Un humilde ensayo sobre la novela de Leandro Oyola.

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“En donde hablamos de lo formal intentando no aburrir a los lectores”

No me pasaba hace mucho, debo de reconocerlo, esto de terminar una novela y sentirme inmediatamente compelido a decir algo al respeto; no sólo eso, hacerlo usando como base un poco del aparato formal adquirido en mi (larguísimo) paso por la facultad de Letras.

No, no me pasaba hace rato. Punto para el señor Oyola.

El asunto es este, voy a tratar de mantener este "ensayo/reseña" del lado libre de spoilers de la carretera, pero no estoy seguro de cuánto pueda hacerlo, así que si quieren leer antes la novela o esperar a la tan ansiada peli para sorprenderse ahí, dejen esto ya mismo y vayan a mi blog a leer los cuentos que hago (¿autobombo, yo?) porque seguro algo se me escapa.

Pues bien, hechas las aclaraciones del caso, paso a explicar el título de esta reflexión y por qué creo que el concepto de deuda puede servirnos como base para leer la novela y por qué es útil (al menos para mí) acercarse a ella desde esa óptica, o al menos tenerla en cuenta. En primer lugar, hablaremos de la deuda en su carácter de ordenador formal de la obra y, en segundo lugar, voy a hablar de la deuda como nodo argumental sobre el cual se construyen las contingencias, las peripecias de los personajes, el Nafta Súper y su banda. Así, nuestra intención será ver a la deuda no en su carácter negativo, de falta, sino en su carácter de receptáculo de sentido que puede llenarse (y lo hace) a través de la habilidad del creador.

En primer lugar, y ya comenzando con el análisis, desde el punto de vista estructural, la obra completa le debe buena parte de su construcción a una herramienta narrativa utilizada en algunas de las grandes obras de la literatura universal: los llamados "relatos en marco", narraciones que se construyen alrededor de una situación que funciona como contexto para que estas distintas historias sean puestas en juego.

En este caso, el marco es la sufrida guardia de un más que un sufrido Tordo "Franquero", que ve cómo su futuro inmediato de un descanso/desmayo de 48 horas (ayudado por un lindo puré de Alplax) se esfuma cuando la banda del conocido criminal Nafta Súper lo toma como rehén, obligándolo a mantener con vida a su líder, herido a traición por un misterioso pedazo de vidrio verde. De ahí en más, lo que seguirá será un paseo por la vida y las aventuras del Nafta Súper, más conocido como Pinino, que, de algún modo, también es un repaso por las vidas de sus cómplices que, más que cómplices, son familia. Siguiendo la estela de clásicos como el Decamerón de Bocaccio, o el más cercano (no en el tiempo, sino en el conocimiento del Zeitgeist Popular) Las Mil y Una Noches, este será nuestro marco, el lugar al que volveremos una vez que las historias que escuchemos terminen, para después enlazarse con otras, y así y así, procurando que, mientras avanza la historia del Tordo y el posterior asedio de la guardia por parte de la Policía Bonaerense, también avance lo que sabemos, lo que conocemos sobre el Pini.

Porque, al fin y al cabo, más que una historia de “Nafta Súper”, lo que habremos de tener son historias sobre “Nafta Súper”, historias que lo pintan, al mismo tiempo -y superponiéndose- como héroe, como mito, como hombre y también como marginal, transformándolo de a poco en ese otro alienígena del cual sabemos está tomada su imagen y que en manos menores podría parecer contradictorio, mas no lo es. Nafta Súper es todo eso a la vez.

Asimismo, y en otra deuda a los relatos más arriba mencionados, el relato, el cuento, el hecho de detenerse a contar una historia, es un método (casi mágico... pero, como alguna vez dijo Alan Moore, “las palabras tienen poder, tienen magia. Después de todo, decir Grimorio, no es sino otra forma de decir Gramática”) de mantenerse con vida. Como los jóvenes del Decamerón que cuentan historias para evadirse de una realidad “apestada” y festejar lo bueno de estar vivos o, con más premura, la propia Sherezade, que compra con su habilidad de cuentista un día mas de existencia, las historias del Pini son también una forma de mantenerlo presente, activo, vivo, en otras palabras.

