Es curioso lo poco conocida que es la Saga de Robots, Imperio y Fundación del ruso-americano Isaac Asimov, teniendo en cuenta lo populares que son las sagas fantásticas hoy en día.

En este artículo vamos a analizar un poco la saga, los buenos motivos que hay para comenzar a leerla, y las interesantes características del Universo de Asimov en general y de La Fundación en particular.

Y, todo eso, sin ningún tipo de spoiler. Un lujo.

Si preferís leer una versión más corta de esta nota, con un listado al estilo BuzzFeed con las 7 más fabulosas razones para leer la Saga de la Fundación, entrá aquí.

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Preludio a Asimov

Isaac Asimov es una referencia obligada e indispensable de la Ciencia Ficción, tanto en términos cuantitativos como cualitativos. Publicó más de 500 libros a través de los cuales dejó su huella imborrable en el género, revolucionando algunos de sus sub-géneros (como la ciencia ficción dura, la especulativa y la robótica), dejó su impronta imborrable en cómo pensamos la ciencia ficción hoy en día y llegó a determinar algunos desarrollos científicos. Era, después de todo, un bioquímico de renombre.

Entre sus muchos logros, se destaca la creación de una línea temporal (el Universo Asimov, podríamos decir) que abarca unos 30.000 años, en los que diseñó la evolución de la humanidad en diferentes etapas a través de diversos cuentos y novelas que se centraron tanto en los grandes acontecimientos como en las pequeñas historias.

El público de hoy en día está acostumbrado a la entrega en sagas. Las trilogías de El Señor de los Anillos y Los Juegos del Hambre salen como pan caliente en las librerías. Millones se atrevieron a la heptalogía de Harry Potter, Las Crónicas de Narnia o las películas de Star Wars. La Saga de Robots, Imperio y Fundación de Asimov es un pasito más: solamente 15 novelas y algunos cuentitos. Una pentadecalogía y monedas. Y eso sin incluir la novelas de otros autores que se sitúan en el Universo de Asimov y que contaron con la explícita autorización de sus herederos. Una pentadecalogía y monedas & friends.

La Saga de Asimov incluye tres series de libros que se ambientan en lugares y tiempos distintos del Universo de Asimov.

La Serie de Robots es tal vez su obra más reconocible. Comenzó como una serie de relatos breves donde exploró las posibilidades de interacción entre la humanidad y unos crecientemente complejos robots, y las Tres Leyes que gobernarían cada uno de sus actos. Asimov es prácticamente el padre del subgénero de robots y de hecho acuñó el término robótica.

Unos pocos años después que se publicara Yo, Robot en 1950, la primera compilación de estos cuentos, hizo sus primeras novelas (Las bóvedas de acero y El sol desnudo) donde desarrolló con más profundidad las tensiones de la convivencia entre humanos y robots, luego de una primera expansión del hombre a una veintena de planetas cercanos. Estas novelas, a las que luego de más de 30 años agregaría dos títulos más (Los robots al amanecer y Robots e Imperio) tienen continuidad de personajes y tramas, por lo que pueden ser leídas como un gran bloque.

Pero antes de ello, a comienzos de la década del 50 ya había escrito algunas novelas sobre lo que luego definiría como el surgimiento y dominio del Imperio Galáctico. Un guijarro en el cielo, Las estrellas como polvo, y Las corrientes del espacio están ambientadas miles de años más tarde donde la humanidad se cuenta por billones y los planetas habitados por millones. Estas tres novelas no tienen continuidad espacial, temporal, o de personajes, y sólo las une el momento histórico y la imposición del Imperio Galáctico. En parte por esto, y parcialmente por falencias propias de cada uno de los títulos, es la serie menos lograda de las tres; algo que el mismo Asimov no tardó en reconocer.

Finalmente, la Serie de la Fundación nació como un trilogía (La Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación) que también publicó en los primeros años de la década del 50, y que en 1966 ganó el galardón a "La mejor serie de Ciencia Ficción de todos los tiempos", otorgado por los Premios Hugo (los más importantes del género).

