No me gusta Alan Moore. Ya está. Lo dije.

Tal vez por su actitud constante de mostrarnos lo bueno que es, o lo mucho que sabe (un rasgo que comparte con Neil Gaiman) o por las declaraciones que hizo sobre el género al cual revoluciono al mediados de los ochenta (al cual define como "entretenimiento para chicos de hasta 12 años"); la cuestión es que todo esto hace que califique a Moore como un tanto snob, un tanto refractario a mis gustos personales.

Teniendo esto en cuenta, suelo preferir la habilidad para la caracterización que poseen un Peter David o un Paul Jenkins, el indecible amor por los personajes y habilidad para el cambio de perspectivas de un Kurt Busiek o un Mark Waid y hasta el malditismo que chorrea en las obras de Warren Ellis, Garth Ennis o el mismísimo Mark Millar.
Eso, por supuesto, dejando de lado a aquel inefable guionista que a mi entender combina todo lo dicho anteriormente; el posiblemente inclasificable Grant Morrison.

Ahora bien, habiendo dicho esto, como lector, como posible guionista, como narrador al fin, no puedo negar la increíble capacidad del Barbado Bardo Británico para construir relatos que operan como grandes máquinas, gigantescos constructos donde cada engranaje se combina con otros al punto tal que todo funciona con mágica precisión y nada queda al azar.

Así, es evidente que sus dos obras más reconocidas, Watchmen y V de Vendetta, son exquisitas piezas de ficción construidas con la precisión de un gran relojero. Uno que, debido a su trabajo, a su misma condición de ingeniero de mundos perfectos, a mi entender tiende a patinar, o al menos no ser tan efectivo, en la dimensión humana. Y es ahí donde entra Miracleman para mostrarme lo que hubiera podido ser.

De este modo, tal vez por tratarse de sus inicios y la tela con la cual habría de construir sus relatos era todavía novedosa, quizás por la tosquedad visible de un primer acercamiento al género o -y creo que esta es la más plausible- tal vez porque era la primera vez que Moore se metía con temas que luego permearían muchos de sus trabajos posteriores, Miracleman me parece una obra más que digna de los aplausos que le ha conseguido al laureado autor.

Así y para entender algunas de las temáticas que habrán de atravesar la obra, se hace necesario un poco de contexto: con una historia de publicación convulsa y compleja, lo que deberíamos saber, al menos a la hora de acercarnos al cómic, es que desde 1953 Miracleman se publicó en Gran Bretaña de la mano de prácticamente un solo guionista llamado Mick Anglo, hasta ser cancelado (por vez primera) en 1963.

En este cómic el joven periodista Mike Moran debe de decir la palabra Kimota! (Atomik al revés, por si a alguien se le había escapado) para convertirse en Miracleman, uno de los seres mas poderosos del universo quien, pasado un tiempo, comienza a ser acompañado por sus dos sidekicks Young Miracleman y Kid Miracleman quienes, al decir el nombre de su "hermano mayor" también obtenían poderes y conformaban la "Familia Miracleman" (como queda claro en el link de más arriba, cualquier coincidencia con la Familia Marvel de "El gran Queso Rojo" NO es pura coincidencia).

Luego llega la década del 80 y, con ella, la Segunda Edad de Oro del Cómic Norteamericano. Alan Moore es el elegido para relanzar a este superhéroe que no veía la luz del día desde casi veinte años atrás. Pero "¿cómo reinventar a este personaje a las sensibilidades modernas?" habrá pensado nuestro querido Meta Mago, para después sonreír y plantear una idea que lo cambiaría todo:

¿Qué pasaría si la desaparición de Miracleman de los Comics en el 63 hubiera sido una desaparición también en el mundo real que estaba plasmando?

¿Qué pasaría si el verdadero Mike Moran, quien podía imbuirse con los poderes de este superhéroe, caminara por allí amnésico respecto a su verdadero potencial?

