Siéntense, jovencitos, y escuchen la historia de cómo una franquicia de juegos multiformato cambió la vida de un par de jóvenes llenos de azúcar para siempre.

Corría el año 1999. Mi hermano Julián y yo éramos dos niños atravesando el primario, yo con mis tiernos 11 años y él con apenas 9. El primer contacto que tuvimos con los juegos fue meramente visual. Mi hermano había pasando por un local en el que comprábamos los cómics españoles y las trading cards de Dragon Ball, y mencionó haber visto unas cajas de unos juegos que "parecían increíbles" porque "uno tenía un dragón rojo y el otro un dragón azul". Aparentemente esta dualidad había tenido un gran impacto en él, ya que se trataba del mismo juego pero en distintas versiones. No pasó mucho tiempo hasta que me dirigiera a verlos con mis propios ojos, donde comprobé que en realidad no se trataba de un dragón rojo y uno azul, sino de un dragón y una tortuga con cañones en su caparazón. Debo decir que quedé intrigado.

pokemon-red-and-blue

Quizás sea un buen momento para mencionar que nosotros ya disponíamos de un Game Boy, por una simple coincidencia del destino. En el año 1992 ó 93 nuestro abuelo viajó a Estados Unidos y, en el que probablemente fue el único gesto de cariño que tuvo para con nosotros, preguntó a nuestros padres "¿Qué le puedo traer a los chicos de allá?". Nuestros padres, conociéndonos bien, le contestaron "¡Un juego de Family Game!", que era la consola destinataria de nuestros cariños. El viejo gagá procedió a comprar un Game Boy por error, aquel viejo ladrillo blanco que llevaba 4 pilas AA, y nos lo trajo con tres juegos, uno de los Simpsons que era incomprensible, uno que no recuerdo, y el Tetris. De más está decir que el nivel de bola que le dimos bordeaba los números negativos.

Pero esta historia transcurre 7 años después. Para ese momento, con la salida del Game Boy Pocket y el inminente lanzamiento del Game Boy Color, sumado a la primavera menemista que atravesaba el país, la locura por la consola portátil de Nintendo estaba en su mejor momento. Cada vez más chicos iban al colegio con su Niño Juego. Eso, sumado a la popularidad del animé y a una tromba de juguetes que llegaron al mercado, hicieron explotar la popularidad del videojuego.

La primera vez que tuve una mínima idea de qué se trataba Pokémon fue cuando mi hermano se compró unos muñecos. Tal vez se los prestaron. Lo que recuerdo es que un día saliendo del colegio me mostró uno de Gengar, el cual desde el momento cero me pareció increíble, y uno de Raichu. Me explicó que el protagonista de la serie era un ratón eléctrico llamado Pikachu (y me dijo que "pika" significa "ratón" y "chu", "eléctrico" en japonés) y que el que tenía él era Raichu, que era la evolución.

pikachu-and-raichu-evolution

"¿Qué?", pensé yo, "¿Evolución?". Pasó a comentarme que la mayoría de los Pokémon tienen evoluciones. Mientras más los hacés pelear, más crecen y más fuertes se vuelven. Como un Tamagochi, pero copado. Nuevamente, el concepto llamó mi atención poderosamente, pero no averigüé nada más ya que no entendía cómo era que los hacías pelear. Nunca había visto el juego así que la mecánica escapaba a mi comprensión. Un par de semanas después le regalaron una pelotita rebotina con un Squirtle adentro, y para ese momento me estaba empezando a manijear. Era evidente que había muchos Pokémon distintos, y aparentemente todos tenemos un deseo innato de atraparlos a todos. La pelotita fue destripada y el muñeco de Squirtle, rescatado.

