando un par de espadas doradas. Las espadas no pesaban en sus manos; el acero zumbaba y vibraba como si estuviese vivo.

El Daisho de Togashi.

“Chico, ¿has usado alguna vez unas espadas?” Preguntó Kokujin, burlándose de Matsuo.

Matsuo frunció el ceño y atacó a Kokujin, blandiendo las espadas salvajemente. Perezosamente, Kokujin se hizo a un lado, y golpeó con su wakizashi, dejando una profunda herida en la mejilla izquierda de Matsuo. Levantó su katana en un golpe salvaje que hubiese partido en dos al chico por el torso, sino hubiese zancadilleado Kaelung a Matsuo por detrás. El sohei dio una patada a Matsuo en el estómago, haciendo que rodase por el suelo.

“¡No te puedes enfrentar a Kokujin, Matsuo!” Rugió Kaelung, cogiendo su hacha del suelo. “¡Déjamelo a mi!” Kaelung saltó hacia Kokujin con su hacha.

“Me adulas,” contestó Kokujin, cogiendo la pesada hacha entre sus cruzadas espadas. “¿Quién eres?”

Matsuo se puso de rodillas, gimiendo, limpiándose la sangre de sus ojos con su antebrazo. Se apoyó pesadamente sobre la katana de Togashi, apenas dándose cuenta de que estaba usando uno de los más preciados nemuranai de su clan como bastón. La punta de su espada se hundió un centímetro en el suelo de piedra, haciendo que recobrase el sentido.

“¡Estate atento, chico!” Gritó Hitomi Hogai, haciendo sonar sus cadenas. “¡Más problemas!”

Matsuo levantó la vista rápidamente. Kokujin Kobai salió de las sombras, largas garras goteando con la sangre de Mitsu. Matsuo se recostó contra la pared, y levantó la katana de Togashi.

“Suelta la espada antes de que tu incompetencia nos insulte a los dos,” dijo Kobai suspirando.

“La puedo usar bastante bien,” dijo Matsuo. “Mira.” Con eso, Matsuo se volvió y cortó las cadenas de Hogai de un solo golpe.

“¡Si!” Gritó el loco Hitomi. Los ojos de Kobai se abrieron aterrorizados, pero antes de que pudiese fundirse con las sombras, Hogai le había cogido por los hombros con su ancha mano, y le había lanzado de cabeza a la pared. Kobai gruñó y cayó inconsciente.

“¡Libera al Señor Satsu, Matsuo!” Gruñó Hogai mientras iba hacia Kokujin. El gran guerrero corrió por la mazmorra, girando alrededor de sus muñecas las rotas cadenas.

Matsuo corrió hacia Satsu. Usando su wakizashi, cortó las cadenas que sujetaban las muñecas de Satsu. “¡Venid, Satsu-sama!” Dijo Matsuo. “¡Debemos derrotar a Kokujin!” Ofreció a Satsu el dorado daisho.

Con una resuelta expresión, Satsu aceptó las doradas espadas.

En el momento en el que sus manos tocaron las empuñaduras, se derrumbó.

• • • • •

El alma de Togashi Satsu flotaba en las intemporales profundidades del vacío.

“Abuelo,” susurró Satsu, aunque en su corazón no estaba seguro si escucharía una contestación.

“Estoy aquí,” contestó una voz profunda, resonando con la sabiduría de la eternidad.

Satsu no dijo nada durante un momento.

“¿Estás sorprendido?” Contestó Togashi. “¿No te han dicho que cuando recuperases mis espadas, mi sabiduría también sería tuya?”

“Debo confesar que me resultaron difíciles de creer esas historias,” contestó Satsu. “¿Como puede estar la sabiduría dentro del acero?”

“No puede,” dijo Togashi. “Las espadas son solo un símbolo. Era la prueba que tenías que soportar para recuperarlas la que te ha traído la sabiduría. Todo ha pasado como debía ser.”

“No entiendo, abuelo,” dijo Satsu. “No veo sabiduría aquí, solo fracaso. He llevado a mis seguidores a su muerte o a algo peor. ¿Todo ha sido en mi beneficio? ¿Cómo puedo aceptar eso? Su sangre está en mis manos. Ningún poder vale eso, ni sabiduría, nada.”

“¿Qué gran maldad podría ocurrir si ignoras su sacrificio?” Contestó Togashi.

“No lo puedo aceptar,” dijo Satsu. “No aceptaré que era el destino de Chieko ser torturada. No puedo creer que después de una vida de servicio, era el destino de Akuai que su alma fuese consumida por un oscuro artefacto.”

“Aquellos a los que amas morirán. Esto no se puede cambiar,” dijo Togashi. “Recae sobre ti el asegurarte que sus muertes no son en vano.”

“¿Como?” Preguntó Satsu. “No soy un líder como lo fuiste tú. No puedo ver el futuro, como tu hacías.”

Togashi rió. “Nunca vi el futuro, Satsu. No en la forma que tú quieres decir. Solo vi pautas en el pasado que se convertían en inevitables conclusiones, reflexionadas durante incontables años de experiencia. El único destino que no podía predecir era el mío propio. Es imposible para cualquier criatura, mortal o inmortal, ver claramente su propio destino.”

“¿Es por eso por lo que tan pocas veces bajabas de tu montaña?” Preguntó Satsu. “Porque cada vez que interferías, el futuro se volvía el tuyo propio.”

“Bastante sagaz para un chico que dice no tener sabidurías,” dijo Togashi.

“La única sabiduría que he obtenido es que nunca podré liderar el Clan Dragón,” dijo Satsu. “No soy el hombre que tú fuiste.”

“Eres todo lo que yo fui, y más,” dijo Togashi. “Somos uno.”

Satsu frunció el ceño. “¿Qué quieres decir, abuelo?”
“Después del Día del Trueno, tu padre se convirtió en el mayor enemigo de Hitomi,” dijo Togashi. “¿No te pareció raro que llevó al Dragón de vuelta a su lado? Fuiste tú el que cambió todo esto, Satsu. El día que naciste, tu madre hubiese muerto, igual que tú. Yo llevé a Hitomi al lado de tu madre. Todo lo que quedaba de mi alma, esperando dentro de Hitomi, pasó a renacer dentro de ti. Adquiriste la fuerza para sobrevivir, fuerza que compartiste con tu madre. Ese es tu poder, Satsu. El poder de alterar el destino.”

“¿Entonces no soy real?” Preguntó Satsu. “¿Solo soy una sombra tuya?”

