Netflix nos tiene acostumbrados a un nivel de contenido original que va de muy bueno a impresionante. Lo cierto es que eventualmente tenía que llegar esa serie de mierda que rompiera la racha. Debo confesar que, cuando anunciaron Dragons: Race to the Edge, una serie basada en la saga “Cómo Entrenar a tu Dragón” de Dreamworks, mi único temor fue la calidad de la animación 3D, pero debería haber temido por la integridad de la saga antes de por sus visuales.

Ya habíamos visto dos temporadas de una serie basada en esta franquicia, financiada por Cartoon Network. La primera ganó un Emmy y la segunda fue nominada. La tercer entrega cayó muy lejos del árbol.

Estéticamente es hermosa. La animación es de un nivel mucho mayor del que esperaba, y me pregunto cuánto dinero habrán invertido allí, pero es el único aspecto en donde la serie brilla (también debo mencionar que tuvieron la buenísima idea de traer casi a todo el cast de voces de las películas originales, que continúa desde la primera temporada). Pero todo lo que invirtieron en eso, se lo sacaron del presupuesto a los guionistas.

Yo, y creo que cualquier ser humano que haya pasado la pubertad, me acerco a la animación, género que tiende a tener una demográfica infantil, porque ofrece algo que va más allá de lo que se ve a simple vista. Las narrativas y la presentación de un dibujo animado son inocentes pero sus temas no, por lo tanto la forma de tratarlos es oblicua, lo que demanda otro tipo de talento al escribir. Claramente, el que escribió Dragons: Race to the Edge, no comparte estas opiniones conmigo.

La palabra “floja” o “plana” no alcanza para describirla. Es dolorosamente infantil. Como dije antes, esto no es intrínsecamente malo, pero en este caso no trasciende los estereotipos de su género. El conflicto principal es casi un chiste, no trae unidad a los capítulos, pierden el objetivo a través de la historia y hay capítulos de relleno en una temporada de 13. Y con capítulos de relleno me refiero a relleno basura, no relleno con contenido o historias interesantes.

En fin, una gran decepción. Les recomiendo que ignoren a Netflix cuando se las enrostre cada vez que ven una película de dibujitos o de Pixar. De tan mala no la pude terminar, era demasiada tortura pasar del capítulo donde el gordito tiene una alergia y lo hipnotizan y cambia de personalidad y blah… HORRENDO. Para colmo, arruinan los personajes que en las películas te gustaban, porque los sacan de su eje. El que es molesto se pasa de molesto, el que es pelotudo se pasa de pelotudo, los protagonistas se pasan de entes vacíos… Lo peor de todo es que tiene backing de Dreamworks, lo que me deja extremadamente extrañada con la empresa.

Y mi segunda queja es que la serie entra en el período entre películas. Crea un conflicto que no hay, y no resuelve ninguna pregunta. La verdad es que el mundo de “Cómo Entrenar a tu Dragón” es bastante copado, y hay muchas historias, mucho material que podés fabricar; especialmente después de lo que nos enteramos en la segunda peli. PERO NO. No entiendo por qué no agarraron la línea de tiempo antes de la primera película o mucho más allá de la segunda. Me parecería una idea más prudente.

Sólo la reivindican el buenísimo laburo de animación digital y de voces que tiene. Pero Dreamworks, para la próxima, acordate de alimentar a tus guionistas.