El punto de quiebre en mi vida fue cuando uno de sus compañeros de curso le prestó el juego a mi hermano. La versión Roja, para ser precisos. Todavía tengo el recuerdo vívido, casi a flor de piel. Volvimos del colegio. Yo me fui a sacar el uniforme y cuando vuelvo lo encuentro a mi hermano en el living, tirado en el sillón, jugando al Game Boy. Ese ladrillo al que le habíamos dado menos pelota que a la clase de matemática. Y me dice "¿Ves? Este es el juego de Pokémon. Mirá, jugá vos un poco".

Nunca en mi vida había jugando a un RPG y no estaba acostumbrado a la mecánica; hasta ese entonces mi juego preferido era el Mega Man y jugaba principalmente juegos de plataforma. Ok... Empiezo a caminar, salgo de Viridian Town, me meto en los pastos altos. "Ahí te aparecen Pokémon salvajes, y con una Pokébola los podés atrapar". Lo miro por el rabillo del ojo, no entendiendo, pero sigo caminando... y de repente BAM, la pantalla empieza a titilar, desaparece mi entorno y la leyenda "A wild WEEDLE appeared!" me sorprende. "Go, BULBASAUR!".

Mi hermano me siguió explicando que hay que dañar a los Pokémon salvajes para poder atraparlos. Usé el Tackle una vez y veo que su barra de vida desciende a menos de la mitad. "Andá a donde dice ITEM y elegí POKEBALL". Una esfera bicolor surcó la oscura pantalla sin colores en 8 bits y golpeó al Weedle justo en la cara. Una pequeña explosión de humo, tres movimientos de la Pokébola, y acababa de capturar a mi primer Pokémon. "Ahora lo tenés en tu equipo y lo podés hacer pelear. Y si lo subís de nivel, evoluciona".

No les puedo explicar lo increíble que fue eso. Finalmente todo tenía sentido, lo que me había explicado mi hermano las semanas anteriores y la fiebre que parecía tener de rehén a todo el mundo. Hasta que no atrapé a ese Weedle pensaba que Pokémon era simplemente una curiosidad, una moda pasajera. Cuando lo atrapé, cuando lo hice YO, con mis propias habilidades, y me di cuenta de que ahora ese Pokémon era MÍO y de nadie más, y que me iba a ayudar a atrapar a otros, a ganar batallas y, según supe después, a ganar medallas para convertirme en el mejor entrenador del mundo, quedé atrapado inmediatamente, mucho más que ese Weedle que ahora residía en mi equipo. Sabía que era el principio de algo, y ese algo no iba a ser algo pasajero. Llegó para quedarse, e iba a cambiar mi vida para siempre.

pokémon-types

Cuando mi hermano tuvo que devolver la versión roja que nos habían prestado, no pasó mucho tiempo hasta que nos compráramos la propia. Nuestros padres nos regalaron el Pokémon Blue. Para complementar, en Navidad de 1999 mi hermano recibió un Game Boy Color. ¡Oh, las tardes de felicidad, jugando, atrapando Pokémon, coleccionando medallas...! La vida era buena. Pero éramos jóvenes ambiciosos. Queríamos más y no íbamos a conformarnos. Durante meses compartimos el mismo cartucho, pero luego de una gran insistencia logramos que para el día del niño me regalaran el Pokémon Yellow.

Corría agosto del año 2000. También recuerdo ese momento vívidamente. Me dieron el cartucho durante el cumpleaños de mi abuela y no existí más el resto de la tarde, creo que en dos horas llegué a Vermilion City. Cuando me enteré que durante las primeras ciudades te regalaban a Charmander, Bulbasaur y Squirtle, mi alegría no hizo más que aumentar exponencialmente. Nota para cualquiera que quiera jugar esta versión: si intercambiás tu Pikachu, lo evolucionás y lo devolvés a la versión original no te sigue un Raichu, solo la vergüenza de haber traicionado a tu mejor amigo.

