Dentro de la crítica literaria existe un lugar común que dicta que toda literatura (todo trabajo de todo autor que se digne a hacer literatura) es el último eslabón de una genealogía que los excede, tanto en alcance como en propósito.

Para decirlo de manera más simple, todo lo que termina en las páginas de determinado libro (de cualquier libro) es parte, ya sea que sus autores lo sepan o no, del mundo que todos los escribas fundan con sus palabras. Una realidad propia que, por mas realista que parezca, sigue siendo ficticia al ser construida a partir de experiencias, de pensamientos y conocimientos personales y únicos.

Y, si tenemos suerte, también de bibliotecas. De nuestras bibliotecas. De bibliotecas amplias como las de Babel que se alimentan de todo lo que hemos leído, de toda obra que ha echado raíces en nuestro subconsciente y que cimienta constantemente nuestra propia práctica escritural, ahí, burbujeando en la superficie de lo que escribimos como luchando por salir a flote y asomar su cabeza. "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído" pudo decir Borges con esa ironía que lo caracteriza tanto.

Hecha de estilos, de referencias, de citas, de reformulaciones y hasta de plagios, esta "biblioteca" personal representa muchas veces el punto nodal, el pivote principal, de las partes fundantes de cualquier literatura original (la mía, la tuya) que se mueve entre la cita y la referencia, la nostalgia y la tristeza, el olvido y el recuerdo de todo lo que escribimos.

Labor de reescritura y de recreación. Los escritores acometen su trabajo poniendo en juego sus experiencias, sus sueños, sus deseos y, más importante a los efectos literarios, sus propias bibliotecas.

Nunca es esto más evidente que cuando los escritores dan un paso mas allá y, no contentos con "espejar" el mundo que nos rodea, crean el suyo propio con el objetivo de "imponerlo" al mundo real (como el Homúnculo de Las ruinas Circulares: un sueño hecho carne). Una propia geografía. Un lugar enteramente literario sobreimpuesto sobre el mapa de la realidad. La (re)creación de una topología y genealogía nueva y personal.

Así, los literatos actualizan un mecanismo típico de la literatura: el del recorte, el collage y la memoria selectiva para construir esta "realidad", este "lugar" (cuasi) virtual propio y personal. "Sepan ustedes disculpar los relatos escritos por algunos de los insolventes hombres que he sido", nos dirá Dolina desde la Advertencia a su libro. Valen como ejemplo, lugares como: el Macondo de García Márquez, el Santa María de Onetti, el Yoknapatawpha, la misteriosa y caleidoscópica Buenos Aires de La muerte y la brújula de Borges. Será de este tipo el Flores dolineano.

El Flores del Ángel Gris, de Los Hombres Sensibles, de Los Refutadores de Leyendas y demás fauna mítica a la cual, para entender cabalmente, debemos de comprender como existente debido a una doble articulación entre dos dimensiones: el tiempo y el espacio.

En el primero de los casos veremos como el libro parece aferrado irremediablemente al pasado; el tiempo de los cuentos que componen el libro se tiñen de nostalgia narrando un "ya pasó" constante que muy pocas veces es suavizado por la intervención de narrador (un Dolina desdoblado en la figura de aquel que cuenta y aquel que vive, a través de la piel de Manuel Mandeb) que nos recuerda que existe un presente de escritura pero que probablemente olvidemos al pasar al próximo cuento.

La segunda de las dimensiones es puramente espacial y tiene que ver con los veleidosos y no del todo claros límites del propio Flores que se dan en una suerte de fantasmagoría de calles, bares, pasajes y zaguanes que nunca son lo suficientemente sólidos como para trazar el mapa exacto del barrio del Ángel Gris (que son como las letras de los sueños que vemos pero antes de tener sentido se borran, dirá Borges, una vez más).

El barrio de Flores dolineano conforma una realidad paralela y mágica ligeramente ladeada que transforma todo acto, toda peripecia, toda aventura, todo suceso, en un arrabal de lo Fantástico.

El Fantástico, ese macrogénero -permítaseme- que, al contrario del Realismo y del Maravilloso (los otros dos grandes verosímiles de la naturaleza literaria), se va construyendo, se va armando y desplegando poco a poco, paso a paso, entre lo imposible y lo mundano, entre lo razonable y lo irracional, entre lo cotidiano y lo escandaloso (pues todo Fantástico es un escándalo de la Razón), que siempre se construye en un estado de incredulidad constante que es su santo y seña, para que nos debatamos entre la visión del fantasma que no es más que una sábana colgada al viento o la sábana que no es más que un fantasma que el viento nos permite ver.

Pero el Flores imaginario que el autor construye sólo es posible de "echarse a andar" si está poblado, si hay algo que allí sucede que es digno de contarse. En otras palabras, la topología del barrio del Ángel Gris tiene sentido sólo por sus habitantes, sus historias, sus mitos.

Mitos sí, mitos tal vez con minúscula son, al fin, de lo que habla el libro hasta el cansancio, como casi de un catálogo se tratase casi; mitos construidos con un pie en la Biblia borgeana (o cortazariana, si el viejo sabio y ciego no es de su agrado) y el otro en el chiste chusco del tío pasado de vino.