“No he dicho eso,” contestó Togashi. “Eres Satsu, hijo de Hoshi. Somos dos seres, pero seguimos viviendo en un alma. Somos ambos mortales e inmortales, ambos divinos y humanos. He vivido en las esquinas de tu alma, paseado por tus memorias, pasado por tus sueños. Eres un hombre sabio y noble, Satsu. Llevas honor a mi nombre. Eres mi verdadero heredero.”

“Pero no puedo blandir el poder de los dioses, como antes tú lo hacías,” dijo Satsu.

“Pides demasiado,” contestó Togashi. “Tu poder refleja el mío, y mi poder aumentaba y disminuía según la necesidad.”

“Creo que la situación es horrible, abuelo,” dijo Satsu. “Pero no siento poder.”

“No,” contestó Togashi. “Aún no has visto algo horroroso. Espera.”
“¿Qué está a punto de pasar?” Preguntó urgentemente Satsu. “¿Cual es el plan de Kokujin?”

“¿No está claro?” Contestó Togashi. “Pretende convertirse en un dios.”

• • • • •

Kokujin se apartó de Kaelung, lanzó su wakizashi al aire, cogió una de las cadenas giratorias de Hogai, y tiró fuerte. El gran guerrero Hitomi trastabilló y cayó contra Kaelung, pronunciando una maldición, mandando a los dos al suelo. Kokujin cogió su wakizashi y la envainó bajo su obi.

Cuando miró hacia arriba, vio a Togashi Mitsu esperándole, de pie sobre los cuerpos caídos de los dos últimos servidores de Kokujin. Tenía el martillo de herrero de Kokujin con ambas manos, preparado para el combate.

“Mitsu,” dijo Kokujin, sujetando su espada de ébano sobre su cadera.

“Esto dura demasiado,” dijo Mitsu, girando alrededor del tatuado loco.

“Es posible que no te lo creas, pero estoy de acuerdo,” contestó Kokujin. “Después de cuarenta años deambulando por este reino, apenas he aprendido algo. He visto a niños maleducados ascender a la divinidad, mientras que yo no he cambiado. He visto al Imperio aclamar a débiles como tú como salvadores, cuando siempre has sido una marioneta. Eso pronto cambiará. Todo lo que necesito es un alma más. ¿Tu alma? ¿La de Chieko? No importa.” Kokujin miró a su alrededor. “¡Ahora dime el maldito nombre y habré terminado!”

“Dices que no has cambiado, pero estás equivocado,” dijo Mitsu. “Estás incluso más loco.”

Kokujin se tiró sobre Mitsu con su sombría espada. La espada golpeó el martillo de acero con una lluvia de chispas. Kokujin rió impaciente, y enterró una rodilla en el estómago de Mitsu. Mitsu soltó su mano izquierda del martillo, y golpeó con fuerza el mentón de Kokujin. Kaelung se levantó y golpeó por detrás a Kokujin. Kokujin se agachó, y rodó hacia un lado, dejando que el hacha errase por milímetros la cara de Mitsu.

“¡Cuidado!” Gruñó Mitsu.

“Lo siento,” dijo Kaelung sin sinceridad, mientras buscaba a Kokujin.

“¡Ahora o nunca, demonio!” Gritó Kokujin, retrocediendo ante Mitsu y Kaelung y mirando hacia Hogai mientras este se levantaba. “¡En un momento tendré que huir de estos estúpidos, y tu oportunidad se habrá perdido! ¡Aún hay tiempo! ¡Dime el nombre y nuestro pacto estará completo!”

Un sombrío susurró pasó por los túneles bajo Shiro Heichi, y una voz sobrenatural pronunció una sola palabra. Más tarde, nadie podría verdaderamente recordar lo que había sido pronunciado – nadie excepto Kokujin. El oscuro hombre tatuado chilló encantado, y fue hacia el Yunque de la Desesperación, levantando su katana para dar a Chieko un golpe mortal.

Chieko había desaparecido.

Togashi Satsu estaba al otro lado del yunque, sujetando el daisho de Togashi en una postura Niten. Una amarga sonrisa estaba pintada en su cara.

“Matsuo ha escapado con la que ibas a sacrificar,” dijo Satsu. “Nuestros shugenja la curarán, igual que ella lo hizo con Hoshi Wayan.

“¡Kokujin-sama!” Dijo Kobai, cojeando hacia su señor, y mirando con odio hacia Satsu. “Aún les puedo alcanzar. Puedo moverme entre las sombras, y traerla de vuelta.”

“No, Kobai-san,” dijo Kokujin, mirando furioso a Satsu. Mitsu, Kaelung, y Hogai fueron hacia Kokujin en un amplio círculo. “Mi primito tiene razón. Chieko se ha perdido para nosotros.”

“Has perdido, Kokujin,” dijo Satsu. “Suelta esas malditas espadas y es posible que aún nos mostremos piadosos contigo.”

“O no,” añadió Kaelung.

“No he perdido,” dijo Kokujin. Con un rápido movimiento, cogió a Kobai por el cuello, y le tiró sobre el Yunque de la Desesperación. Levantando en alto su negra katana, Kokujin la insertó en el pecho de Kobai. Kobai chilló por última vez, mientras su sangre se derramaba sobre el Manchado acero.

Un ensordecedor estruendo, más sonora que cien truenos, resonó por las Montañas del Crepúsculo. Un brillante fuego estalló sobre Kokujin, cegándole por un momento. El suelo tembló alocadamente bajo sus pies. Con una risa loca, se dio cuenta de que el fuego sobre él era la luz del sol. La montaña se había partido en dos. Shiro Heichi se había roto en dos. Piedras rotas y escombros cayeron sobre ellos. El suelo se abrió, alejando a Satsu de Kokujin. Hogai gritó aterrorizado al desaparecer en la oscuridad parte del suelo donde estaba de pie. El oscuro hombre tatuado ahora estaba sobre una larga columna de piedra, junto al Yunque de la Desesperación, espadas levantadas, triunfante. Con un gran salto, Mitsu y Kaelung aterrizaron a ambos lados de su isla, preparados para atacar. A Kokujin ya no le importaba.

“¡Kokujin!” Gritó Kaelung. “¿Qué en Jigoku has hecho?”

“¿Jigoku?” Preguntó Kokujin, mirando hacia el sohei. “Jigoku es exactamente lo que he hecho.”