Paralelamente, a principios del 2000 en uno de los frecuentes viajes a Camelot que hacíamos (el highlight absoluto de cualquier visita al centro), encontramos unos paquetes extraños que decían "Pokémon TRADING CARD GAME". Además decía "2-Player Starter Pack". "¡Qué casualidad!", pensamos, "nosotros somos exactamente dos". Por ende, compramos uno, con dos boosters extra para ver qué onda. Yo no recuerdo qué abrí pero mi hermano abrió un Hitmonchan, por lo que yo me quedé el Machamp que venía en el Starter Pack.

Mi hermano y yo teníamos algo de experiencia con Magic: The Gathering a un nivel muuuuuy básico, así que empezamos a jugar con las reglas que conocíamos de ese juego, ya que nos habían dicho que era bastante parecido. Poníamos las energías en juego como si fuesen tierras, y como solo teníamos una Double Colorless Energy únicamente uno de los dos podía usar ataques incoloros. El Starter Pack estaba en inglés, y aunque ambos teníamos un conocimiento de inglés avanzado para nuestra edad, no era suficiente para descifrar las verdaderas reglas del juego. No fue hasta que nos regalaron un par de los otros mazos (si mal no recuerdo, Zap! y Overgrowth) en español que pude ponerme a leer las reglas y aprendimos a jugar realmente.

De nuevo nos volvimos adictos. Con las salidas de Fossil y Jungle, armé un mazo psíquico basado en el Haunter de Fossil y Gengar con el cual metí buenos resultados en los pocos torneos a los que fui durante ese año, incluyendo una racha en la Liga Pokémon que se armaba los fines de semana y en la que te daban cartas promo, a la cual dejamos de ir cuando unos pibes me robaron unas cartas de mi carpeta y de mi mazo cuando no me di cuenta.

pokemon-tcg

En ese entonces, Pokémon era una fiebre incontrolable en el colegio. Una de las más visibles era el álbum de figuritas. Los paquetes salían 20 centavos y se jugaba el viejo y querido juego de apuesta en el que había que darlas vuelta con la palma de la mano. Incluso aquellos que no podían gastar plata en eso jugaban porque con que les regalaran algunas repetidas podían empezar a armar su colección ganándole a otros. Tengo la imagen de un compañero de curso que había empezado con 10 figuritas y a la semana tenía un pilón gigante. El juego de Game Boy, el TCG, y las figuritas hacían que Pokémon fuese una presencia constante en nuestros días.

Hacia finales de ese año, en diciembre, viajamos a Florianópolis, Brasil. Para los que no lo recuerdan, en aquella época del 1 a 1, en Brasil salía todo a mitad de precio. En esos tiempos ya había leído extensamente sobre la existencia de Mew, el elusivo Pokémon 151, y había intentado cuanto truco idiota existiera como leyenda urbana: el camión en el puerto del S.S. Anne, tocar la Pokéflute 50 veces al lado de Mewtwo y otras tantas ridiculeces que en este momento no recuerdo.

En Brasil había una revista dedicada exclusivamente al animé y los juegos llamada Pokémon Club, cosa que acá no existía. En cada visita a la ciudad, mi hermano y yo comprábamos revistas nuevas, en búsqueda de cualquier dato posible para mejorar nuestros equipos y para encontrar a Mew sin tener que ir a una de las convenciones en Estados Unidos o Japón. Nada. Ni un indicio. Hacia el final del verano terminé aceptando que nunca iba a poder atrapar a todos los Pokémon del juego. Pero otra cacería empezaba. Estábamos en el país del "todo a mitad de precio". Era el momento de conseguir el Cable Link e intercambiar los Pokémon que nos faltaban para completar el Pokédex hasta el 150 (antiguamente conocido como "atraparlos a todos").

cable-link

Honestamente, no entiendo por qué nuestros viejos nos hicieron tanto la segunda con este tema. Los hicimos ir a cada shopping que encontramos, a cada local de videojuegos, a cada casa de computación... Nada. No lo tenían en ningún lado. Incluso fuimos tres veces a una ciudad en la que nos dijeron que lo conseguían "para la semana que viene, guacho" (pero en portugués). Ni así, loco. Fue una tremenda decepción. Como aspecto positivo, en uno de esos viajes a la ciudad conseguimos el último número que había salido de Pokémon Club, donde anunciaban la salida del Pokémon Gold y Silver, y spoileaban nuevos Pokémon, entre ellos Togepi, Marill y Murkrow, aunque con sus nombres en japonés.

