¡Bienvenidos amantes de la literatura dibujada, novela gráfica o como quiera que se le diga a los cómics en este lugar del globo! La presente entrega tiene como propósito hacer un análisis breve (y humilde recomendación) de una de las, a mi gusto, mejores historietas que se publican en el mercado hoy día: The Manhattan Projects.

Pero antes un poco de contexto. Corre el año 1945 y el petiso de bigote chistoso se ha metido un balazo en la cabeza. Con la sangre fresca mezclándose con el cuerpo de Eva Brown, los norteamericanos y los rusos empiezan la repartición del botín de la Segunda Guerra Mundial, que no es oro, ni combustible, ni nada por el estilo, si no materia gris.

Así, mientras los miembros aún funcionales del partido huyen a paraísos en la Argentina de X-Men: First Class, los científicos detrás de todas las innovaciones alemanas son sacados de su ahora ruinosa nación hacia la tierra de los libres o el paraíso comunista.

Ya acomodados, estos científicos serán los cerebros detrás de los programas espaciales y armamentísticos de ambas naciones. Con una escalada de innovaciones sin precedentes a ambos lados de la cortina de hierro, en Norteamérica el programa espacial será la semilla de lo que habrá de conocerse bajo el nombre de NASA; mientras el programa armamentístico (ya existente, pero ahora robustecido por la llegada de científicos como Werner Von Braun) conocido como El Proyecto Manhattan será el que encienda la mecha de un temor que aún hoy subsiste con la creación del arma definitiva: la bomba atómica.

Pero, ¿qué pasaría si la bomba fuese sólo la punta del iceberg? ¿Qué pasaría si este proyecto abarcara innovaciones como telequinesia, teletransportación, creación de pulsos EMP, manipulación genética y todas esas cosas maravillosas pero terribles que la ciencia puede producir?

Este es el punto de partida del comic de Jonathan Hickman y Nick Pitarra para contar la historia de estos "Proyectos" y, sobre todo, quién está detrás de los mismos.

Ahora pasemos a ver qué tiene de interesante en sí, formalmente y luego narrativamente, este comic. Desde el punto de vista formal es interesante ver cómo los primeros números van construyendo un relato coral, enfocando cada una de sus partes en uno de los científicos pertenecientes al proyecto (Joseph Oppenheimer, Albert y Albrecht Einstein, Richard Feinmann, Enrico Fermi) para que los conozcamos mejor (y aprendamos a empatizar aún con su sociopatía) mientras el argumento más abarcador pasa como un río subterráneo que tendremos que armar pieza por pieza hasta que la misma explote entre los números siete y ocho.

En segundo lugar tendremos la estética de los dibujos de Pitarra. Heredera del realismo detallista de Frank Quietly y tal vez Jeoff Darrow, es posible rastrear esta estética también y de modo nada velado, en la utilizada en los cómics de sci-fi de los años 50 y 60, sobre todo a la hora de pensar en las razas alienígenas y, esto desde el primer número, en el explícito gore que chorrea por las paginas cada vez que nuestros héroes se cruzan con una amenaza. Pérdida de miembros, explosión de vísceras y sangre (de la roja y de la otra) están a la orden del día en este comic.

Por último, es imposible terminar el análisis formal sin hacer mención a la espectacular selección de paleta de colores que construye asépticos laboratorios junto a mundos alienígenas crepusculares y que se luce cuando tiene que tratar las transiciones entre dos estados de la narración, como puede ser entre el pasado y el presente y, de mejor modo aún, los estados de conciencia alterados o disociados (para muestra, bastan los pasajes en que el cromatismo diferenciado de los múltiples Oppenheimers es una de las principales formas de saber quién es quién dentro de la mente de Doctor).

Por otra parte, ahora hablando desde el punto de vista argumental, también son varias las perspectivas que resultan útiles para acercarse al título.

En primer lugar tenemos el tratamiento de los protagonistas quienes, lejos de ser Supehéroes, sí son una suerte de Superhumanos. Supergenios se dirán a sí mismos y pertenecerán a un peldaño en la escala de renovación del tropo superheroico. Es decir, si antes lo que definía a los superhéroes eran sus hazañas de fuerza y habilidad, el nuevo milenio ha construido, o popularizado, otro tipo de héroe cuya arma es el conocimiento y la inteligencia (ver el comic Black Science por ejemplo) y que tiene su génesis moderna no tanto en los comics, sino en la televisión, con los protagonistas de CSI, Bones o el mismísimo House. Personajes cuyos actos hacen difícil la generación de empatía, pero sí generan admiración por sus capacidades y su compromiso para con la ciencia entronizada. Personajes que, a la vez, son herederos de los arquetipos razonadores de Poe y Conan Doyle y que proponen que no es su fuerza o velocidad aquella que los pone por encima de los demás, sino su intelecto; pero ya volveremos sobre eso en un momento.

En segundo lugar, ya habíamos mencionado que el argumento totalizador de la primera saga al menos pasa por debajo (en un segundo plano) de lo que podría ser el estudio de los personajes; sin embargo, cuando explota, este argumento se transforma en una cornucopia de teorías conspiranoicas unidas por el hilo del delirio que verá a la verdadera historia (la que efectivamente tuvo lugar en este, el mundo de los lectores del cómic de Jonathan Hickman y Nick Pitarra) entrelazarse con la construida en los Manhattan Projects.

Y esto podemos comprobarlo desde el momento en que vemos a nuestros héroes matar a John Kennedy con una bala mágica (o bala científica debemos decir) hasta su afán por mantener el cerebro de Franklin D. Roosevelt en forma de una computadora sentiente; desde postular el origen no terráqueo de algunos de los miembros de los propios proyectos (venidos de otro universo u otro planeta) hasta -y esto es lo que marca el final de la primera saga- enfrentarse contra los representantes del poder establecido: el status quo personificado en coloridos pero aterradores personajes que parecen adorar al dios antiguo de la idolatría masónica en contra del nuevo dios del progreso que es la ciencia. Y que pagaran el último precio por meterse en el camino de lo que estos Supergenios representan.

Lo cual nos lleva a la última de las puntas argumentales que construyen al menos la primera saga de este gran cómic y que tiene su génesis en el propio título del primer recopilatorio: Science Bad, que de algún modo nos brinda una clave de lectura para entender y analizar las peripecias de los protagonistas, capaces de llevar a cualquier extremo sus actos con tal de avanzar en la persecución incansable en pos del avance científico.

Siguiendo con un concepto apenas rozado arriba, los personajes de Los Proyectos se sienten verdaderos Übermenschen nietzscheanos que construyen su propia ética y moral a medida que sus objetivos se alcanzan y se proponen unos nuevos. Considerándose (como ya hemos dicho) superiores a aquellos que los rodean, actuarán sin importar si en el medio quedan civilizaciones alienígenas reducidas a cenizas o si el mundo termina enfrascado en una Guerra Fría solo manufacturada para usufructuar recursos de los gobiernos de turno; lo único que importará es el avance de esta ciencia delirante y (más de una vez) reprobable, esta "Ciencia Mala".

Es este intento constante de subir la apuesta, de delirar cada vez con más alcance (tanto formal como temática) lo que hace a los Manhattan Projects una lectura obligatoria, máxime si buscamos un caudal infinito de ideas desbocadas (portales espaciales que usan humanos como combustible, Von Braun perdiendo partes de su cuerpo pero negandose a morir, la perra Laika, cerebro de la operación aeroespacial rusa), personajes memorables y un arte espectacular.

Eso, o ver a Albert Einstein cortando un alien a la mitad con su fiel motosierra E=MC2.