Como una máquina de movimiento perpetuo que parece no poder tomarse un descanso a riesgo de detenerse permanentemente, la industria del entretenimiento audiovisual actual parece necesitar de un continuo flujo de "combustible" para garantizar su existencia. Pródiga en dinero, producción y alcance multimediático; la crisis de la misma de la cual somos testigos (no nos equivoquemos, por cada serie o película novedosa e interesante que adorna nuestra TV o la gran pantalla, tenemos decenas de sitcoms de Chuck Lorre sin gracia, dramas de procedimiento a lo CSI calcados los unos de los otros y Rápidos y Furiosos que extreman la capacidad de agregar números romanos a una saga) no es una crisis de posibilidades sino una crisis de ideas.

Para muestra, basta con que busquemos con un poco de paciencia la lista de películas a estrenarse en este año para encontrarnos con infinidad de secuelas, remakes y adaptaciones de otros medios, dejando a los metrajes sobre ideas originales en franca desventaja con apenas una decena de títulos para tener en cuenta. Para resumir: la industria se está quedando sin ideas originales.

Habiendo dejado esto en claro, uno de los trucos favoritos para esconder esta falta de ideas es el de reconstruir y finalmente reformular (a veces de modo drástico) arquetipos ya existentes. Dar una vuelta de tuerca a tópicos conocidos para que al menos den la apariencia de originalidad.

Esta es una práctica existente en la literatura muchos años antes de que el cine y la TV se apropiaran de ella: por poner un ejemplo, sabemos que antes de que el advenedizo Bram Stoker invocara al príncipe Dracula desde las mismísimas tinieblas, otro autor llamado Polidori había plantado las semillas de lo que sería el mito vampírico del cual abrevarían tantos otros detrás de él. El abultado volumen de historias que han recibido ese tratamiento en los últimos años se convertirá en la razón para que, al menos levemente, tengamos conciencia del mismo.

Así, nuestra generación ha visto toda clase de reformulaciones sobre arquetipos ya existentes: el detective, que pasaría de fumar pipa y no moverse de su estudio a tener que peinar toda una ciudad en busca de pistas y problemas a, últimamente, convertirse en Doctor, Escritor o Genio informático; el forajido con corazón de oro, que ha vivido en lugares tan dispares como el viejo oeste, el medioevo, el presente y el futuro con apenas unos retoques sobre su persona; y, finalmente (entre otros muchos posibles ejemplos), el vampiro que, como implicábamos más arriba, puede pasar de ser un monstruo salvaje casi sin raciocinio por la sed de sangre, un alma torturada, víctima maldita de circunstancias que no pudo controlar, un semidiós brillante bajo la luz de un sol que no lo destruye o el símbolo último del síndrome de Peter Pan y de la angustia adolescente.

Dicho así, el arquetipo del vampiro parece haberlo sido (o habérsele permitido ser) todo. Comparado con estas posibilidades, el arquetipo del zombie parece refractario a muchas relecturas o visiones.

Repasemos: los zombies son cuerpos reanimados, traídos de la otra vida para ser No-muertos, los zombies son lentos, toscos y no poseen facultades cerebrales de alto funcionamiento, los zombies comen cerebros y... aquí es donde encontramos una pista o prueba de que tal vez haya algo más para repensar el mito del zombie que las características que dimos en un principio pues, desde su misma creación, la genealogía zombie ha estado marcada por dos ramas: la rama de George Romero, de donde sacamos la mayor parte de las cualidades de estos No-Muertos y la rama de John Russo, guionista junto al anterior de la inaugural Night of the Living Dead que, luego de separarse de su compañero, retuvo los derechos sobre el sintagma Living Dead y escribió las otras películas en donde encontramos por vez primera esta característica mas excéntricas pero casi igual de canónicas del mito, que es el gusto de estas criaturas por los cerebros humanos.

Balanceándose entre estas dos ramas tendremos infinidad de reformulaciones, desde las de los infectados de Danny Boyle o la saga Rec, hasta los zombies huésped de franquicias como Resident Evil. Además, si tenemos en cuenta que la figura del zombie moderno le debe en gran parte su existencia a la imposibilidad de usar vampiros en una película (que sería la versión de Soy Leyenda de Richard Matheson), debemos tener presente que muchas veces estas relecturas terminan por morderse la cola y finalmente se autonomizan hasta ganar independencia de la materia base.

Uniéndose a esta larga y (no siempre) prestigiosa lista tendremos la serie que nos ocupa: iZombie. Salida de la mente de Rob Thomas, creador de la mejor serie teen para millenials de todos los tiempos (con permiso de Buffy, The Vampire Slayer), la deliciosa Veronica Mars (con quien comparte más de una característica) y basado ligeramente en el cómic homónimo de Vértigo y Chris Roberson, iZombie nos cuenta la historia de Olivia "Liv" Moore, estudiante de último año de medicina, súper exigente, cargada de logros y con una familia amorosa, quien, como no podía ser de otro modo, ve cómo su mundo se derrumba cuando en una fatídica fiesta en un barco, es transformada en zombie.

Ahora, con su vida desmoronándose (al parecer tener una vida plena después de ser zombificado sería complicado... ¿quién lo hubiera dicho, verdad?), Liv se ve obligada a trabajar en la morgue policíaca, lo que le permite tener acceso a cerebros frescos sin llamar la atención. Al menos hasta que su colega/jefe Ravi Chakrabart descubra su secreto y, por una serie de peripecias concatenadas, nuestra protagonista termine involucrada con el detective Clive Babeneaux de la Policía a quien ayuda (y seguirá ayudando) a resolver crímenes fingiéndose psíquica gracias a un don muy especial que su estado de Zombie le provee.