Por suerte nuestros padres, que entendían nuestra obsesión, ni bien volvimos a Argentina nos compraron el cable como regalo para Reyes. Cabe aclarar que necesitábamos el cable con adaptador, la entrada USB del Game Boy Color no era la misma que para el Game Boy ladrillo. Finalmente pudimos intercambiar nuestros Pokémon y por primera vez en nuestras vidas pudimos completar un Pokédex. Esto nos dejaba en una situación incómoda... Ambos teníamos mazos de cartas Pokémon que nos gustaban, el Pokédex completo, la liga ya no era un desafío, el álbum de figuritas estaba completo hace rato... ¿Qué nuevo desafío nos podría ofrecer el futuro?

Aquí la historia toma un cariz aún más personal, pues se centra únicamente en mi experiencia. Mi hermano tiene un punto de vista muy propio sobre toda esta etapa, un momento en el que nuestros dos años de diferencia se notaban bastante.

El verano del 2000-01 estaba terminando, ya habíamos vuelto de Brasil, yo estaba a punto de entrar al secundario y mi hermano... Mi hermano tenía dos años menos que yo, no fue un año especial para él en ese sentido. Pero para mí sí. Recuerdo esa tarde como si hubiese sido hace casi 15 años. Pasé por un kiosco de revistas y la vi. Ella me miró. Nos enamoramos. Era la Master de los Juegos.

Master-de-los-juegos

Después de un verano en el que habíamos jugado MUCHO al TCG de Pokémon y de haber competido en la liga que se armaba los fines de semana en el shopping Caballito y en algunos torneos en Villa Gesell, ya teníamos una cierta experiencia. Los dos jugábamos mazos propios, nada de netdeckear ni nada parecido. Y en una página en blanco y negro dedicada exclusivamente a publicidad, vi un pequeño rectángulo que decía algo del estilo “www.pokecartas.com - Todo lo que necesitás para convertirte en el mejor entrenador del mundo”. Listo. Nada más. Nunca una publicidad fue más efectiva en mí.

Llegué a mi casa y me encontré con un foro del TCG lleno de gente buena onda que posteaba listas, comentaba, compartía, corregía y testeaba. Sé que hoy, en el 2016, esto resulta de lo más cotidiano, pero estamos hablando del 2001 y esto era algo completa y absolutamente novedoso para mí. Pero lo más importante de todo: la página organizaba un torneo llamado Grand Prix, en el cual se celebraba un torneo cada tres semanas con excelentes premios en el shopping que está en Monroe y Arribeños, que permitían sumar puntos para clasificar a un torneo final a fin de año. El Grand Prix ya llevaba dos o tres fechas cuando me enteré, pero se convirtió en mi misión clasificar al torneo final.

En aquella época, el metagame [los mazos que se juegan en un determinado circuito] de Pokémon estaba dominado por unos pocos arquetipos: Rain Dance, Haymaker, Turbo Wiggly, Venucenter y Slowking/Chaos Gym. Por una cuestión de disposición de cartas (léase: las que más tenía), decidí armarme el Turbo Wiggly para competir. De todos modos, en las primeras fechas no llegué a tener el mazo completo y durante cuatro o cinco torneos terminaba con resultados mediocres y me quedaba afuera de las finales. Además tenía que terminar de acostumbrarme al mazo, pero a pesar de lo mucho que me divertía ir a jugar fueron unos torneos muy frustrantes.