Un quebradizo siseo cortó el aire junto a ellos. Un gran portal negro se abrió, desde las profundidades de la sima hasta el cielo. El olor podrido de rancia carne les envolvió. Gotas de oscuro líquido corporal se derramaron, y cayeron hacia el cielo. Un húmedo y burbujeante rugido surgió de las profundidades del portal. Un liso y rojo tentáculo apareció en el portal y se enrolló alrededor del borde. Su piel llena de ampollas, se retorcía como una membrana estirada sobre incontables pequeñas criaturas al tensarse el órgano, arrastrando una carnosa cabeza del tamaño de un pequeño castillo desde la oscuridad. Su boca sin labios estaba abierta, goteando pus y bilis alrededor de desiguales colmillos. Docenas de carnosos soportes de ojos se movían en su cuero cabelludo, mirando las pequeñas figuras que tenía debajo, con un extraño aire de indiferencia.

“Togashi Mitsu,” dijo Kokujin con voz excitada. “Te presento al Primer Oni.”

Locura Iluminada — Parte 7

Versión Para Imprimir (La Voz Akasha)

La última orden de Togashi Satsu a Matsuo se repitió en la mente del joven ise zumi.

“Llévate a Chieko de aquí, Matsuo, tan rápido como puedas. Fracasa, y Kokujin triunfa.”

Togashi Matsuo abrió con una patada las puertas de Shiro Heichi y salió hacia el camino de montaña. Tamori Chieko colgaba desmayada en sus brazos, su cara pálida por la pérdida de sangre. La tierra a su alrededor estaba cubierta de cadáveres de los bakemono tatuados de Kokujin. Más allá, en el camino, podía oír gritos de dolor de bestias, y el chocar del acero. Se movió en silencio hacia los sonidos del combate, parando en la curva del paso para mirar.

Allí, docenas de goblins tatuados y un puñado de hombres tatuados se agolpaban hacia el punto más estrecho del paso. Ante ellos estaba Mirumoto Rosanjin, sus dos espadas en alto, rajando a todo aquél que osase enfrentarse a él. En su tierra, Rosanjin era el gran maestre del dojo de la Montaña de Hierro. La habilidad con la espada que hoy mostraba hacía obvio que no era un título vacío. Aún ningún enemigo le había dañado seriamente, aunque si armadura estaba pintada con la sangre roja y negra de sus enemigos. Sus gritos de batalla eran retadores, pero Matsuo podía ver que los golpes del maestro de esgrima se estaban volviendo más lentos, su respiración más trabajosa. Muy pronto, el cuantioso número de enemigos doblegarían incluso a Rosanjin.

Matsuo se detuvo un momento mientras consideraba ayudar a Rosanjin en su lucha. No. No podía. La vida de Chieko dependía de él, y su deber hacia su Señor Satsu era lo más importante. El tatuaje en el pecho de Matsuo tomó la forma de un ciempiés. Matsuo sintió fuerza y energía fluir por sus miembros. El mundo pareció ralentizarse. Corrió en dirección opuesta a Rosanjin, hacia las rugosas montañas. El camino era menos seguro, pero no se tendría que preocupar de correr por en medio de la horda de Kokujin, o de incluso ser golpeado accidentalmente por el propio Rosanjin en medio la furia de la batalla. Matsuo se detuvo al borde de un alto acantilado, buscando desesperadamente cualquier saliente o camino que pudiese coger.

La tierra empezó a temblar violentamente bajo los pies de Matsuo. Cayó de rodillas para evitar perder el equilibrio y dejar caer a Chieko. Un sonoro retumbar resonó desde dentro de las montañas, seguido de un crujido increíblemente sonoro. Matsuo miró hacia atrás para ver el pico de la montaña tras Shiro Heichi romperse en dos. Una columna de energía negra irrumpió desde la tierra entre las dos mitades, estirándose hacia el cielo. Un húmedo y chirriante rugido resonó por las montañas.

“¿Qué está pasando?” Susurró Matsuo, mirando confuso mientras pálidos y elásticos tentáculos empezaron a salir de la negra columna.

“No tenemos mucho tiempo,” susurró Chieko. “Me tienes que sacar de aquí.” Matsuo la miró, sorprendido de que aún estuviese consciente. Sus ojos se habían vuelto a cerrar. Su cabeza se apoyó contra el pecho de Matsuo.

La tierra volvió a temblar. Grietas empezaron a extenderse por la piedra bajo los pies de Matsuo. Un cercano saliente de roca era la superficie segura más cercana, pero el salto era más grande que cualquiera que hubiese intentado antes Matsuo. Con una rápida plegaria a las Fortunas, reunió fuerzas, y saltó hacia el vacío.

• • • • •

Hitomi Hogai estaba tendido en la oscuridad y gemía. Su cabeza le dolía con violencia, y el dolor de su espalda era aún peor. Se apoyó sobre un brazo, y se limpió el polvo y los escombros de su pecho, y luego buscó a su alrededor alguna señal para saber donde estaba. El brillo de un ardiente fuego iluminaba las cavernas a su alrededor. Un borboteante rugido resonó desde algún sitio, muy por encima suyo. Hogai se asomó al borde del saliente donde había caído. El abismo caía una distancia imposible. Mucho más abajo, la sangre volcánica de la tierra fluía por un ardiente río. La nariz de Hogai ardía por el olor a azufre. Rápidamente se sentó hacia atrás en el saliente, cubriendo su nariz y su boca mientras buscaba a su alrededor una forma de salir de allí.

“¿Satsu?” Gritó Hogai. “¿Mitsu? ¿Estáis ahí?”

“Estoy aquí,” contestó la voz de Togashi Satsu. El hijo de Hoshi estaba agachado en un pequeño nicho, unos metros por encima, en la pared de la fisura. Sus brazos estaban cruzados sobre sus hombros, sosteniendo una de las espadas de su abuelo en cada mano. Su cabeza estaba inclinada, como rezando o meditando.

“¿Estáis herido, Satsu-sama?” Preguntó Hogai.

“Estoy bien,” contestó Satsu. Su voz era más profunda de lo normal. Más fuerte. Sobre ellos, el borboteante rugido resonó otra vez.

“¿Qué es ese ruido?” Preguntó Hogai. Se aferró contra la pared con una mano al temblar la montaña. “¡Parece un demonio!”

“Un engendro del Primer Oni,” contestó Satsu.

“¿Engendro?” Replicó Hogai.

“Creía que antes fuiste un Cangrejo, Hogai,” dijo Satsu.

“Solo mataba oni,” contestó Hogai. “Dejaba a los Kuni su estudio.”

