El texto que presentamos a continuación intenta ser una suerte de mini-homenaje al director de cine Eugène Lourié, a quien respetuosa y cariñosamente hemos bautizado el Patriarca Occidental del Kaiju. El epíteto encierra el hecho de haber sido, quizás sin saberlo o buscarlo, uno de los mayores promotores del cine de monstruos gigantes de este lado del globo. Su filmografía vinculada con el género -compuesta por tan sólo tres piezas: The Beast From 20,000 Fathoms (1953), The Giant Behemoth (1959) y Gorgo (1961)-, envuelta en citas y autorreferencias, homenajes y robos descarados, compone, de algún modo, un humilde episodio dentro de la gran historia del cine del siglo XX que, no por pequeño, no merezca ser contado.

De origen ruso-francés, Lourié es a menudo recordado por dos películas: Krakatoa, East of Java (1968) y The Beast From 20,000 Fathoms (1953). La primera, nominada al Academy Award bajo la categoría de mejores efectos especiales, constituye una de las películas inaugurales de la gran ola del (nunca bien ponderado) cine-catástrofe que se abriría en la década de 1970, con éxitos como Airport, The Poseidon Adventure y Towering Inferno. La segunda -que es la que aquí nos importa- se trata del primer film que plantea la aparición de un monstruo gigante que se lanza contra la civilización tras ser despertado a causa de bombas atómicas. El film de Lourié en sí no es gran cosa, y en mi opinión está sobrevalorado como película de ciencia-ficción. Lo único que lo jerarquiza es la excelente animación vía stop-motion a cargo de uno de los mayores maestros de esa técnica, Ray Harryhausen, discípulo espiritual del gran Willis O'Brien, creador de los efectos de la King Kong original.

Lo otro que rescata al film del inclemente olvido es su relación con Godzilla (1954). Como explicáramos en una nota anterior, parte del carácter "fundacional" de la producción de Lourié consiste, también, en ser la principal fuente de inspiración para la creación del clásico nipón. Los responsables de Godzilla, sin embargo, no disponían de los recursos materiales ni humanos para emplear idóneamente la técnica del stop-motion, por lo que reemplazaron las escenas animadas de la criatura por la actuación de un hombre disfrazado pisoteando maquetas, lo que es conocido con el nombre de suit-mation. Así, haciendo de necesidad, virtud, nacía definitivamente el kaiju eiga.

godzila-suit

Pero volvamos al film de Lourié. La fórmula por él creada no sería replicada únicamente en Japón, sino que abriría el camino a toda una serie de films en los que se simboliza la relación del hombre con la ciencia y la naturaleza en la era atómica y la Guerra Fría. En ese sentido, hablamos de un film sobrevalorado porque, a más de 60 años de su estreno, su mayor mérito radica en su carácter "fundacional", convirtiéndose en un patrón para el resto de las decenas de películas de la época que metaforizaban a la naturaleza rebelándose contra el gesto humano de dominarlo todo a través de la técnica. Claro que esas metáforas no son precisamente las más sutiles, por lo que veremos desfilar, junto con el dinosaurio de Lourié, a una plaga de hormigas y langostas gigantes, tarántulas del tamaño de casas, pulpos capaces de destruir puentes... La lista sigue, e incluye un monstruo marino legendario: el Behemoth.

En 1959, aprovechando el auge comercial del cine atómico, Eugène Lourié volvería a la carga con una nueva película de monstruos: The Giant Behemoth, burdo rip-off británico-norteamericano de su propia película de 1953. Una mirada atenta, sin embargo, nos permite identificar un (sub)género consolidado, con reglas y lugares comunes que se reiteran y que hacen a la película previsible y lineal. Como describimos pormenorizadamente en la segunda parte de la nota citada, el cine de monstruos en EEUU (y, en general, en Occidente) funcionaba en esa época como propaganda anti-soviética y, a un tiempo, como normalización y naturalización del miedo atómico, justificando la lógica circular de la carrera armamentista nuclear a través de un simple esquema: el monstruo que es creado por la radiación puede ser destruido por algún dispositivo basado en la propia radiación. En ese sentido, por su obviedad y su simpleza, el film de Lourié de 1959 es, quizás, el más efectivo de toda esta saga abierta tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Lo interesante de esta película es la utilización de un monstruo legendario como es el Behemoth. Al ser una producción británica, la identificación se vuelve más sencilla, y se juega con esa delgada línea entre lo maravilloso y lo fantacientífico -si bien es claro a todo momento que la causa de, al menos el despertar del monstruo, radica en las pruebas atómicas.