Finalmente logré comprarme el Scyther que me faltaba y completar el mazo (anécdota graciosa: intenté pagarlo en dólares porque no me alcanzaba en pesos, como valían lo mismo pensé que me los iban a aceptar y no me los tomaron porque la dueña del local al que fui “no diferenciaba los dólares de una lechuga”). Para esto usé una técnica que a más de uno le resultará polémica...

scyther-card

En primer año del secundario me empecé a juntar con compañeros de dudosa moral. Íbamos a un colegio privado de Villa Crespo, pero uno de ellos consiguió guardapolvos para los tres de manera tal que podíamos sacar pasaje escolar en el colectivo. Todavía era el 1 a 1, con lo cual en cada pasaje me ahorraba 75 centavos, lo cual son $1,50 por día, o sea que eran $7,50 por semana, que multiplicado por tres semanas entre torneo y torneo se traducía en $22,50 para gastar en cartas. Una ridiculez de plata. Además, el organizador de los torneos (un abogado de apodo Gengar que había armado la movida para compartir una actividad con la hija) traía los boosters a $4 en vez de los $7 a $8 que salían en las comiquerías. Fiesta menemista. No me juzguen, era joven, ambicioso e influenciable. Y entonces...

Fue un sábado lluvioso. Mi viejo nos llevó al torneo, tal y como hacía en cada fecha del Grand Prix. Tengo el recuerdo de haberme bajado del auto con más confianza, sabiendo que tenía el mazo completo, que sabía jugarlo y que era mi momento de demostrarlo. Se disputaron las 5 rondas de suizo. Sorprendentemente gané las 5 y pasé al top. Alegría.

En cuartos de final jugué uno de los partidos más bizarros que me tocó en la vida. Mi oponente estaba piloteando el mazo prisión con Slowking y Chaos Gym, y el Turbo Wiggly era un mazo sumamente dependiente de los Trainers. Logré colar suficientes Prof. Oaks como para robar un montón de recursos y armar una buena mesa, pero corría serio riesgo de deckearme. Mi oponente me pregunta “¿Cantidad de cartas en el mazo?”. “Siete”, le respondo. Claramente ese era su plan de juego, mi Wigglytuff tenía un montón de HP y la resistencia a psíquico lo volvía un monigote casi inmatable. Pero me di cuenta de una cosa: el poder de Slowking manda los Trainers al tope del mazo, y él tenía 3 en la banca. Empecé a jugar un Gust of Wind solo para que me lo devolviera al mazo, pero que si llegaba a resolver me permitía matarle a otro de sus bichos. El poder era opcional, pero mi oponente estaba tan concentrado en no dejarme jugar nada que no se dio cuenta de esto. A fuerza de Do the Waves le empecé a matar a sus Pokés, siempre tirando el mismo Gust of Wind, y a los 6 ó 7 turnos me pregunta preocupado “¿Cantidad de cartas en el mazo?”. “Siete”, le contesto. “¡Eh, no estuviste robando cartas del mazo estos turnos!”. “Sí”, contesté. “Robé siempre el mismo Gust of Wind”. Mi oponente cayó en la cuenta de su error, dejó de mandármelo al tope del mazo y logré remontar el partido, algo que parecía improbable.

En las semis no recuerdo qué pasó, y en la final me tocó contra un gran amigo de aquella época, Federico, uno de los que me ayudó a crecer en el juego y que era hijo del dueño del local de videojuegos del barrio donde nos juntábamos a jugar después del colegio y donde se armaban torneos casuales los fines de semana. Estaba jugando un mazo muy nuevo que era un Rain Dance con Feraligart, un build extremadamente poderoso del Rain Dance original que sacrificaba un poco de consistencia por un engine prácticamente imposible de derrotar. La verdad es que los detalles del partido tampoco los recuerdo (fue hace casi 15 años), pero sí puedo afirmar que me estaba ganando por goleada y que logré una remontada milagrosa que me dio mi primer torneo.