Satsu asintió. “Los Oni realmente no existen en el reino de los mortales,” explicó. “Solo pueden existir en los Reinos de los Espíritus más abstractos, como Tengoku y Jigoku. Aquellos que roban o les son dados el nombre de un habitante del reino de los mortales, pueden crear engendro, versiones menores de ellos mismos, para causar estragos en este reino. Este demonio lleva el nombre de Fu Leng. Su sangre es veneno. Su toque derrite carne y hueso. Es imparable.”

“Entonces no hablemos más,” dijo Hogai. “¡Salgamos de esta fosa y ataquemos al demonio! ¡Que Kokujin suelte a todos los habitantes de Jigoku contra nosotros, no derrotará al Clan Dragón!” Hogai miró a su alrededor para encontrar una vía segura para salir escalando de la fosa, sin encontrarla.

“No actúes impulsivamente, Hogai,” dijo Satsu, mirando hacia arriba. “Necesito una vida para reunir fuerzas. No nos podemos enfrentar al engendro del Primer Oni sin estar preparados. Incluso cuando estemos listos, será difícil.”

Otro ensordecedor rugido hizo temblar la montaña. Hogai levantó la vista, y luego volvió a mirar a Satsu. “Si esa criatura solo es el engendro, odiaría ver al verdadero demonio.”

Satsu agitó su cabeza. “El verdadero Primer Oni marcha con el ejército de Fu Leng contra las fuerzas del Cielo. No vendría hasta aquí aunque pudiese. Aún así, su engendro es lo suficientemente mortífero. Cuando Fu Leng fue desterrado hace once siglos, el Primer Oni estaba demasiado débil como para enviar a su engendro a este reino. Cada vez que lo intentaba, los Shakoki Dogu luchaban contra él. Durante más de mil años ha habido un equilibrio entre el demonio y los espíritus de estas montañas, impidiendo que ninguno triunfase sobre el otro. Ahora eso ha cambiado… Kokujin ha usado el Yunque de la Desesperación para darle al demonio un festín de sangre y muerte y ayudar a su resurrección.”

“Kokujin está más loco de lo que imaginábamos,” dijo Hogai.

“Este no es un acto de destrucción aleatorio,” dijo Satsu. “Creo que Kokujin ha hecho un trato con el Primer Oni. Una vez que haya entrado totalmente en nuestro mundo, el oni permitirá a Kokujin entrar en los Divinos Cielos.”

“¡Donde los dioses y las Fortunas le matarán!” Dijo Hogai con un rugido.

“No menosprecies a Kokujin,” contestó Satsu. “Tan loco como pueda estar, no actúa sin un plan. Era el destino de Kokujin, hace tiempo, el convertirse en el vehículo del poder de un dios. Quizás aún planea cumplir con su destino, pero en sus propios términos.”

Hogai miró a Satsu con curiosidad. “¿Por qué no nos dijisteis todo esto antes, Satsu-sama?”

Satsu miró hacia Hogai. Sus ojos ahora brillaban con una poderosa luz dorada. Sus tatuajes se movían y cambiaban por su cuerpo. “Por que antes no lo sabía,” contestó.

“¿Qué os ha pasado, mi señor?” Preguntó Hogai, su voz llena de asombro.

“Mi abuelo está con nosotros,” contestó Satsu, o pareció hacerlo. Tan pronto como habló, las palabras abandonaron la mente de Hogai, dejando solo impresiones de lo que había sido dicho. “Su sabiduría y su poder se eleven y disminuyen según las necesidades, pero pocas veces ha sido nuestra necesidad mayor.” Satsu se arrodilló y cerró sus ojos en profunda concentración. “Quiero que lleves algo a Togashi Mitsu,” dijo.

“Hai,” dijo Hogai. “¿Qué es–” Hogai terminó la pregunta con un grito de asombro al salir al vacío Satsu. Hogai intentó gritar para avisarle, pero cuando vio lo que pasó, las palabras se helaron en su garganta.

• • • • •

El Primer Oni era totalmente distinto a cualquier cosa que Mitsu hubiese visto, y para un hombre que había visto y hecho tanto como Togashi Mitsu eso era bastante asombroso. Su cuerpo se cambiaba y transformaba a cada momento, carne líquida agitándose y hirviendo hacia nuevas formas, al parecer aleatoriamente. Un instante era una masa de ondulantes tentáculos y una carnosa cabeza con una corona de ojos sobre pequeños pistilos. Al momento siguiente adoptaba la forma de un enorme gigante de piel gris, largos cuernos enroscándose desde sus sienes. El demonio se levantó lentamente, trabajosamente, desde la siniestra columna negra de energía que le había dado el ser. La criatura rugió con dolor e ira, como si el proceso de entrar en el reino mortal le dañase.

La aparición de la criatura había roto la montaña en dos, y destrozado la mazmorra donde los guerreros Dragón se habían enfrentado a Kokujin. Ahora quedaba una única plataforma de piedra de la mazmorra de Shiro Heichi. Kokujin estaba en el centro, sobre el Yunque de la Desesperación, negras espadas sujetas en cada puño. Mitsu estaba a un lado, mirando hacia el demonio, impresionado. Kaelung estaba detrás de Mitsu, hacha agarrada en ambas manos mientras miraba a Kokujin con temor.

La enormemente grotesca cabeza del Primer Oni se volvió para mirar a los tres hombres tatuados. Un solo ojo se despegó de su ensangrentada frente, mirando a los hombres. Su iris de color verdoso se enfocó sobre Kokujin.

“¡Ataca!” Gritó Kokujin, apuntando sus espadas hacia Mitsu y Kaelung.

El ojo de la criatura se volvió hacia Mitsu y Kaelung. Un gran furúnculo le salió en el cuello, vomitando un larguilucho brazo que terminaba en una mano con garras. Mitsu dio una voltereta hacia un lado al golpear hacia ellos la mano. Kaelung saltó bajo el brazo, tirándose justo cuando la palma de la mano golpeó la piedra. Un sonoro siseo resonó cuando el demonio dejó su mano sobre la plataforma. Cuando levantó su apéndice, quedó detrás la huella de una mano sobre tierra y piedra derretida.

“Por los Truenos,” maldijo Mitsu, poniéndose en pie y mirando al demonio con pavor. “Kaelung, ¿como luchamos contra una cosa así?”

“¡Hablando no!” Le devolvió Kaelung, golpeando ciegamente la mano del demonio con su hacha cuando esta se levantaba. El filo del hacha se rompió contra su elástica piel. Una amplia boca, llena de dientes, se abrió en el torso del demonio cerca de donde desaparecía en el portal, y una negra y húmeda lengua batió con furia hacia Kaelung. El sohei levantó su hacha para desviar el golpe; el tentáculo rompió el mango en dos. La mano del demonio volvió a dirigirse hacia Kaelung, garras muy abiertas.

