Monstruos gigantes, viñetas pequeñas.

Volvemos a la carga con esta columna sobre el humilde rinconcito del séptimo arte que tanto nos gusta: el kaiju eiga (cine de monstruos gigantes). Hoy nos toca reseñar, entre los escombros, la ¿injustamente? vapuleada Godzilla (1998) de Roland Emmerich y una verdadera joyita de los últimos tiempos: Big-Ass Spider! (2013). Animatronics, monstruos gigantes, CGI, maquetas y destrucción de edificios abarrotados de crías para todos y todas.

Godzilla (1998)

Tres años después de muerto -en Godzilla vs. Destroyer (1995)-, el viejo saurio antediluviano volvía a la vida, en una de las películas que más expectativas trajo... y también decepciones. Con toda la papota habida y por haber puesta por la TriStar Pictures, y de la mano del por entonces ya consagrado Roland Emmerich, Hollywood lanzaba, por vez primera, su versión del legendario monstruo nipón, cambiando dinosaurio por lagartija y derivando la culpa del desastre nuclear a los franceses...

En mi opinión, que a más de un fanático del género le resultará polémica, se trata de una digna película de kaijus, que tuvo la mala suerte de llevar el nombre de la vaca sagrada. Eso, claro está, si descontamos los excesivos minutos de más. Y le recortamos protagonismo a Matthew Broderick. Y cambiamos a la actriz. En fin, hay que dejar a Godzilla correteando por Nueva York, al viejito nipón robándose la película, a Jean Reno tirando magia, y al atún en cantidades industriales. No olvidemos tampoco a los 200 huevos que pone mamá Godzilla, y que al eclosionar se convierten en bellos velocirraptors adictos a los chizitos. Con respecto a eso último, el homenaje de guante blanco a Jurassic Park es, paradójicamente, uno de los hallazgos de la película para el género, replicado luego con mucha astucia en Cloverfield (y tantas otras). A mi entender, otro de los aciertos -muy criticado por desviarse tanto del Godzilla original- fue intentar retratar un kaiju de movimientos y anatomía más realistas, lejos del usual personaje de apesadumbrado y parsimonioso andar.

El cliffhanger del final con un huevo superviviente -que es una escena que podemos encontrar en varias otras películas, lo que lo convierte en un guiño al género todo- se explica por la aspiración de la TriStar: que la película fuera un éxito y que se rodaran otras dos partes. La baja aceptación por parte del público de una marca que debería haberse vendido sola hizo que Toho reclamara la paternidad de su hijo pródigo, volviendo a la carga con una película mediocre en 1999, que llevó el poco inspirado título de Godzilla 2000. Los yankis resolvieron el cliffhanger con una particularmente buena serie de animación, que continuaba las aventuras de los personajes de la película, introducía otros monstruos, y homenajeaba a la vieja serie de Hannah Barbera. Faltaba solo el control remoto.

Como dato de color, los japoneses incluyeron a la iteración norteamericana de Godzilla en el Universo de la Toho, primero a modo de guiño en Godzilla, Mothra and King Ghidorah: Giant Monsters All-Out Attack (2001) y luego, más explícitamente, como uno de los contendientes de la que fue el grand finale de la serie Millenium, con motivo de los 50 años del monstruo: Godzilla: Final Wars (2004). Nada de ello salvó a la versión de Emmerich de la furia e indignación de los fanáticos, que eventualmente rebautizaron al film con el peyorativo mote de Zilla o G.I.N.O. (Godzilla In Name Only).

Big-Ass Spider! (2013)

De las películas estadounidenses de monstruos gigantes más o menos independientes, más o menos low-budget o exploit de los últimos años (y créanme, se cuentan por montones), Big-Ass Spider! se trata, sin duda, de una de las mejores. Replicando viejas fórmulas del cine sci-fi de los años '50 -en el género, todos lo sabemos, no hay mucho nuevo bajo el sol-, Mike Mendez nos regala una historia que, pese a su linealidad y previsibilidad, logra mostrarse como un producto fresco. ¿La clave? El tono cómico y hasta paródico que atraviesa toda la película, desde el título hasta los créditos.

Pariente lejana de la inaugural Tarantula (1955), la película cuenta con todo lo necesario para ser un éxito: un artrópodo devora-hombres modificado genéticamente por el ejército que crece con cada bocado; escenas de horror bien logradas; destrucción de edificios al por mayor; y, finalmente, clímax con la clásica escena del monstruo subido al edificio más alto de la ciudad, marca registrada del género. A diferencia de muchas de las películas de los últimos años, en esta el CGI cumple.

Mike Mendez repitió la fórmula aracnofóbica dos años después, al regalarnos la (aún más) delirante Lavalantula que, como su nombre obviamente lo indica, involucra arañas gigantes que brotan de un volcán en erupción y respiran lava. Tan genial como suena.