Así, “contado” por los demás, nuestro héroe irá construyéndose cachito a cachito, con cada pieza de los relatos de Lady Di, Ráfaga y El Señor de la Noche. Con ello, a su vez, el libro adquiere una segunda deuda formal. Esta vez una deuda muy argentina, más exactamente con los relatos de Manuel Puig y su forma de presentarnos a los personajes primariamente en la voz (en la escritura, en los pensamientos) de otros. De este modo, Nafta Súper es el centro gravitatorio de un relato que, irónicamente, vive con más fortaleza en el mundo de las palabras, en el mundo de las historias de los demás, que en la camilla donde espera al sol reparador que lo devuelva a la vida.

También deudoras de Manuel Puig son las infinitas referencias a la cultura popular que pueblan el libro de punta a punta. Desfilan sin solución de continuidad y prácticamente en cada página menciones a programas de TV, personalidades de la cultura y, sobre todo, música: títulos de canciones que, además de servir para la identificación inmediata de los lectores (de unos más que de otros pero, seamos sinceros, vos con 20 años, conocés Careless Whisper…), marcan las épocas donde suceden los relatos, el ambiente en el cual toma parte cada nueva pieza de la historia del Pini, yendo de los lentos ochentosos, a la cumbia de los noventas y el reggaetton que toma por asalto las radios del 2000.

Y, también relacionada con la cultura pop y con la deconstrucción que se puede hacer de la misma (y, a la vez, los usos que Oyola hace de ella), encontramos la GRAN deuda constitutiva de la obra en su totalidad. La deuda que le debe a los comics y, tal vez sobrepasando a los propios comics, a las figuras, cuasi mitológicas, símbolos, nodos, receptáculos de diferentes sentidos y carga semántica que componen La Liga de la Justicia de DC comics.

Kryptonita se constituye como aquellas historias que los de mi generación llamamos Elseworlds y que en la época de Oro y de Plata del comic comercial estadounidense se conocían como Historias Imaginarias, historias que tomaban a los personajes, los arquetipos, y los situaban en contextos que no les eran propios. Así, en un símil del Batman que lucha contra un Estado/Iglesia que lo domina todo (en el clásico Holly Terror de Alan Grant), así como también del Superman criado en la Rusia Comunista (en, tal vez, el último gran Elseworld antes de que cerraran el Imprint; Red Son, de Mark Millar), lo que en definitiva hará la novela será tomar a estos arquetipos y “pasarlos” por el barro de la realidad y, más específicamente, el barro del Conurbano bonaerense, para sacarlos convertidos en una “banda” criminal más que en una Liga de la Justicia.

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Lo importante, lo extraño, lo extraordinario, es que la apropiación de Oyola de los personajes es prueba de la fuerza semántica de los mismos, la potencia de los arquetipos (que dentro de sí mismos pueden contener tanto a su versión “luminosa”, el Superhéroe como motivo inspiracional, como a su versión “oscura”, aquella del Superhéroe como la personificación antropomórfica del excepcionalismo estadounidense) se prueba en el hecho de que, aún si no leyésemos el nombre de la novela, podríamos reconocer, respirar, la presencia única de Flash, Batman, Wonder Woman y los demás miembros del Partenón superheroico de la editorial Norteamericana.

Y esto, principalmente y por sobre todas las cosas, se verifica con la figura del propio Superman/Nafta Super quien, como ya hemos dicho; es construido en partes iguales de mito y de hombre. Una dicotomía que siempre ha definido al modo de acercarse al “Hombre de acero” (¿o es Fierro por acá?) y que en la novela está utilizada formalmente para producir suspenso y alargar la pregunta que recorre el libro hasta el final... ¿es el Pinino un verdadero Superhéroe (¿O Súper persona?), o solo un grupo de historias agrandadas por la voz de los demás?

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