Asimov nos sitúa en el declive del Imperio Galáctico, donde un investigador –Hari Seldon– propondrá una teoría que cambiará la historia humana para siempre: la psicohistoria. Esta disciplina permite, bajo ciertas condiciones, predecir estadísticamente el devenir de la humanidad y sus grandes acontecimientos con un elevado margen de exactitud. Y ahí comenzará la carrera contra el reloj: Seldon descubre que el Imperio se encuentra inexorablemente encausado hacia su desintegración, lo que causará decenas de miles de años de caos y anarquía en toda la Galaxia. Y para ello, Seldon debe planear un plan que le permita operar sobre algunas variables sociales para reducir la Era Oscura que se avecina.

Posteriormente, y ya sobre el final de su vida, Asimov agregaría dos precuelas (Preludio a la Fundación y Hacia la Fundación) y dos secuelas (Los límites de la Fundación y Fundación y Tierra), que junto con los dos otros títulos de robots ya mencionados, terminarían por unir todo el Universo generando un único relato que atraviesa comprehensivamente todas estas novelas, y algunos cuentos sueltos.

En estos tiempos de grandes relatos fantásticos en entregas y del impulso de las adaptaciones cinematográficas ansiosas de explotar una franquicia, parece un poco increíble que no se haya recuperado la Saga de Robots, Imperio y Fundación. Esto se debe, sin duda, a que no hay permanencia de personajes y situaciones (en su mayor parte) y la dificultad de traspasarlo fielmente al lenguaje audiovisual sin violar las reglas de la industria.

Pero la Saga, y particularmente la serie de La Fundación, demuestra ser una lectura apasionante. Asimov es muy eficiente en generar relatos breves (ninguna de las novelas que forman parte de la Saga son particularmente largas) atrapantes, inmersivas e impecables estructuralmente.

Entonces. ¿Está buena la saga? ¿Vale la pena empezar a leerla?

¡Por el amor de la Ciencia y todo lo que está demostrado, sí!

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Hacia Asimov

Asimov recurre a viejas fórmulas narrativas para despertar una serie de placeres en el lector con sus novelas.

El primero, estructural, es el placer de la historia completa, extensiva en su duración e intensiva en su emoción. Asimov nos sitúa en el rol de observadores eternos, testigos de más de 30.000 años de desarrollo humano. Pero puntualmente en cada novela nos sumergimos en historias personales, dramáticas y emocionantes, que podrán determinar el futuro de la humanidad. Nos lleva a los momentos críticos de la Historia, con hache mayúscula. Reconstruye, de atrás para adelante, los mitos fundacionales de una nueva humanidad que ha olvidado los problemas y avances del siglo XX y XXI.

El relato no se desarrolla caprichosamente: es una historia cuya construcción ficticia se evidencia en la transparencia de los fenómenos sociales: la razón de los procesos históricos más importantes está ahí, presente y hasta personificada.

Y esto es aún más sorprendente teniendo en cuenta que la Saga no fue diseñada con anticipación ni pensada linealmente.

En efecto: a pesar de que muchos de sus títulos fueron escritos con 40 años de diferencia, las historias encastran perfectamente. A diferencia de los autores de El Señor de los Anillos, Harry Potter, Canción de Hielo y Fuego (Game of Thrones), Las Crónicas de Narnia, Crepúsculo, Percy Jackson, Los Juegos del Hambre, y hasta Dune, Asimov no diagramó una estructura histórica del relato antes de sentarse a escribir las novelas ni las realizó de forma lineal. Por lo tanto, algunos parches son evidentes y, en ocasiones, un tanto forzados. Pero lo importante es que esto no va en detrimento de la historia ni nos interrumpe su disfrute. Al contario, hay algo sumamente placentero en ver cómo se las ingenió para unir dos historias o momentos, para justificar eventos ya narrados, o para trazar puentes entre personajes. Es el placer del encastre perfecto.

Tal es así, que a pesar de ser 15 libros escritos sobre personajes y momentos diversos, y en diferentes etapas de la vida del autor, da la impresión de estar leyendo un única pieza que cuyo segundo relato, internovelesco –el de los grandes acontecimientos humanos a lo largo de miles de años– se va comiendo la narración intranovelesca de las experiencias de los protagonistas, los importantes o los ignotos.

