¿Qué es una experiencia? ¿Qué determina que una experiencia sea real, en contraste con algo ficticio o virtual? ¿Hasta qué punto es una experiencia una extensión de una percepción personal, y hasta qué punto aquella percepción personal define a la experiencia? Llevándolo al tema que nos compete en esta nota: ¿Son reales las experiencias y los aprendizajes que obtenemos de jugar videojuegos?

Si bien la definición de experiencia estipula cualquier “conocimiento de la vida adquirido por las circunstancias vividas ”, pareciera existir una noción generalizada de que este conocimiento debería ser adquirido en una interacción directa con el mundo, y para muchos el conocimiento derivado de una experiencia como puede ser jugar un videojuego es algo que pareciera tener un valor menor o despreciable.

Creo que a todos nos han dicho que “salgamos al mundo real en vez de quedarnos jugando jueguitos ” alguna vez. Entonces, ¿son experiencias válidas? Y en caso de serlo, ¿pueden esas experiencias moldearnos y desarrollarnos como personas tanto como cualquier otra? Para poder responder estas preguntas, al menos desde un punto de vista subjetivo, es que decidí contarles la historia de mi primer tatuaje, cuya explicación tiene origen en mi infancia.

En enero del 2013 me hice un tatuaje de Mega Man. Más específicamente, del 1-Up del Mega Man. Todos la conocen, esa carita pixelada que te mira de frente, medio bizca, con una sonrisa alegre. Un clásico de los videojuegos old school. Los que no me conocen tanto dijeron “¡Qué peculiar, qué simpático! Se ve que le gustan mucho esos -¿cómo dice que se llaman, jovencito?- videogramas lúdicos ”, lo cual no es una afirmación en absoluto injusta, pero que no termina de dilucidar el motivo que me hizo optar por ese tatuaje específico.

Me arriesgaría a decir que para la mayoría de la gente con tatuajes, incluso para ustedes los lectores que tengan alguno, lo que representa el diseño es casi tan importante como la imagen en sí. En general sirven como recordatorios, como conexiones con momentos o sensaciones. Para poder determinar qué me llevó a elegir el mío, resulta necesario analizar al menos brevemente el contexto en el que tomé la decisión.

Poco menos de un año atras, en pleno 2012, me encontraba en un momento de inflexión de mi vida. Uno de esos esos que nos hacen replantearnos todo lo que sabemos, todo lo que creemos, y que nos hacen proyectar a futuro con una visión completamente distinta a la que veníamos utilizando. Un cambio de paradigma ocasionado por una situación en la que se me planteaba un desafío monumental, casi inabarcable.

El ser humano está habituado a proyectar por períodos: 5 minutos, 10 minutos, dos horas, una semana, un par de meses, un año, un lustro, una década y tres cuartos. Tiempos mensurables. Yo necesitaba proyectar a “toda mi vida” y la simple idea me llenaba de dudas y miedos. Fue una situación que hizo resurgir todas mis inseguridades, algunas que creía ingenuamente resueltas y otras que había oportunamente enterrado.

Entonces, les planteo un Flashback: Imagínenme a mí (si no me conocen, pueden imaginarme como un joven Brad Pitt) a los 4 años. Mis padres, en un intento de que sus hijos empiecen a relacionarse con la tecnología (“van a crecer en un mundo de máquinas”, decían, “mejor que se acostumbren de chicos”) nos habían regalado un Family Game. Cada cumpleaños, día del niño, Navidad o festejo de turno recibíamos algún juego nuevo: Super Mario, Circus Charlie, Arcanoid, Tetris, Goal 3, Double Dragon, Battle Toads, una gran variedad de juegos de un sinfín de géneros. Y entre ellos, tuvimos la fortuna o la maldición de recibir el Mega Man. El primero de todos.

Si algunos de vosotros, queridos lectores, nunca lo jugaron, tal vez los eluda el punto de conflicto de esa contextualización. Pero quien tuvo la oportunidad de experimentar la magia side-scroller atemporal de dicho título tal vez pueda empalizar con el tremendo, monumental, herculeano, titánico, insuperable desafío que representaba para un niño, a tan temprana edad, abordar los complejísimos obstáculos que conforman los niveles de ese juego con una motricidad fina en proceso de desarrollo.