“¡No!” Gritó Kokujin al demonio, haciendo que la mano se detuviese a un metro de Kaelung. “No mates a ese. Solo haz que no luche más.”

Kaelung intentó hacerse a un lado, pero fue demasiado lento. La mano del demonio se cerró y golpeó con el dorso a Kaelung, tirando al sohei de la plataforma. Kaelung cayó al abismo maldiciendo con furia. Giró la mitad de su hacha que tenía filo con un solo y poderoso golpe mientras caía, enterrando el hacha en la piedra, y deteniendo su caída.

“¡Kaelung!” Gritó Mitsu, mirando hacia el sohei.

“¡Encuentra una forma de detener al maldito demonio!” Le gritó Kaelung.

Mitsu asintió. Se volvió para enfrentarse a Kokujin, puños preparados en una posición de Kaze-do.

Kokujin solo sonrió, poniendo la hoja de su katana sobre sus hombros. Tras él, el engendro del Primer Oni se retorció y giró. “Mitsu,” dijo Kokujin, señalando a Mitsu con su wakizashi. “A eso no lo puedes matar.”

El demonio chilló y extendió una docena de afiladas garras hacia Mitsu. Mitsu saltó, tosiendo una nube de llamas mientras lo hacía, para intentar quemar los apéndices del demonio. Dio una voltereta hacia atrás, lejos del borde de la plataforma, agarrándose al borde con una mano mientras los apéndices del oni le pasaban por encima. Mitsu se incorporó con un brazo y miró a la sonriente cara de Kokujin. Las garras en forma de garfios del Primer Oni, sus afilados apéndices, y sus pistilos de ojos le rodeaban por todos lados, todos ellos moviéndose inexorablemente hacia Mitsu.

“Por las Fortunas,” susurró Mitsu.

“Las Fortunas no están escuchando, Togashi Mitsu,” le contestó la burlona voz de Kokujin. “Mientras hablamos, los ejércitos de Jigoku entablan la guerra contra las Fortunas. ¿Cómo pueden los ejércitos del cielo salvar a unos cuantos patéticos mortales, cuando no pueden ni siquiera guardar sus propias fronteras? Se ha acabado la época de los viejos dioses. Se ha acabado la época del Imperio. Ahora dime donde se ha llevado tu amigo a Tamori Chieko.”

“¿Chieko?” Dijo Mitsu, burlándose del oscuro hombre tatuado mientras se incorporaba desde el borde de la plataforma. “¿Qué te importa?”

“¡Dime, Mitsu!” Rugió Kokujin. “Si no lo haces, el Primer Oni te echará a un reino de tanto dolor que necesitarás siete vidas para soportarlo todo. Pero si me ayudas, seré misericordioso. Pronto me convertiré en un dios. No me puedes decir que no deseas estar otra vez junto a un dios.” Kokujin le hizo una mueca burlona a Mitsu.

“Nunca,” dijo Mitsu, volviendo a adoptar una postura de Kaze-do.

Kokujin suspiró. “No hay razón para tanta obstinación,” dijo, agitando su wakizashi, irritado. “Nuestra lucha ha acabado, Mitsu. Togashi no quiso detenerme. Hitomi no pudo detenerme. Hoshi pasó, y Satsu es demasiado débil. He ganado. El Clan Dragón ha sido derrotado.”

“Ya le has oído, Kokujin,” dijo una profunda voz tras Mitsu. Dijo ‘Nunca.’

Kokujin levantó la vista, más allá de Mitsu, y su cara palideció. Incluso los inquietos apéndices del Primer Oni se retrajeron por un momento al brillar una luz dorada por el cráter. Mitsu miró hacia atrás, sobre su hombro, con cuidado para no perder a Kokujin de vista. Flotando en el aire tras él había un delgado dragón en forma de serpiente, bañado por doradas llamas. Sus ojos le eran familiares.

“¡Satsu!” Exclamó Mitsu.

“Dices que el poder del cielo no puede ayudar a los mortales,” rugió desafiante Satsu. “¿Estás ahora tan seguro, Kokujin?” Con eso, el dragón echo hacia atrás su cabeza y respiró una columna de pura llama blanca. El fuego envolvió a los agitados apéndices del Primer Oni, haciendo que el demonio gritase de dolor. Las garras en forma de ganchos, los tentáculos llenos de espinas, y carnosos brazos, todos fueron hacia la nueva amenaza, pero Satsu se alejó tan rápidamente como pez en el agua. Su fuego apenas hacia más que quemar la piel del Primer Oni, pero la extraña sensación de dolor era una ofensa que no podía ignorar.

“¡Lucha, Mitsu!” Rugió Satsu, volando mientras esquivaba por el aire. “Retendré al demonio cuanto pueda.”

“¡Demonio idiota!” Gritó Kokujin, alejándose temeroso de Mitsu. “¡Ignora a Satsu! ¡Es un truco Dragón!”

El Primer Oni no obedeció la orden de Kokujin, concentrándose en la brillante serpiente y en el doloroso fuego celestial que escupía una y otra vez. La montaña tembló al enfurecerse el Primer Oni. Llamaradas surgieron del abismo. El cielo resonó con rojos relámpagos. La montaña empezó a fracturarse y caer a su alrededor, aunque la plataforma donde Kokujin y Mitsu estaban permaneció intacta.

“¡Mitsu!” Gritó Hitomi Hogai, trepando por el borde de la plataforma.

“¡Hogai, ayuda a Kaelung!” Mitsu le gritó, esquivando hacia un lado justo cuando las espadas de Kokujin cortaron el aire donde acababa de estar.

“¡Hai!” Gritó Hogai, corriendo hacia donde Kaelung aún colgaba de la pared. “¡O!” Se detuvo un momento, y sacó algo de su obi. “¡Mitsu, coge estos!” Hogai tiró algo, y luego saltó de la plataforma hacia Kaelung.

Mitsu esquivó otro ataque de Kokujin y cogió lo que Hogai acababa de tirarle. Rodó, se giró, y se puso en pie para enfrentarse a Kokujin blandiendo el dorado daisho de Togashi.

Los ojos de Kokujin se entrecerraron al enfrentarse a Mitsu. Sobre ellos, el Primer Oni luchaba contra Satsu, que había adoptado la forma de un llameante dragón. Debajo de ellos, la tierra escupía piedras derretidas en furiosa ira. Alrededor de ellos no había nada excepto el vacío. Kokujin levantó sus espadas de ébano y se enfrentó a Mitsu en una postura de daisho.