Fue una de las mejores sensaciones de mi vida, estaba increíblemente emocionado y me fui a mi casa con un montón de premios. A partir de ese momento hice top en absolutamente todos los torneos que hubo hasta fin de año, ganando varios en el proceso, e incluso entre la gente del ambiente me volví medianamente conocido, ocasionalmente personas que no conocía me mandaban sus mazos por mail para que les diera recomendaciones y los ayudara a pulir las listas. Como dato curioso, cada vez que gané un torneo al día siguiente caía enfermo. No un resfrío pasajero sino 39° de fiebre. Mal. Todas y cada una de las veces. Se ve que se me sobrecalentaba el cerebro por el esfuerzo y la emoción.

Así que cumplí el objetivo y clasifiqué a la final del Grand Prix. Los competidores éramos tan solo 10, y el torneo era todos contra todos. Para ese evento venía preparando un mazo inspirado en Chansey y su nueva evolución, Blissey. El mazo era excelente, y los otros Pokémon que tenía estaban destinados a mitigar la debilidad contra Lucha que tenía el mazo y a armar el sólido engine de Chansey con el cual ganaba. Pero a último momento me arrepentí y volví al Wiggly. “Mejor algo que sepa jugar y no ponerme a innovar acá”, pensé ilusamente. Me destruyeron. Todos sabían lo bueno que era el Turbo Wiggly, sabían que yo lo jugaba y fueron especialmente preparados para enfrentarlo. Terminé ganando un solo partido de los nueve que jugué. Un desastre. Ese mazo de Chansey lo terminé puliendo todo lo que pude y se terminó convirtiendo en el mejor mazo que jugué en mi vida.

chansey-blissey

Pero el año siguiente me puse de novio, entré de lleno en la pubertad y el juego de cartas pasó a un plano muy secundario en mi vida, nunca más le dediqué el tiempo necesario. De todos modos había cumplido un nuevo objetivo y aprendido un montón en el camino, entre ellas a no dudar de mis propias habilidades para innovar y no siempre jugar a lo seguro. Ese fue el fin de mi carrera como jugador del TCG de Pokémon.

Ni mi hermano ni yo, durante muchos años, volvimos a tocar los juegos, y nunca más volvimos a jugar a las cartas. Los siguientes años transcurrieron entre una versión pirata de la Gold en chino, ganar la Crystal, y jugar a la Ruby/Sapphire/Emerald en emuladores (dicho sea de paso, mi generación preferida). No jugué a la cuarta generación de juegos y recién en el 2012, cuando me compré una Nintendo DS, pude jugar al Black 2. Recién hace un par de años, cuando me compré una 3DS, junto con la X y la Alpha Sapphire empecé a retomar el vicio, y gracias a un grupo de gente que le pone fichas a la movida de Pokémon competitivo acá es que volvimos a agarrar fuerte los juegos y, con ello, vuelven a ser una parte importante de nuestras vidas... Entre explorar la región de Kalos en la X y la Y, y meternos en el ambiente competitivo, estamos atravesando un proceso de descubrimiento similar al de antaño.

Pero esa es una de las cosas mágicas del universo de Pokémon. Siempre es un final abierto. Siempre hay más cosas por hacer y por descubrir. Siempre salen nuevos juegos, nuevos Pokémon, nuevas regiones, nuevos desafíos, y siempre son divertidos, interesantes y te hacen pensar y aprender. Todas estas experiencias, si bien son muy subjetivas, me marcaron mucho a lo largo de mi vida. Desde afuera pueden parecer ridículas, y no los culpo. Pero para mí son de los recuerdos más lindos y apasionantes que tengo, y eso es todo lo que importa.

Eso, y que 20 años después, la magia sigue intacta.

Valentín Chab

Gamer de la cuna hasta el cajón y basquetbolista de pelotero, a sus tiernos 28 años divide su tiempo libre entre series, videojuegos y Magic. Antes de que pregunten, chicas, sí, soltero.