Es por esto que, a diferencia de las otras sagas mencionadas, el Universo de Asimov no es épico. Y hablamos de épico no como género literario-poético de los griegos en adelante, si no más bien el subgénero de épica fantástica hoy inseparable de su representación audiovisual. No es que en la Saga de Asimov no haya ocasionales batallas, aventuras, grandes hazañas o el eventual rescate de la damisela en peligro. Pero eso se limita a momentos específicos de algunas de las novelas, y rara vez a grandes escalas. La mayoría de los libros del Universo de Asimov también pueden leerse de forma independiente y autónoma, y mientras que algunos de ellos presentan elementos tradicionales de la épica, otros están más cerca de la novela de detectives o del género de aventuras.

El segundo relato, el meta que atraviesa la Saga de Robots, Imperio y Fundación, abarca 30 milenios de historia humana. ¿Qué épica es pensable en este margen? Aún las hazañas más gallardas quedan apabulladas por el inclemente paso del Tiempo. La cronología devora al intrépido.

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Irónicamente, toda la Serie de la Fundación se basa, precisamente, en la posibilidad de torcer la imperturbabilidad del tiempo. Pero es que además, hay una cuestión fundamental que diferencia a Asimov de los demás autores de Sagas (más allá de las propias del género de Ciencia Ficción), y es estilística.

En Asimov, la acción se desarrolla a través del diálogo. Tiene un lenguaje excesivamente sencillo y unívoco que se centra en el desarrollo de la trama y la interacción en los personajes, lo que hace que las novelas sean muy abordables y su lectura muy fácil y relajada. Buscó la trama pura, narrada a través de una especie de lenguaje-cero. No es para aficionados a la poesía.

En parte por esto, y en parte por la fragmentación de las historias vistas en su totalidad, nunca hubo un serio intento de llevar la Saga (o si quiera alguna de las series) al cine. Pero ya hablaremos de esto más adelante.

Otro placer de leer la Saga, particularmente en la Serie de Robots y en parte también en la Fundación, es el del descubrimiento. En las primeras novelas, Asimov usa elementos de la Ciencia Ficción para construir una trama más cercana a la estructura de un policial; más específicamente, de detectives. Nos va ofreciendo pistas que nos permiten llegar a las mismas conclusiones que el protagonista, pero si Arthur Conan Doyle nos indicaba la forma del barro en un zapato o la disposición de las cenizas en un cenicero, Asimov nos insta a reflexionar sobre las posibles condiciones bajo las cuales el cerebro positrónico de un robot pudo haber reaccionado ante una situación.

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En la serie de Robots, lo detectivesco articula el estudio emocional de unos humanos futuros y casi distópicos, y su relación con las máquinas autómatas. Es el escenario perfecto para una novela detectivesca: perfiles humanos definidos, distinguibles e identificables; y acontecimientos relacionados con robots que, por diseño, deben actuar de forma perfectamente lógica y racional: la cascada deductiva fluye torrencial.

En la serie de la Fundación, sin embargo, se pierde la estructura detectivesca, pero aún mantiene la trama del descubrimiento. Asimov utiliza la psicohistoria -la ciencia matemática que puede predecir estadísticamente grandes acontecimientos- para mantener un suspenso de estudiada cadencia a pesar de saber de antemano (en la mayoría de los casos) que el conflicto efectivamente se resolverá.

El camino hacia las respuestas a los crímenes en la era robótica y hacia las soluciones a las Crisis Seldon en la era de la Fundación es el del estricto ejercicio del razonamiento, a partir de los problemas humanos que surgen de nuevos adelantos científicos tecnológicos. Estamos en el corazón de la Ciencia Ficción, señores; en las antípodas de la Fantasía.

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Pero siempre al final del camino nos espera una sorpresa. Asimov era sin dudas un maestro del relato; un verdadero cuentacuentos. Y como tal, elaboró la estructura de sus textos (desde las novelas hasta los cuentos breves) prestando particular atención al ritmo del descubrimiento, guiándonos con mano gentil hacia un final anticipado e inesperado a la vez. Este efecto sorpresa es tal vez más pronunciado al leer los libros que componen la Saga en el orden de su escritura, ya que es muy interesante descubrir cómo hizo el autor para articular todas las historias y resolver los grandes conflictos históricos en su Universo ficcional.