Así, a través de estas sencillas preguntas, lo que hace Moore es magistralmente poner en continuidad todas las historias anteriores a las que él va a escribir (todos los comics hasta 1963, diremos), lo que le da un contexto, un background (con conceptos, relaciones y personajes) que le precede y puede utilizar (o no) a gusto y "piaccere".

Además, esta herramienta le permite, en un truco magnífico aprendido de los grandes cuentistas universales (con el crédito local de Borges a la cabeza), proponer distintos grados de realidad (o irrealidad) para sus personajes. Así, tendremos la realidad de un claudicante Mike Moran luchando para mantener a su esposa y futura hija y la de los comics publicados hasta el 63, que a su vez habrá de subsumir otra realidad que, sin ánimo de spoilear, es uno de los grandes misterios de las primeras aventuras de este renacido Miracleman.

Este juego de cajas chinas le permite a Moore (y a los lectores) cuestionar la existencia de todo lo que se dice... Sí, incluso lo que él es capaz de decirnos o mostrarnos. ¿O acaso hay algo más monstruoso que pensar que nuestra realidad (incluso la de los lectores) no es más válida que la postulada en las páginas de una narración?

A todo este andamiaje formal podemos sumarle las reflexiones de Moore sobre el estado de las cosas en el mundo (en pleno auge de las Reaganomics y el Thatcherismo), las mecánicas familiares, la paranoia nuclear y otras tantas pues, si algo no se le puede negar a Moore, es el de ser un agudo observador del Zeistgeist, del espíritu de los (sus) tiempos.

Sin embargo, hay una característica que podemos percibir, incluso en este estadio temprano de su actividad escritural y que atravesará grandes partes de su obra en el cómic: el afán de Moore de tomar a estos personajes más grandes que la vida y deconstruirlos para ver qué los hace funcionar, una vez más poniéndose su careta de Maestro Relojero. O de Mago Oracular.

Así, y sin pedirle permiso a nadie, Moore se ocupa de utilizar el ícono que es Miracleman para diseccionar (y el verbo no es casual para quien haya leído sus números de Swamp Thing) el concepto de lo que podría ser un Super-Ser en contraposición de Mike Moran que es un simple y llano ser humano.

Y aquí entraremos en el territorio de lo que realmente quiere Moore que reflexionemos con su cómic: la dimensión humana de la que hablamos más arriba, puesta en escena a través del caso del pobre Mike Moran ¿Qué nos dicen estos personajes sobre la naturaleza humana… y, ya que estamos, qué podemos extrapolar de una posible Super Humanidad?

¿Podemos juzgar a un Super-Ser con las mismas nociones de ética, moral y justicia que utilizamos para el resto de la humanidad? ¿Desde qué punto de vista una entidad post-humana construiría sus códigos de existencia, coexistencia o comportamiento? ¿Podemos calificar a estos Súper-Seres como humanos siquiera?

Son estas las preguntas que uno de los avanzados alumnos de Moore (Warrel Ellis) se hace constantemente, actualizando las problemáticas que plantea el maestro en su comic/ensayo Supergod (que no hay que confundir con el libro escrito por Grant Morrison) para ponerla en el centro de la lectura de estos titanes ficticios que hemos creado.

Para hacerla más simple: ¿Un Súper-Ser, se acomodará a las ideas, las morales, las éticas y lo actos de aquellos que no lo somos?

Ya intentaremos llegar a la respuesta pero, mientras tanto, nos alcanzará ver el tratamiento que Miracleman le da a los soldados de su archienemigo en el segundo arco de la historia para comprender que cualquier prurito moral a la hora de tomar una vida (una de las reglas cardinales del constructo que entendemos como “Superhéroe”) ha salido por la ventana con la masacre que se termina dando en las selvas paraguayas.

Esta proposición del autor sobre la figura del Super-Ser como algo de carácter extra humano, algo que puede haber nacido como humano pero ha traspasado (o se ha visto obligado a traspasar) las barreras de lo que nos hace lo que somos, será aquello que termine de eclosionar en el personaje del Dr. Manhattan de Watchmen.