Con este setting, lo que Thomas construye es, en apariencia, una serie de procedimiento (procedural, de los cuales ya me he quejado más arriba) un tanto excéntrica (pero no demasiado pues el formato recuerda a una mezcla de Psych y Ghost Whisperer) con un prototípico caso semanal que Liv y Clive deberán resolver; sin embargo, cualquiera que esté familiarizado con el trabajo de Thomas (una vez más, Veronica Mars) sabe que el verdadero atractivo del programa radica en las tramas paralelas que la serie propone y que seguiremos a lo largo de las temporadas.

Así, en las dos temporadas existentes seremos testigos de arcos que no solo involucran a Liv, sino también a los personajes secundarios: a su ex prometido (Major) a la cabeza, pero sin descuidar a su mejor amiga (Peyton), parte de su familia (Ravi) y, más importante aún para la construcción de la propia serie, los villanos (Blaine, de la primera temporada y sumándosele Von Du Clark en la segunda), personajes a los cuales se les da en muchas ocasiones tanto tiempo de pantalla como a nuestra misma "heroína".

Y ahí es donde entra otro de los aciertos de la propuesta de Thomas, la caracterización de los personajes es el fuerte sobre el cual se sostiene gran parte del encanto y la efectividad de la serie. Para muestra tendremos al tratamiento que se les da a los dos personajes antagónicos: Blaine y Liv.

En el primer caso, se trata de un sociópata estafador con la capacidad de sacar ventaja aún de las peores situaciones (como la de ser… no sé, un zombie) que sin embargo resulta extrañamente encantador y magnético y al cual, después de aprender un poco más sobre sus orígenes, podemos llegar incluso a entender (Thomas lo sabe, los mejores villanos son los que, de algún modo, podemos entender a un nivel emocional).

En segundo lugar tendremos a la propia Liv, personaje que resulta inmediatamente empático desde el momento en que vemos cómo la desgracia de ser zombie le ha costado la mayor parte de los bloques constitutivos de su vida (su prometido, su carrera, etc), dejándola en un lugar (tanto emocional como físicamente) en el cual está obligada a permanecer para impedir que las cosas degeneren en algo peor, tanto para ella como para quienes la rodean.

Como una metáfora de una crisis personal después de una tragedia, Liv tiene que reinventarse para encontrar un objetivo, una aspiración vital que le permita sentirse útil nuevamente; y vaya que lo hará cuando se convierta en la compañera de Clive y comience a resolver crímenes con él, utilizando su habilidad de poder “revivir” experiencias, memorias y sensaciones... en otras palabras, representar la personalidad de aquellas personas cuyos cerebros consume.

Así, gracias al buen hacer de Rose Mc Iver, cada semana seremos testigos de cómo Liv se transforma en una nueva persona (con mejor o peor suerte, pero con un balance mayormente positivo) con características tan disímiles que hacen que en un episodio tengamos una Liv científica, pacata y recatada mientras en el otro, a una White Trash Stripper malhablada y contenciosa. Estas personalidades nos permitirán (y también a Liv) examinar su propia vida a través de diferentes perspectivas, sin que nuestra protagonista deje de ser ella misma, con sus problemas, emociones y luchas siempre reconocibles.

Para finalizar este análisis, se hace divertido mencionar cómo las particularidades de su "forma zombie" son gran parte de lo que hace a la serie especial, pues se trata de homenajes, comentarios, o referencias a casi toda la tradición zombie existente a lo largo de las décadas. En primer lugar, los “poderes” de los que hace gala Liv parecen estar sacadas de una de las últimas versiones del mito zombie en ganar las pantallas, Warm Bodies, película de amor donde el héroe es un No-Muerto adolescente, enamorado y conflictuado que puede revivir recuerdos y experiencias de los cerebros de las personas que consume.

En segundo lugar, veremos que convertirse en zombie parece ser un subproducto de una sustancia que salió mal (también reconocible en la tradición post-Romero) o está contaminada, a la vez que la expansión de la plaga zombie remite, sin dudas, a la modalidad de las formas “víricas” o “virales” que conocemos de la narratología de estas criaturas (por ende, si te arañan, te lastiman, o mezclan su sangre con la tuya ya sos un muerto viviente).

Finalmente, la versión de los zombies extremadamente agresiva, súper fuerte y resistente -sobre todo cuando se les niega el alimento por demasiado tiempo (o son presas de un pico de adrenalina de algún tipo)-, está sacada en partes iguales de la tradición inicial de John Romero (de hecho, Liv se refiere a ellos como en “estado Romero”), que se completa con el disparo en la cabeza como único modo de detenerlos permanentemente y se entremezcla con la tradición más moderna del “zombie veloz” que podemos juzgar como procedente de 28 Days Later... y sus secuelas.

Así, siendo una realidad donde toda la cultura y la genealogía zombie de la cual estuvimos hablando existe ("nuestra" realidad, por llamarla de algún modo), cada nuevo pedazo de información sobre el estado de nuestra heroína parece ser una suerte de metatexto sobre esta particular tradición del horror que tantos adeptos tiene en el mundo, un guiño al espectador de parte de los creadores para que, mientras seguimos las desventuras de Liv, disfrutemos sabiendo que el género está en manos de gente que sabe lo que hace.