Y es que, además, el Gran Relato que atraviesa toda la Saga tiene una única dirección: la búsqueda de la paz. Ya desde el comienzo de la Serie de Robots, la narración se estructura en función de una gran crisis humana. Asimov marida la historia de los personajes con la resolución de los grandes conflictos del hombre (superpoblación, guerra, contaminación, caos, miseria), lo que contribuye a construir una versión de la humanidad gestáltica en los albores de su autoconciencia, intuitivamente orientada a la consecución de una sociedad utópica.

Esto tiene su máxima expresión en la Serie de la Fundación. Lo que moviliza toda la saga es la lucha contra el determinismo histórico que nos arrastra inexorablemente a nuestra extinción, la búsqueda de la paz a través del control de la inmensa complejidad de las variables de una hiperexpandida civilización humana. Este romanticismo-cientificismo-utopismo (¡fá!) de Asimov no es simplón o inocente. Busca la paz, pero narra el conflicto. Todas las novelas y cuentos se centran en los momentos temporales de mayor tensión; no elige situar sus textos en los largos años de la Pax trantórica o los aún más largos años de la Pax galáctica -períodos más o menos prolongados donde la humanidad pudo "progresar" sin exterminarse mutuamente en interminables guerras.

Tampoco se trata de utopismo social. El concepto de paz que se construye en el Universo Asimov incluye la ciencia, el progreso, la educación, el laicisimo, la paz militar y la revisión del segundo principio de termodinámica de la física clásica.

En efecto: por más piola que sea la civilización humana, tarde o temprano el Sol se va a extinguir. Los viajes interplanetarios nos permitirían mudarnos de sistema solar y colonizar la Galaxia (así comenzó el Imperio Galáctico), pero tarde o temprano todos las estrellas del universo se apagarán. Es el principio de la entropía, de la irreversibilidad del tiempo y de la disipación de la energía.

¿Pudo Asimov imaginar la solución a este problema, tal vez el más importante de todos los tiempos? En la Saga de Robots, Imperio y Fundación no llega a tanto. Pero en su Universo ampliado podemos encontrar el cuento La última pregunta, donde narra, a través de grandes saltos temporales, la única pregunta que la inmensamente sabia Multivac –la computadora robótica más grande y completa del universo– nunca pudo responder: ¿Cómo revertir la entropía?

La última pregunta es a mi entender el mejor cuento de Asimov (algo en lo que, vale la pena aclarar, él mismo estaba de acuerdo) y uno de los mejores de la historia de la Ciencia Ficción. Si leíste los otros relatos de Asimov y no llorás de felicidad literaria después de leer La última pregunta, sos un/a subnormal. He dicho.

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Los límites de Asimov

Isaac Asimov tenía, por supuesto, sus limitaciones. Entre su vasta producción se encuentran algunos libros muy poco destacables, y algunos de ellos (como Las corrientes del espacio, parte de la Serie del Imperio Galáctico) son bastante mediocres. Pero, por otro lado, ¿qué autor ha escrito 500 libros excelentes, uno tras otro?

El lenguaje simple y despojado con el que Asimov enfocó su escritura puede resultar tal vez demasiado simple y las novelas no tienen una gran profundidad. Algunos motivos se repiten, y el "héroe siempre obtiene a la chica". No debemos olvidar que la Ciencia Ficción de por entonces (y no mucho ha cambiado) era un subgénero de literatura ligera, pensada para entretener y orientada comercialmente a adolescentes.

Por otra parte, la elaboración de una extensa línea de tiempo ficticia implica un considerable trabajo de imaginación, y a Asimov le resultó útil tomar como referencia la gloria y caída del Imperio Romano para diseñar sus propios grandes movimientos históricos, particularmente la figura del planeta Trántor en el Imperio Galáctico. Pero la influencia de la historia romana cae a veces en la cita histórica directa, y la analogía se hace evidente. En algunas novelas (notablemente, Las corrientes del espacio), la transposición histórica es bastante burda.

Hay que recordar, además, que gran parte de los libros fueron escritos en la década del 50, con las normas morales de por entonces. Asimov fue un gran visionario en términos de anticipaciones científico tecnológicas, y en cierta medida sociales, pero sigue siendo un hijo de su época y de los valores occidentales, blancos y norteamericanos (nació en Rusia, pero vivió en Estados Unidos desde los 3 años).

