Un humilde ensayo sobre la novela de Leandro Oyola.

En donde Spoileo a Troche y moche así que, be warned.

Bueno, si me soportaron hasta ahora, si se animaron a leer todo lo anterior que he escrito sobre la novela de Leandro Oyola, es evidente que quieren leer la segunda parte del ensayo aunque sea para después pegarme con cierto piné. En esta etapa del trabajo voy a tratar de mostrar cómo funciona el mismo tema, el tema de la deuda como nodo temático principal a través del cual se construye, en este caso, no sólo la forma, sino también el argumento que recorre toda la novela y que queda patente ya desde el principio.

Veamos: atrapado en su maratónico turno de 3 días seguidos de guardia, el Tordo comienza la novela reflexionando sobre una palabra, “obitó”: falleció, murió. Una palabra que parece atormentarlo porque no sólo es símbolo de la falta suprema (la falta de vida, la pérdida de la misma), sino que también pone en evidencia otro tipo de deuda, otro tipo de carencia, una carencia que en este caso habrá de ser de carácter institucional y que se pone en juego cuando compara los procedimientos que diferencian a las clínicas privadas del empobrecido hospital en el que él cumple sus funciones.

Mientras compara sendas salas de espera, la música y el modo de preparar a los deudos para la noticia, es interesante ver que estas diferencias no sólo tienen que ver con los medios a los cuales se accede tanto en uno como en otro nosocomio, sino también, y sobre todo, las faltas en el terreno de lo emocional, donde el doctor del hospital público, siguiendo con la coordenada comiquera, hará su primer ensayo de "Identidad secreta” o “Alter Ego” cuando hable del “Dr. Gutiérrez”, una suerte de disfraz que se ponen los Franqueros para evitar tener que “poner el hombro” ante el duelo de los familiares de las víctimas.

Del mismo modo, esta primera escena, también pone en juego, como planteo de semilla, las faltas, las deudas o, peor aún, el funcionamiento claramente corrupto de otra de las instituciones importante de la novela, la Policía Bonaerense, que pretende arreglar con unos billetes mugrientos y arrugados la culpabilidad respecto de una vida que se va, una vida que, a todas luces, parece “valer menos” por pertenecer a un “pibe chorro” que ha sido apaleado hasta decir basta por los policías que lo han “tirado” en la guardia como una bolsa de basura. La corrupción, la falta de respeto por ciertas vidas, el intento de encubrimiento, todo esto ya lo vemos desde las primeras páginas de la novela, la cual, como mecanismo de relojería y siguiendo la lógica planteada por las buenas historias que rezan que “si en la primera página de un libro clavamos un clavo, en alguna de las que sigue habremos de colgar un cuadro”, hace que esos billetes arrugados constituyan una suerte de cepo mediante el cual la banda de Nafta Súper “encerrarán” al Tordo desde el punto en el cual Juan Raro comprende su procedencia pues, desde ese momento, el Tordo tendrá que “poner toda la carne al asador” para que el Súper no termine como el chico que ha dejado morir unas horas antes.

Pero las deudas no terminan ahí, y es interesante notar cómo aparecen dos muy particulares en la voz de sendos personajes que tienen mucha carga a la hora de contar la historia. Hablamos de las deudas que la sociedad deja en los personajes de El Fede y, tal vez de modo más interesante, en la figura de Lady Di.

Sabemos, porque sería complicado que no pudiésemos captar la referencia, que la historia del Fede, es un reflejo “deformado”, de alguna manera, de la historia de origen de Batman, donde cambiamos a los amorosos y ricos padres, por dos padres de clase baja y divorciados que, sin embargo, encuentran el mismo final que los Wayne. Tal y como ocurre en la historia del millonario quiróptero, este hecho es el que marca a Federico por el resto de su vida y termina por convertirlo finalmente en “El Señor de la Noche”. Dos cosas hay para notar en este origen que sirven para completar la lectura: en primer lugar, que, al contrario de Batman, quien prácticamente corta amarras con todo lo que es su pasado para poder convertirse en el vengador oscuro, los vínculos de El Fede con sus amigos (criminales) “del Barrio” se hacen más fuertes que nunca, al punto de, de alguna manera, hasta casi poner en riesgo su trabajo como policía de la Federal; lo que nos lleva a la segunda deuda, que esta falla del status quo, esta deuda de la “seguridad” como entelequia (que involucra tanto a la policía, como al aparato de justicia, etc.) que le costó sus propios padres, lo convierte en una parte excéntrica de la institución policiaca, una parte que, a pesar de pertenecer, no ve con confianza las capacidades y motivaciones del organismo al cual él mismo pertenece.