“Perfecto,” dijo el loco hombre tatuado con una siniestra sonrisa.

• • • • •

“¡Jianzhen!” Gritó Matsuo desde el pico de una montaña que rápidamente se desmoronaba. “Jianzhen, ¿donde estás?”

Matsuo miró hacia abajo con temor. Las montañas alrededor de Shiro Heichi estaban rápidamente derrumbándose. Por un momento, casi le parecía como si los terremotos le perseguían, cazándole en su loca carrera hacia la salvación. Ahora, la tierra era algo más estable, aunque podía ver al demonio desde aquí. Continuaba sacando mas y mas de su masa a través del negro portal, llenando el cielo con su asqueroso cuerpo. Un lustroso y flameante dragón surcaba el aire a su alrededor, esquivando los violentos golpes del demonio, y atrayendo su ira. Matsuo se preguntó de donde había llegado el dragón, pero no lo cuestionó. Cualquier aliado era bienvenido.

“¡Jianzhen!” Volvió a gritar, su voz resonando por las montañas. Cuando ella apareció, las montañas dejaron de temblar alrededor suyo.

“Estoy aquí, Dragón,” dijo Jianzhen, apareciendo de la nada frunciendo el ceño. Su cara estaba pálida y desolada.

“Jianzhen, debes ayudarme,” le pidió Matsuo, cayendo de rodillas, y dejando a Chieko suavemente en el suelo. “Está malherida. ¡Tu magia la puede salvar!”

“¿Ayudarte?” Dijo Jianzhen, incrédula. Sus manos se transformaron en puños. “¿Qué han hecho tus amigos en Shiro Heichi?” Demandó ella. “¡No habéis destruido el Yunque de la Desesperación como prometisteis, y ahora el Primer Oni ha vuelto a conseguir un asidero en este reino! ¡Nos habéis condenado a todos, Matsuo! ¿Por qué debería ayudarte? ¿Por qué debería ayudar a esta chica?”

“No debo morir,” susurró Chieko. “No debo morir…”

Jianzhen miró a Chieko, y sus ojos negros se abrieron mucho. Miró hacia Matsuo incrédula. “¿Qué le ha pasado a esta chica? Hay una profunda herida en su alma, como si parte del alma hubiese sido cortada.”

“Estuvo encadenada al Yunque de la Desesperación,” dijo Matsuo. “Kokujin usó su sangre para forjar sus espadas.”

“Por lo que su alma es ahora parte de su oscura creación,” dijo Jianzhen. “Un cruel destino, pero poco hay que yo pueda hacer. El Yunque de la Desesperación está alimentado por el poder del propio Primer Oni. No hay magia que pueda curar eso.”

“Ninguna magia que tu tengas,” contestó Matsuo, “¿pero y la de los Shakoki Dogu? Se han enfrentado a ese demonio durante siglos. ¿No salvaron a tu clan de un destino similar?”

“No sabes lo que pides, Matsuo-san,” dijo Jianzhen, su cara seria. “Mi clan vive una muerte andante. Mejor que la matases, y dejar que pasase hasta Yomi. Si viene conmigo, media alma permanecerá perdida en las espadas de Kokujin, y la otra media deambulará por las sombras con mi clan.”

Chieko se sentó. Sus ojos estaban lúcidos a pesar del dolor. “Pero con los Shakoki Dogu, permaneceré libre,” dijo. “Quizás si soy un poco libre, puedo llevar algo de paz a las almas totalmente atrapadas en las espadas de Kokujin… Quizás un día puedan ser libres.”

“Muy bien,” dijo Heichi Jianzhen. Diminutas figuras de piedra aparecieron de la tierra y las rocas a su alrededor, como si siempre hubiesen estado allí. Matsuo miró a Chieko por última vez.

“Lo has hecho bien, Matsuo,” susurró ella. “Ahora puede aún haber esperanza…”

“¿Para las almas en las espadas de Kokujin?” Preguntó él.

“Si,” dijo Chieko. “Y para el alma que las maneja…”

Fue entonces cuando Matsuo se dio cuenta de que una de las figures de piedra le miraba a él directamente, como irritado por su presencia. Matsuo hizo una reverencia a las criaturas y se alejó, dejando a los sirvientes de los Shakoki Dogu hacer su trabajo.

• • • • •

Togashi Mitsu tenía una reputación por su lengua vivaz y un extraño sentido del humor, incluso en los momentos peores. Kokujin igual, pocas veces dejaba pasar una pelea sin dejar de incordiar y burlarse de su oponente. Ahora, cuando los dos hombres tatuados se enfrentaban entre si, ninguno dijo una palabra.

Espadas doradas y de ébano resonaban las unas contra las otras, haciendo caer chispas al vacío. Ojos oscuros fijos con odio implacable. Cada golpe era una combinación perfecta de fuerza y habilidad, pero todos eran evitados o desviados por el otro. Kokujin y Mitsu, los dos tamashii más poderosos eran completamente iguales.

Al continuar la batalla, la furia del Primer Oni creció. El hinchado cuerpo de la criatura ahora tapaba el cielo. Satsu continuaba revoloteando alrededor suyo, aunque el creciente demonio le dejaba menos espacio para maniobrar cada vez. Las montañas seguían temblando y cayendo alrededor de ellos. Mitsu se preguntó si eso era debido al oni o a la ira de los Shakoki Dogu, los espíritus de la tierra que habían mantenido al demonio a ralla durante tantos siglos.

Mitsu esquivó la katana de Kokujin, y levantó sus espadas para desviar un golpe del wakizashi del loco. De repente, Kokujin gritó de dolor y rodó hacia atrás. Una brillante ralla de sangre cayó por el brazo de Kokujin. La destrozada hacha de Kaelung estaba ahora a los pies de Mitsu. Mitsu levantó la vista para ver a Kaelung y a Hogai sobre un saliente que se desmoronaba rápidamente. Kaelung le gritó algo a Mitsu, pero no pudo escuchar sobre el caos que había a su alrededor.

Fue entonces cuando Mitsu se dio cuenta de que las fuerzas que habían destrozado el castillo y habían partido Shiro Heichi en dos, aún no había tocado la plataforma donde luchaban Kokujin y él. Era una columna perfecta de sólida piedra en medio del caos. Era imposible. Y ahí, en el centro de la plataforma, estaba el Yunque de la Desesperación.

