Lo prometido es deuda. Como ya dijimos en la primera parte de este artículo, a continuación realizaremos un análisis pormenorizado del comic Ex Machina y, como ya es habitual en nuestras notas, haremos un breve repaso de la construcción formal que tiene esta historieta.

Visto desde esa óptica, el cómic de Brian Vaughan y Tony Harris se divide en arcos de variante extensión (generalmente entre cuatro y cinco números, muchas veces con varios fill in unitarios y anuales que ayudan a dar un respiro entre arcos) con un tema en común que los une narrativamente. Sin embargo, lo más llamativo de Ex Machina es que la mayoría de los números se encuentran divididos en dos partes, una perteneciente al presente, donde veremos el grueso de los problemas políticos de los cuales Mitchel debe ocuparse, y la otra dedicada al pasado, en la cual veremos sus “aventuras” de Superhéroe, generalmente con penosos resultados.

En retrospectiva, y luego de leer con atención uno o dos arcos de la serie en su totalidad, uno puede ver cómo esta forma de acercarse a las aventuras del Hundred Superheroe, proponiéndolo como inútil o inoperante, está preparando el terreno para explicitar la tesis de la obra en su totalidad (con un final que ominosamente se propone desde las primeras viñetas del capítulo uno, y que no quiero spoilear). Esta tesis queda expuesta, precisamente, en las partes que se corresponden al tiempo presente de la historia, y pueden resumirse en la siguiente proposición: el ámbito de la política es el verdadero poder, la verdadera forma de transformar la realidad.

En ese sentido, volviendo a lo planteado en la primera parte de esta nota, en ninguna de las historias citadas anteriormente (Watchmen, The Dark Knight Returns y Squadron Supreme) los personajes participan en el ámbito de la política "institucional". En ellas, en cambio, la política funcionará como una suerte de macroconcepto que servirá para ser usurpado por los guionistas y plantear tanto distopías como contextos de estados fascisto-policíacos, o directamente proponer una hipertrofia de la paranoia nuclear muy en boga antes de la caída del muro de Berlín (recordemos, son cómics de la década de 1980).

En otras palabras, en estas historietas la política plantea problemas que rodean a los superhéroes e, incluso, su resolución depende muchas veces de acciones superheroicas, pero siempre se proponen en un tono grandilocuente, es decir, partes de una grandiosidad donde siempre habrá un mundo en juego, una ciudad que proteger, un estado represor que desarmar o un nuevo gobierno mundial que construir y que replicará, de algún modo, la antinomia Bien-Mal, el maniqueísmo que estructura tantos otros relatos.

Será por ello que, al contrario de las anteriormente mencionadas, Ex Machina se nos muestra como una rara avis, puesto que se mete de lleno en la política tal y como la conocemos. La política verdadera y mínima, la política de las pequeñas cosas, la política del día a día a lo West Wing que hasta es capaz de abrumarnos con sus pujas, sus concesiones y sus debates de un moralmente delicioso gris.

Teniendo esto en cuenta, el cómic funciona remarcablemente bien, en gran parte por estar firmemente anclado en el mundo real o, al menos, una de las versiones del mundo real en donde los detalles sci-fi son mínimos -sobre todo en el principio- y se reducen solamente a la “voz” del personaje principal, Mitchel Hundred, y lo que logra hacer con ella. Al contrario de Y, The Last man, donde el worldbuilding está enteramente atravesado por elementos de ciencia-ficción, las peripecias del alcalde Hundred tienen que ver, las más de las veces, con temas de la política "de entrecasa", en lugar de plantear plots dependientes de su poder, de su voz y su persona superheroica.

En este camino habremos de ver distintas caras de esta política de las menudencias que hemos mencionado más arriba y de la cual Hundred tendrá que preocuparse y que, veremos, no tendrá que ver con asedios, fines del mundo a través de carreras armamentísticas o estados policíacos que derrocar, sino de temas, en comparación, menores, que no hacen más que agregar capas a esa sensación de realidad más palpable, más cercana al propio mundo, que permea al cómic en su totalidad.