Es decir, era imposible. Pero imposible en serio. Mis dedos no eran lo suficientemente rápidos. Mis reflejos no eran lo suficientemente agudos. Mi capacidad de análisis, predicción y reacción no estaban lo suficientemente desarrollados. Lo único que estaba a la altura de las circunstancias era mi perseverancia. Durante varios años me conformé con jugar los pocos niveles que podía ganar consistentemente (Cut Man, Guts Man y Bomb Man) y aceptar que el resto, simplemente, no podían ser superados.

Sí, claro que lo intentaba. Incluso recuerdo muy claramente un sueño que tuve en esa época en el que, finalmente, lograba ganarle a Elec Man, y no solo explotaba como los otros enemigos, sino que se retorcía de dolor y sufría antes de morir, ese nivel de bronca y obsesión manejaba. Aunque seguía sin tener éxito.

Pero lo importante, y lo que al día de hoy es lo que me llama la atención de mi actitud de aquel entonces, era mi insistencia en seguir intentándolo. Porque en ningún momento me rendí. Acepté que mis capacidades no eran acordes al desafío, pero nunca dejé de intentarlo. Y por más que la meta parecía inalcanzable en ese momento, nunca me desanimé a pesar de la frustración pasajera. Es precisamente esa insistencia la que me llevó a seguir intentándolo hasta que finalmente tuve éxito.

A los 8 años estaba jugando el nivel de Elec Man. Como era habitual, disfruté del trepar escaleras, destruir enemigos, saltar bloques, lo de siempre. Pero la diferencia es que esta vez, haciendo lo mismo que hacía, le gané. Había jugado tantas veces ese nivel que conocía los vericuetos para llegar al final de la manera más eficiente y con la mayor cantidad de energía, había aprendido el patrón de ataque del enemigo, había determinado cuál era el arma de los otros Robot Masters que le causaba más daño, y había desarrollado las habilidades motrices necesarias. Y le gané.

Esa fue la primera vez en mi vida, al menos que tengo recuerdo, de haberme propuesto un objetivo aparentemente inabarcable y haberlo cumplido. De verdad me parecía imposible, pero con perseverancia, inteligencia, habilidad y seguramente un poco de suerte, finalmente lo había logrado. De alguna manera esa sensación, esa experiencia, se quedó conmigo por el resto de mi vida. Me dio la confianza y la tranquilidad de saber que, si me esfuerzo, pongo en uso mis facultades y no me rindo, es muy probable que tenga éxito.

Me parece que esa es una de las cosas más mágicas de los juegos en general, y de los videojuegos en particular. En un contexto ad hoc, ficticio, virtual, uno puede obtener experiencias perfectamente reales e impactantes. Tanto que, como me ocurrió a mí, nos acompañan por el resto de nuestras vidas.

Ese contexto a la larga resulta irrelevante. Lo que importa es la experiencia en sí, lo que uno aprende de ella y cómo lo influye como persona.
Y es por eso que elegí específicamente ESE diseño. Podría haberme hecho el hongo verde del Mario. Podría haberme escrito directamente “1-UP” con colores estrafalarios. Podría haberme tatuado la palabra "Perseverancia " en el pecho o “YO LE GANÉ A ELECMAN ” en la frente. Pero el 1-Up del Mega Man para mí representa otra cosa.

En una situación de quiebre en mi vida, en la que necesitaba encarar un desafío insuperable, decidí mirar a mi pasado y encontrar la motivación en una sensación, de las más reales y fuertes que tuve en mi vida, que me generó un "jueguito". Para mí ese tatuaje representa una vida nueva, sin dejar de mirar al pasado, con la voluntad y la fuerza para encarar los desafíos del futuro. Y es al día de hoy que cuando tengo dudas, cuando no sé si puedo, cuando llega una época de tribulaciones y conflictos, freno, miro mi antebrazo, respiro profundo y digo “Si logré ganar el Mega Man, ¿cómo no voy a poder con esto? ”.

Valentín Chab

Gamer de la cuna hasta el cajón y basquetbolista de pelotero, a sus tiernos 28 años divide su tiempo libre entre series, videojuegos y Magic. Antes de que pregunten, chicas, sí, soltero.