Kokujin le hizo una mueca burlona a Mitsu, la herida de su brazo curándose ya. Una mirada de preocupación cruzó su cara. “¿Qué planeas, Mitsu?” Preguntó Kokujin. “Sea lo que sea, ¡déjalo y lucha contra mi!”

Mitsu no le escuchaba. Kokujin solo estaba perdiendo el tiempo; estaba claro. Mitsu envainó el daisho de Togashi y pasó corriendo cerca de Kokujin. De un fuerte impulso, levantó el Yunque de la Desesperación sobre su cabeza, y corrió hacia el borde de la plataforma.

“¡No!” Rugió Kokujin, tirándose hacia Mitsu con sus espadas levantadas.

Mitsu le esquivó hacia un lado, mientras el wakizashi de Kokujin hizo una larga y profunda herida en su espalda. Giró con una complicada maniobra de molinillo, golpeando a Kokujin en el pecho con el lado puntiagudo del Yunque. El oscuro hombre tatuado chilló de dolor al continuar el yunque arrastrándole hacia delante, más allá del borde y tirándole a las profundidades del abismo. Mitsu se puso de rodillas, mirando por encima del borde para ver donde había caído Kokujin.

Entonces, otro fuerte terremoto hizo temblar las montañas. Y la imposible columna que había sostenido el Yunque de la Desesperación quedó destrozada como una brizna en un huracán.

Togashi Mitsu cayó hacia las profundidades de la tierra.

• • • • •

“¡Mitsu!” Gritó Hogai al ver como la plataforma donde estaba disolverse.

“¡Deja de abrir la boca y corre, bruto!” Gritó Kaelung, dándole una patada a Hogai en el costado.

Hogai agitó su cabeza y se puso en pie, siguiendo a Kaelung, mientras el sohei rápidamente escaló por la mellada cara del acantilado. Las montañas habían empezado a temblar aún más violentamente, con llamaradas de fuego y piedra fundida saliendo del abismo a cada momento. Durante mil años, el Primer Oni y los Shakoki Dogu se habían enfrentado en estas montañas, en perfecto equilibrio. Los rituales de Kokujin sobre el Yunque de la Desesperación habían roto ese equilibrio, impidiendo a los Shakoki Dogu entrar en esa parte de las montañas.

Ahora el Yunque había desaparecido, y los viejos espíritus de la montaña habían vuelto para vengarse de forma terrible. Espiras de pura roca surgieron de la tierra, creciendo hacia el cielo, y clavándose en el hinchado cuerpo del Primer Oni. Venenosos fluidos salieron de las heridas de la criatura, dejando profundos surcos en la piedra que había debajo suyo. Volcanes surgían de la baldía tierra como réplica, rociando al engendro del demonio con tierra fundida. Dentados rayos cayeron hacia el suelo, removiendo las montañas por orden del demonio. Dos antiguos y poderosos espíritus habían elegido las Montañas del Crepúsculo como su campo de batalla, y todo lo que podía hacer cualquier mortal era huir o morir en la lucha.

Kaelung y Hogai salieron del enorme cráter que ahora estaba donde antes había estado Shiro Heichi. Las piedras estaban llenas de los restos de los bakemono tatuados de Kokujin y de los corruptos ise zumi. Otro violento temblor corrió por las montañas cuando empezaron a correr, haciendo que Hogai tropezase y cayese hacia delante en la grava.

“Maldita sea, Hitomi,” gruñó Kaelung, yendo hacia atrás y tirando de Hogai de un brazo para ayudarle a ponerse en pie. “Creía que eras de por aquí.”

“Lo soy,” dijo Hogai, “¡pero cuando vivía aquí, las montañas no se movían tanto!”

Kaelung frunció el ceño y volvió a correr. Hogai se puso detrás suyo, mirando a su alrededor para buscar alguna señal de que había otros supervivientes. Casi tropezó con Kaelung cuando el sohei se detuvo, una mano levantada, avisando del peligro.

“¿Has oído eso?” Dijo Kaelung, sus ojos entrecerrándose.

Hogai abrió su boca para contestar, pero entonces, se oyó cerca otro débil grito. Kaelung corrió hacia el borde de una profunda fisura y miró hacia abajo. Una lenta mueca burlona se extendió por su cara.

“¿Qué pasa?” Preguntó Hogai. “¿Uno de los seguidores de Kokujin?”

“No,” contestó Kaelung. “Peor.”

Hogai se asomó al borde de la fisura. Mirumoto Rosanjin estaba en un saliente debajo de ellos, un saliente que se estrechaba a cada momento.

“¡Rosanjin-sama!” Gritó Hogai. Miró hacia Kaelung. “Debemos salvarle.”

Kaelung rió. “¿En serio?”

“¡Hogai, no le escuches!” Gritó Rosanjin desde abajo. “¡Ese hombre es un criminal!”

Hogai frunció el ceño a Kaelung y se volvió hacia la fisura. Se inclinó sobre el borde tanto como se atrevió, y extendió una mano hacia Rosanjin. El maestro espadachín casi cogió la mano de Hogai antes de que el saliente bajo sus pies se desmoronase, haciendo que cayese varios metros hacia dentro del foso. Hogai miró hacia Kaelung, desperado. Antes de que pudiese pedir ayuda, el sohei ya se estaba moviendo. Cogiendo uno de los antebrazos de Hogai, Kaelung saltó dentro del foso, y extendió su mano hacia Rosanjin. El bushi miró a Kaelung con temor. La roca bajo los pies de Rosanjin continuo rompiéndose. El maestro espadachín se deslizó unos cuantos centímetros más.

“¡Trágate tu orgullo, Rosanjin! ¡Esta no es una forma de que muera un samurai!” Soltó Kaelung. “¡Coge mi mano!”

Rosanjin hizo una mueca, y aceptó la mano de Kaelung. Con un poderoso grito, Hogai arrastró a los dos hombres del foso hacia el camino que era un poco más estable. Rosanjin metió sus espadas en su cinturón, y miró sospechosamente a Kaelung. El maestro espadachín y el sohei se miraron fijamente durante un largo momento, y entonces Rosanjin se relajó.

“Te he juzgado mal, Kaelung,” dijo lentamente Rosanjin.

“La verdad es que no,” contestó Kaelung. Golpeó a Rosanjin en la cara con el roto mango de su hacha. El maestro espadachín voló hacia atrás varios metros, y cayó inmóvil.

Hogai miró a Kaelung asombrado. “¿Por qué has hecho eso?” Preguntó.