Serán, entonces, de este tipo, las políticas que marquen los temas de las sagas; argumentos como la legalización de la marihuana, las huelgas de sindicatos con mucho poder como para paralizar a la ciudad entera, el acalorado debate sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, y otros problemas del mismo cariz serán los temas elegidos para mostrarnos que el poder real no es absoluto, que está siempre sujeto a crítica, a validación y, en esencia, a un complejo entretejido de relaciones sobre los temas que nos ocupan y, sobre todo, que no podrá ser conseguido a través de las considerablemente poderosas habilidades del alcalde Hundred, sino a través de la negociación, de compromisos, del toma y daca al cual, como argentinos, estamos acostumbrados a presenciar en los diarios.

Para muestra basta un botón y podemos ver cómo funciona esto apenas en el segundo arco de la serie. En éste, la “voz”, el poder del alcalde Hundred en tanto superhéroe, es apenas mencionado, siendo el tema excluyente del conflicto la exhibición (o no) de una particular y controversial obra de arte que parece incendiar a las masas. Lo repetimos: el plot girará alrededor de una simple obra de arte, ni supervillanos, ni bombarderos lunáticos, ni nada grandilocuente; simplemente una polémica y las posibles consecuencias que la misma tiene en los ciudadanos.

Claro está, presentar todo esto será imposible sin el cast de secundarios que, por tratarse de personas con sus propias visiones sobre los distintos procesos políticos, estarán a favor o en contra de Mitchel, dependiendo de la situación, del contexto y, sobre todo, de sus propias posturas políticas e ideológicas. Esto habrá de generar un ida y vuelta dialógico (e ideológico) que funcionará como motor principal de las negociaciones en las cuales Mitchel, como alcalde, se verá envuelto constantemente en el cómic (una vez mas, el walk and talk de The West Wing).

En medio de todo esto, estribando hacia la izquierda y poniendo en juego un debate de nunca acabar en la polarización norteamericana (el de republicanos y demócratas, o liberales y conservadores), Hundred se presenta como un político independiente (mostrándonos, así, cómo el bipartidismo del país del Norte impide que una tercera fuerza entre en la arena política), lo que permite que sus decisiones políticas no estén teñidas de la política partidaria, dándole un margen de acción que permitirá un enfoque diferente y propio de cada uno de los problemas que se le presenten.

Teniendo esto en cuenta, podemos afirmar que Hundred es un personaje de esos que le encantan a Vaughan. Complejo al borde de la paradoja, lo veremos actuar a lo largo de la serie de modos que esperaríamos y de algunos otros que nos sorprenderán pero que están construidos magistralmente a partir de flashbacks que se unen con el presente narrativo (y el futuro si prestamos atención a la primera página del cómic), mostrando la evolución del personaje en el camino. Tal vez esto quede de manera explícita únicamente en los capítulos en los que se indaga en la orientación sexual del propio Mitchel -que nunca llega a quedarnos clara-, o en parlamentos del propio Hundred ("soy liberal en economía pero te sorprendería saber lo conservador que soy respecto al crimen"), que siempre plantean una ambigüedad que resulta intrínseca al personaje.

Así, un personaje que podría haberse construido como una caricatura unidimensional que representase solo una postura (la de Vaughan, probablemente) y no estuviera dispuesto a cambiarla al contrario de la evidencia o de la negociación, se nos revela como un personaje que hace algo que puede parecer imposible en el mundo del cómic y, ya ni digamos, el de la política.

Evoluciona y cambia de opinión.

En el final, como ya habíamos dicho, la problemática del cómic de Vaughan es simple y muy cara a nuestra realidad Argentina. La transformación de la realidad no se logra saliendo vestido con los calzoncillos por afuera de los pantalones… aunque tengamos poderes. La transformación se logra a través de la negociación, a través de escuchar, relacionar y discutir… el cambio se logra a través de la política.

O no… Lean Ex Machina.