Para este film, los efectos especiales estarían a cargo de Pete Peterson, discípulo directo y parte del equipo de trabajo del mismísimo O'Brien. Las secuencias de stop-motion en que el monstruo ataca la ciudad, muy cuidadas, conviven con otras de dudosa calidad, incluso para las peores películas de bajo presupuesto de la época. Para muestra basta un botón:

Pero aquí no acabaría la relación de Eugène Lourié con el cine de monstruos: en 1961 volvería a las pantallas con una película que se ha convertido en una obra de verdadero culto entre los fanáticos del género, Gorgo. Continuando los "homenajes" y las citas a sí mismo, Lourié dirigía su vista hacia Oriente, donde los kaiju arrasaban no sólo ciudades sino también taquillas tras el éxito de la inaugural Godzilla (1954) y, más tarde, el de sus compañeros de juerga: Rodan (1956) y Mothra (1961). La alusión en el nombre por medio del fonema inicial al rey de los monstruos (que en 1962 estrenaría su tercera película, King Kong vs. Godzilla, un fenomenal éxito de ventas) es tan sólo un detalle, una anécdota, al igual que lo es su parecido fisonómico. Quizás lo más interesante de esta película en términos formales -y en el contexto en que la estamos reseñando, el de la filmografía de Eugène Lourié y su relación con el género del kaiju eiga- es la decisión (no sólo) estética del director de utilizar la técnica que ya triunfaba en Japón para darle vida a las criaturas gigantescas: la suit-mation.

La trama de la película se inicia de un modo que nos resulta sospechosamente familiar: una criatura gigante de nombre Gorgo es capturada en lejanas playas y llevada hasta Londres para ser exhibida en un circo. Hasta aquí, King Kong con piel de reptil. Sin embargo, el slogan de los afiches promocionales (Like nothing you've ever seen before!) no era del todo engañoso, pues la película presentará un interesante giro argumental, tan alto como el Big Ben: la criatura capturada no es más que una cría, y tras ella aparecerá la madre, dispuesta a arrasar la capital inglesa para rescatarla.

El final del film, asimismo, con una suerte de prédica ecologista también innovadora -y la consecuente victimización de la "naturaleza" corporizada en Gorgo y su madre- presenta una imagen que para esa época era inusual en el kaiju: las dos criaturas caminando hacia el mar, volviendo a su vida de calma previa a la intromisión del hombre. La secuencia dejaba su estampa indeleble en el género, y sería calcada hasta el hartazgo en films de la franquicia Godzilla. El subtexto del film, a su vez, se alejaba de las clásicas metáforas atómicas, aunque también problematizaba alusivamente la relación del hombre moderno con su entorno.

El motivo de las crías robadas y las madres vengativas también marcaría al género; sin ir más lejos, la buena película de la compañía Nikkatsu, Gappa (1967), basaba su argumento entero en una suerte de homenaje de guante blanco a Gorgo.

Así, tras haber puesto la piedra basal del género -y ayudado a consolidarlo unos años después-, Lourié contribuía con (en mi opinión) uno de los films más logrados del kaiju. Con la adopción de las técnicas orientales para una película del género hecha en Gran Bretaña, y la presentación de ideas y motivos que serían recogidos más tarde a ambos lados del globo, se cerraba el círculo del Patriarca Occidental del Kaiju.