“Eres fuerte, Hitomi Hogai,” contestó Kaelung, “pero dudo que me puedas seguir mientras llevas a alguien del tamaño de Rosanjin. Buena suerte, Hitomi-san. Quizás nos volvamos a encontrar.” El tatuaje de un negro ciempiés se enrolló por el cuello de Kaelung, y Kaelung desapareció.

Hogai irritado dijo algo en voz baja, se puso a Rosanjin sobre un hombro, y siguió corriendo.

• • • • •

El sol se había puesto, llenando el horizonte con esa extraña media-luz que le daban a las montañas su nombre. Humo aún salía del cráter que antes había sido Shiro Heichi. Inmensas espiras de piedra aún sobresalían de la tierra, clavándose en el hinchado cuerpo del engendro del Primer Oni. Después de horas de combate contra los Shakoki Dogu, el negro portal se había cerrado por fin, dejando los restos hinchados del demonio colgando en el aire. El Primer Oni había abandonado su intento de entrar en el reino mortal, por ahora. Satsu no había sido visto desde que había adoptado la forma del dragón, y entrado en combate con el demonio. Todo estaba extrañamente en silencio.

En el pico de una montaña no lejos del cráter estaban Matsuo, Hogai, y Rosanjin. Habían visto el campo de batalla en afligido silencio desde su escapatoria. Finalmente, Rosanjin puso voz a las palabras que ninguno de ellos querían oír.

“Quizás estén muertos.”

“No puedo creer eso,” dijo Matsuo.

“Por supuesto que no puedes,” contestó Rosanjin. “Es el deber de un Togashi ver lo que no puede ser visto, creer en lo imposible. Es el deber de un Mirumoto llevarte de vuelta a la realidad cando estás equivocado.”

“Pero no recuerdas, Rosanjin,” dijo una profunda voz. “La razón de que los Togashi crean en lo imposible es porque lo imposible pasa con más frecuencia de lo que piensas.” Togashi Satsu subió por el borde de la montaña, delante de ellos. Era humano otra vez. Su cuerpo estaba cubierto por un fino polvo gris, pero estaba sano y salvo. Sus ojos aún brillaban de un color dorado, pero su luz era ahora más débil.

“¡Satsu-sama!” Exclamó Hogai, cayendo en una profunda reverencia. “Me alegra veros vivo.”

Matsuo y Rosanjin también se inclinaron. La cara de Rosanjin se oscureció, avergonzado mientras miraba a Satsu. “Mi señor, os pido perdón por dudar de vos,” dijo, su voz profunda.

“Tu, como todos nosotros, has demostrado tu valía, Mirumoto Rosanjin,” contestó Satsu, mirando hacia el humeante cráter. “No hay necesidad de pedir perdón.”

“Señor Satsu, ¿qué le ha pasado a Kokujin?” Preguntó Matsuo. “¿Puede haber sobrevivido?”

Satsu miró hacia Matsuo, su cara triste. “El que preguntes esa cuestión es una respuesta en si misma,” dijo. “Por ahora, es suficiente que sus locos planes hayan sido rotos.”

“¿Y que hay de Togashi Mitsu?” Preguntó Hogai.

“¿Mitsu?” Contestó Satsu. “Es una leyenda entre leyendas. Si hoy ha muerto, ha muerto como un héroe. Si no lo ha hecho, ¿entonces quién puede decir cuando le volveremos a ver? Incluso con la ayuda de Togashi, no puedo decirlo con seguridad.” Satsu enderezó el dorado daisho que tenía a su cintura, y bajó por el escarpado camino de montaña, una enigmática sonrisa pintada en su cara.

Los cuatro empezaron el largo viaje de vuelta a las tierras del Clan Dragón.


Escrito por Rich Wulf. Traducido por Mori Saiseki para La Voz Akasha

Por | octubre 9, 2013 |

Deja tu Comentario

La tuve que leer de nuevo, esta historia es simplemente fantástica…

Gold, la mejor época en lo que a relatos respecta.
Rich Wulf, el puto amo. Los relatos de leyenda ya no son lo mismo. Para los que no conocen, era el jefe de Shawn Carman y escribió casi todos los relatos de Gold.
En esa época, se mostraba que claramente se quería contar una historia. Leí un par de nombres y me emocione. En esa época era fácil relacionarse con los personajes, saber quien es quien, tener tus favoritos. Cada nombre era importante y tenía una historia detrás.
Kokujin es tan pero tan groso, que lo puse de villano de final de campaña de una campaña de rol que dirigía.

Recordar cosas como estos relatos, me hace feliz. Me remontan a una época donde Hoshi (Fede), alguien que nunca jugó l5r en cartas, sino por rol, que todo nació así aca en Argentina, me mostró el sitio de La Voz Akasha y yo iba al ciber donde el laburaba y devoraba estos relatos. Fue tanto lo que me enganché, que gracias a este conocimiento, conocí a Martin un empleado bajo mi cargo, que resulto ser Demostrador de Juegos de AEG, y cuando le contaba de los relatos me dijo “pibe, vos sabes tanto que tenes que ser demostrador”, y gracias a eso, cosneguí mis primeros puntos como Demostrador y así pude canjearlo por mazos de Diamond, en la epoca que los Fenix eran copados y tenían un Stronghold dedicado para hacer Maho (no es broma), porque Kinuye rulea, sepanlo. Y bueno… con un grupo de amiguetes que convencí compramos un par de mazos, le conte a Javi luego que se copo y como 7 u 8 años después estamos en este portal reviviendo esta historia…

Muy buena idea esta de subir relatos. Y excelente método de propaganda. Con Gold enganchas a cualquiera a jugar este juego.

“Vos vení y busca al pibe con la pantalla de L5R en Retiro” – Que épocas man, me acuerdo llevar a Brunito conmigo…

Cierto, ahi lo conoci a Hoshi me parece jajjaaj

Man lo de la pantalla es increible, me habia re olvidado, jajaja

Parecemos viejos chotos.

Para los que leen esto, la pantalla, es “La Pantalla del Director de Juego” de L5A Primera Edición.

El foro boludo!!!! Se acaba el ancho de banda del hosting gratuito en 3 horas y no se podia entrar mas hasta el dia siguiente!
I ademas no guardava sesiones, asi que habia que poner el pass cada vez que hacias un post.

¡Pero tenía emoticones y firmas! Ahí nos conocimos todos boludo…

Si man… cuantos recuerdos… que flash…

Parecemos la Banda del Golden Rocket 20 años despues jajajaja

Old school rocks!

Mucho recordar los viejos tiempos, poco aparecer en torneos de EE!

¡Celoso! Ponete a leer, no te vas a arrepentir…