Frío, distante, mecánico, retraído hasta el punto del olvido de aquello que alguna vez lo hizo humano; a lo largo de Watchmen podemos ver, en un capítulo fabuloso (el número 54, léanlo, háganme caso), el momento en el cual Jon Osterman se transforma en este ser casi divino que puede cambiar la realidad o destruirla en un parpadeo si así lo quiere.

Casi como un pretérito antecesor del propio Dr. Manhattan, Miracleman Hará que nos enfrentemos a ese momento, pero postulado como un proceso de progresiva deshumanización narrado principalmente por las muy humanas perspectivas de los personajes que lo rodean.

Así, no será a través de los ojos de toda una sociedad que entenderemos a Miracleman y lo que significa, sino a un núcleo reducido de personajes acompañantes. De este modo, tendremos el enfoque de su mujer, quien se debate entre el éxtasis, un temor reverencial y la necesidad de ver en el Súper-Ser al Mike Moran con el cual se ha casado.

También existirá el enfoque del asesino a sueldo Mr. Cream, quien percibe a Miracleman como un dios caído, caso que se conecta con la perspectiva espejada de los militares involiucrados en el origen de los poderes de Moran para los cuales su creación es algo monstruoso y antinatural. O sea, Un Ángel, Un Dios, un Monstruo… nunca un hombre, o solo un hombre.

Sin embargo, en un giro magistral, tendremos el punto de vista del propio Mike Moran, quien juzga a su alter ego en una escala que va desde la emoción y la admiración, hasta el propio terror a ser reemplazado por el mismo y a no ser más que la vasija casi descartable que contiene tal poder, lo que dará pie a un contrapunto entre Humano Vs Super-humano que no se dirimirá en un vacío, sino en un cuerpo, en el cuerpo que comparten o del cual dependen tanto Moran como Miracleman.

Si el Dr. Osterman es casi apenas un recuerdo para el Dr. Manhattan (al punto de que el mismo Dr. se refiere a su antiguo ser solo como “Osterman”), Mike Moran está constantemente presente en el centro de lo que es Miracleman... pero, como no podía ser de otra forma, va perdiendo fuerza.

Débil, incapaz de proteger a su familia, confuso y completamente sobrepasado, es entendible que el personaje de Mike Moran se encuentre cada vez más y más acudiendo a la aparición (al cambio) de su alter ego para afrontar toda situación de su vida. Somos testigos, número tras número, de una progresiva desaparición del simple Mike. Será esta pérdida de sustancia cada vez más evidente la que, al fin, terminará de postular la idea de que, al parecer, en el caso de la existencia de un Super-Ser, tenderíamos a desaparecer en su favor.

Pues Moran, no es sino la versión metonímica de la Humanidad, una humanidad que va a ir perdiendo terreno (político, social, cultural y del que se les ocurra) ante estos Superseres (y esto se ve más claro que nunca en los números de Miracleman en donde Neial Gaiman toma las riendas del personaje), una humanidad que deberá aceptar ser reemplazada por la Super Humanidad (representada por Miracleman y los suyos) que al final terminaran por hacerse con el timón de un mundo al cual ya no pertenecen por considerarse encima del mismo… y de aquellos que estamos ahí.

Más arriba en este artículo nos preguntamos: ¿un Super-Ser, se acomodará a las ideas, la moral, la ética y los actos de aquellos que no lo somos? La respuesta, leyendo el canon de Moore, podrá ramificarse en dos posibilidades: en una, podrá tomar el camino de la indiferencia, removiéndose y simplemente dejando a la humanidad a su libre arbitrio (como el Doctor Manhattan).

O, en segundo (y francamente espeluznante) lugar, este Super-Ser acomodaría las ideas, la moral, la ética y, finalmente, el mundo, a sus gustos y caprichos.

Lean Miracleman. Ahora que Ovni Press ha sacado una excelente edición (tanto en precio como en calidad de la impresión), no tienen excusa. All Hail The King. All Hail Miracleman.

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