Con el advenimiento de la Nueva Ola de Ciencia Ficción a partir de la década del 60, los autores se centraron en los aspectos más sociales y la literatura neutra y hasta pacata de Asimov no estuvo exenta de críticas. Pero él asumió éstas limitaciones, y haciendo gala de su adaptabilidad al "progreso", comenzó a tematizar cuestiones sexuales, raciales y hasta (¿me animo?) geopolíticas.

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Asimov y Tierra

A pesar de su riqueza, el Universo de Asimov no ha sido frecuentemente adaptado al cine.

Esto no necesariamente es algo malo, ya que las adaptaciones de libros de Ciencia Ficción suelen ser bastante pobres, o sencillamente malas. Se suele priorizar el aspecto visual y pochoclero con elaborados efectos especiales, y simplificar y reducir la historia hasta dejarla irreconocible es un estándar en la industria hollywoodense.

La versión cinematográfica de Yo, robot del 2004 no sólo no es una excepción, si no que es tal vez el mejor ejemplo. La película está basada en un guion de Jeff Vintar, que nada tiene que ver con Asimov. A mitad de camino, a los productores se les ocurrió comprar los derechos del libro de Asimov como estrategia de marketing e incluir aspectos estéticos del mismo en la película, para que tenga un ligero aire al autor. Así, tomaron los nombres de algunos de los personajes (¡pero no su personalidad ni perfil!) y las tres leyes de la robótica y las yuxtapusieron a una historia que está diametralmente opuesta a lo que Asimov escribió sobre los robots. Y en el medio, el mamerto clase A de Will Smith. Leer Yo, robot y después ver la película es una experiencia traumática, profanatoria.

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Una adaptación mejor lograda es tal vez la de El hombre bicentenario, protagonizada por Robin Williams en 1999. Basada en un cuento breve de Asimov que luego fue transformado en novela con la colaboración de Robert Silverberg, La película no se despega de los evitables golpes bajos y es otro soso producto hollywoodense.

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Retrotrayéndonos aún más en el tiempo, hay otras adaptaciones que son incluso peores que éstas. Al lado de la versión de 1988 de Nightfall, Yo, Robot es la cúspide poética del séptimo arte.

Es cierto, sin embargo, que los lenguajes son diferentes, y una película puede ser buena independientemente de qué tan fiel le sea al libro, como hemos visto por ejemplo con Blade Runner. Por eso no perdemos las esperanzas de que algún buen guionista o director asuma el proyecto de adaptar la Serie de Robots, Imperio y Fundación al cine.

Y, de hecho, corre el rumor de que ni más ni menos que Jonathan Nolan, hermano de Christopher y co-guionista en Memento, Interstellar, y las Batman, habría asumido el proyecto de filmar una serie de La Fundación para la pantalla chica, bajo la producción de HBO.

El rumor es bastante sutil. En una entrevista en el 2014, Nolan recomendó fervientemente leer la serie de Fundación, porque es una de las creaciones que más influyó la Ciencia Ficción en el mundo y, al mismo tiempo, poco conocida por el público lector. De ahí, varios medios salieron a hacerse eco de la noticia afirmando que Nolan estuvo efectivamente creando la serie de la Fundación tras bambalinas. La nota original no incluía ninguna mención específica respecto a la preparación de esta serie, por lo que el rumor parecería ser falso.

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Sin embargo, no he podido encontrar artículos que desmientan el anuncio. Lo cierto es que HBO tiene efectivamente los derechos de reproducción de la Fundación, que ya tiene una historia accidentada. En 2009, Sony Pictures había adquirido los derechos y asignado al pochoclero Roland Emmerich (Día de la Independencia, Stargate, Godzilla, El día después de mañana) para producirla y dirigirla. El proyecto no se materializó, y HBO compró los derechos que mantiene hasta el día de hoy.

Un guijarro en el cielo

La Saga de Robots, Imperio y Fundación es realmente única en su tipo, y merece sin dudas su lugar en el podio de la literatura de ciencia ficción.

La imaginación sensible y rigurosa de Asimov nos regala una experiencia imperfecta, pero enteramente disfrutable, que nos transporta treinta milenios a un futuro crítico, atravesado por los conflictos más importantes que le tocó vivir a la humanidad.