Cuando uno dibuja, a veces está tan metido en su obra, que necesita alejarse del cuadro y mirarlo un poco de lejos para poder apreciarlo en su totalidad y no perder el rumbo. Algo así sucede con la última película de Charlie Kaufman, que después de 8 años sin nuevos proyectos, vuelve al ruedo con una película sobre la condición humana... sin humanos.

La película empieza con una escena bastante larga con la pantalla en negro y un collage de voces sonando en off, teniendo conversaciones vulgares e indistinguibles, que nos hace preguntarnos si no se nos habrá tildado el reproductor. Cuando aparecen las imágenes, se nos presenta un mundo totalmente realista protagonizado por muñecos.

Muñecos que no están disfrazados (como en el caso de Coraline, por ejemplo, donde las uniones de las piezas de la cara están borradas digitalmente) sino que de alguna manera hacen hincapié en su condición de títeres.

La historia presenta a Michael Stone, uno de esos oradores que dan conferencias del tipo “¡Sigue tus sueños!” y que es famoso por un bestseller acerca del servicio al consumidor. Él es un inglés emigrado a Estados Unidos, y en el momento de la película se encuentra de viaje por Cincinnati para dar una charla sobre su último libro.

La dicotomía del personaje se hace evidente enseguida, ya que Michael, bajo su fachada de inspirador optimismo, es un depresivo total. Profundamente solo y angustiado, la película acompaña al personaje por un viaje donde se tratarán temas como la soledad, el alienamiento, el sexo y la individualidad.

Considerablemente más realista que otras películas del mismo director, el mundo de Anomalisa es “el mundo real”, sin oficinas en el piso 7 y medio, o máquinas para olvidar. La marca surrealista del autor está presente, sin embargo, en detalles como el pasillo infinito del hotel que lleva a la habitación 1007, donde se aloja el protagonista, o la oficina gigante en el subsuelo del director del hotel. O el hecho de que todos los personajes tienen la misma cara y voz andrógina... ups, me olvidé de ese detalle, no?

Al principio uno no entiende por qué la ex que Michael dejó abandonada en Cincinnati tiene esa voz tan gruesa, y tan parecida a la del tipo que se sienta con él en el avión... y a la del taxista... y todos en el hotel tienen la misma cara! Un poco al estilo de la escena climax de “Being John Malkovich”, pero que dura una hora y media. En este caso, funciona como una metáfora acerca de la soledad absoluta en la que se ve prisionero el protagonista, que siente que no puede hablar con nadie, que todos son, en esencia, el mismo, aunque cada uno se crea a sí mismo único y original.

Por supuesto, esta monotonía se verá interrumpida por quién es la creadora del conflicto de la trama, Lisa. Lisa es la única “otra persona” además de Michael. Tiene otra voz, y otro rostro. La voz de Lisa funciona en Michael y en nosotros como un alivio, parecido al que producen las escenas claras y tranquilas del amante en “The Cook, The Thief, His Wife & Her Lover” de Greenaway, que rompen con la gama roja saturada y de sombras plenas protagonizadas por el déspota esposo.

Intensificando esta sensación de incomodidad constante que vive nuestro (anti) héroe, muchas de las escenas están filmadas “en tiempo real” (lo pongo entre comillas porque en realidad es stop motion). Lejos de aprovechar el recurso de síntesis del cine, que permite narrar secuencias larguísimas en unas pocas tomas, y que tiende a minimizar las escenas de la vida cotidiana, Anomalisa las realza contando cada segundo de los viajes en el ascensor, los silencios incómodos, y el sexo.

Sí, la escena de sexo merece un párrafo aparte. Es, LEJOS, la escena sexual más realista que vi en mi vida. Con una cámara casi fija, cuenta todos los detalles, la torpeza inherente al primer encuentro, la vergüenza de ella, la gordura de él... Impecable.

Al igual que otras obras maestras del mismo director, Anomalisa habla sobre estar encerrado dentro de uno mismo, la construcción de la propia identidad y conciencia, y el esfuerzo por tratar de liberarse a través del amor (y las desilusiones que esto conlleva). Y todo con una sutileza, un tacto, una humanidad, que sólo es posible alcanzar... con muñequitos.