Del mismo modo, en una referencia un tanto oculta a una de las grandes historias de Batman jamás contadas (Dark Knight Returns), el Fede habla de un evidente cambio en la otra de las instituciones de la cual es parte (la vida criminal, por supuesto), cuando habla de las nuevas formas del crimen que se están gestando en la Argentina en la forma de las Maras o las pandillas ligadas al Narcotráfico… Cosa que también podemos leer como la desintegración de una suerte de “código” existente entre los criminales, código que a pesar de no estar específicamente propuesto por la novela, está implícito en los actos y en la lealtad de la banda para con su líder… para con su amigo moribundo.

La segunda de las faltas, fallas o deudas que vemos en el entorno de los personajes que rodean, y, como ya hemos dicho anteriormente, “cuentan” a Nafta Súper, se encuentran en la figura de Lady Di, y en este caso estaremos hablando de una deuda sobre la identidad misma. Probablemente se trate del personaje -en teoría- más alejado de su contraparte comiquera, aunque mas no sea por el cambio de sexo operado en la transposición de la novela (del Elseworld, podríamos decir). Sin embargo, se trata, en realidad, del personaje que más de su reflejo en papel resguarda. Con Wonder Woman concebida y entendida de un tiempo a esta parte, como la personificación antropomórfica del fenómeno conocido como “Girl Power” -o “empoderamiento” femenino-, el personaje de Lady Di hace un recorrido doble subsanando dos deudas posibles. En primer lugar, la deuda para con su propia identidad, la deuda para poder abrazar su diferencia y ser quien realmente es (y que su “mentora”, la travesti Hypolita, parece ver como con vista de rayos X), no Daniel, sino Lady Di, la futura Amazona del Conurbano y, recordemos, que esta aceptación no se hace en la época actual de ni una menos y de matrimonios igualitarios, sino en una década que no se caracterizó por ser de lo más tolerante. Sacando de lado las chanzas de Corona, si hace falta tener huevo para ser Travesti… hace falta ser una súper heroína. En segundo lugar, la deuda que subsana Lady Di, es la deuda que salda con todos los aspectos femeniles de la novela y con esta idea del “empoderamiento” de la mujer, quien se permite ser emocional, accesible y sensible sin perder la fuerza de su carácter en ningún momento.

Así, las deudas que recorren toda la novela, son estas deudas sociales heredadas del contexto sociopolítico que hacen a la Argentina o, más exactamente, a cierta parte de la Argentina (Conurbano, segundo cordón) las que de algún modo moldean a los personajes (he hablado de dos, pero podría haber mencionado a otros dos por lo menos) al mismo tiempo que construyen el núcleo emocional de la historia pues, ante tanta falta, ante tanto yerro, ante tanta deuda, ante tanto espacio negativo, lo único que nos queda son esos amigos dispuestos a todo con tal de defendernos, que están con nosotros en las buenas y en las malas, que son capaces del crimen con tal de salvarnos.

Tal vez nada de esto quede más claro que en el episodio de Carozo y Narizota, a mi ver, uno de los capítulos nodales de toda la novela que, a la vez que demuestra cómo las deudas, fallas y yerros quedan para siempre grabados en el “alma” de aquellos que lo sufrimos, también muestra la comunión de la banda, la comunión de los amigos y los extremos a los cuales están dispuestos a ir, embarcándose en una aventura peligrosa cuya única ganancia no será material, sino enteramente emocional, una especie de curita sobre una herida insalvable pero, a veces, es a todo lo que podemos aspirar.

A tomar la leche con nuestros ídolos de la niñez… así que, Batman de Adam West, si estas escuchando…

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