Mitología que encuentra su carnalidad en la hipertrofia y el carnaval de los magníficos (fantásticos, una vez más, en todo sentido) dibujos de Carlos Nine, parte vital de la construcción del libro/objeto y que ayudan a transformar la entrecasa de la normalidad en un numen de lo imposible, de lo mágico y, como ya hemos dicho, de lo mítico al fin.

Propuestos, en su mayoría, de modo dicotómico, estos mitos tienen su construcción modélica ya desde el primer cuento del volumen, El reparto de los Sueños en Flores. En este cuento, que propondrá un andamiaje constitutivo que se repetirá en muchos otros, dos fuerzas antitéticas que lucharán por la validez del sentido en la narración (que no de verdad, pues no es lo mismo). En este caso tendremos la lucha de los ya mencionados Hombres Sensibles de Flores, quienes creen en el Ángel Gris y su capacidad para prodigar sueños y pesadillas en la barriada, contra Los Refutadores de Leyendas, quienes descreen de esta habilidad y dedican su tiempo a demostrar científicamente su imposibilidad empírica.

Así, este enfrentamiento entre una fuerza que, de algún modo cree, o pretende rescatar, alguna clase de magia en el mundo y aquella que, atrapada en la red del Progreso, se ve casi obligada a renegar, descreer y burlarse de la misma, será la base sobre la que se habrán de construir los relatos de la obra. En eso, la mitología dolineana recrea una pugna que se viene dando en el pensamiento occidental desde, al menos, 300 años, sintetizada en un bello y fundamental pasaje, justamente del primero de los relatos: "...los Hombres Sensibles no creen en ninguna razón que no los haga llorar"

Sin embargo, leyendo el libro con atención, se verá que esta lucha entre la mitología dicotómica del libro transformará a los mismos contendientes en númenes de los temas que tiñen toda la narratología dolineana; los temas de los que realmente quiere hablar el maestro Alejandro y que son marca y obsesión a la vez.

Así, desfilarán por sus páginas tópicos como la narración de historias, la angustia, la tristeza, la nostalgia, los sueños y los pares que chocan entre sí: el amor contra el desengaño, la razón contra la imaginación o la esperanza y el recuerdo contra el olvido.

No habrá nada causal en la organización de los relatos, en el modo en como están propuestos; Dolina, como sus anónimos narradores, es un gran contador de historias y no juega a los dados con su universo. Y el mismo se construye a partir de la dicotomía que propone la mismísima existencia del fantástico en el libro.

Así, los sueños que el Ángel entrega funcionan miméticamente como comentarios del carácter fantástico del mismo libro (los sueños, es sabido, se componen de recuerdos, olvidos, invenciones e irrealidades).

Las historias, que en el cuento de los narradores han perdido su lugar y desaparecido, sobreviven entre las páginas del mismo libro en el cuento que las referencia a medio creer.

Y finalmente, en el tercero de los cuentos; el tema, tal vez (es discutible), más importante de todo el volumen, el Amor, que, al menos según la lógica de las historias, no deja de ser una de las formas de la irrealidad, del mismo fantástico; pues más que la concreción, *el amor es una historia y, las más de las veces, una que queda trunca. Es decir: una construida también como un cuento fantástico, con sus mujeres de "Nos" inapelables, sus sirenas suburbanas y sus amores que solo sobreviven en un recuerdo o una espera.

De este modo, moviéndonos entre la cita, la referencia y el homenaje, la nostalgia y la tristeza, todos terminaremos, por último, refiriéndonos al cruce de lo fantástico y lo real.

Caminando constantemente entre ambas puntas del espectro como un consumado equilibrista, se nos hace evidente, sin embargo, que el carácter melancólico de las historias siempre estriba hacia el final, en la decepción, el desengaño y la desesperanza (tanto en el tiempo, en el amor y en nosotros finalmente).

A pesar de ello, Dolina nos ha puesto una pequeña trampa de esperanza en la forma del mismo libro con el que nos encontramos. El libro es la (o es su) propia herramienta de salvación hecha "realidad", hecha papel. Es el salvavidas de estas modestas magias, de estas sinrazones chuscas y, finalmente, de estos mitos que no solo representan, sino que también son el Flores del autor; pues mientras nos recuerda que estos están condenado a perder, a ser olvidados y a desaparecer, el mismo existe como el lugar para preservarlos.

El libro es la balsa que habrá de salvarnos a todos (a ellos y a nosotros) de este mundo del descreimiento, de la gris normalidad del día a día, de la vida que se nos pasa; pues cada vez que abrimos sus páginas, subsanamos, reparamos y abolimos, de algún modo, la inexistencia de la Serpiente del Maldonado, de la Vitrola fatal, de los Hombres Sensibles y, por supuesto, de su musa, el Ángel Gris.

En efecto, como podría decir el propio Dolina, en realidad el libro no habla de una sucesión de mitos sino más bien, de un solo mito -que aparece propuesto en diferentes formas y narrativas y que derivan en dicotomías como ser: la batalla de lo tangible contra lo solamente imaginable o aquella de un pasado que solo recordamos vagamente contra un presente evidente y agobiante-, un mito, dijimos, que funciona como espina dorsal del volumen: el de creer contra no creer (una vez más, cualidad inherente del Fantástico) que finalmente se convertirá en el numen de una lucha eterna que, bien entendida, va mucho más allá del mismo libro.

Una lucha sin posibilidades de victoria (a no ser momentánea y fugaz, tan pasajera como algunos de los amores que retrata el propio libro) que, sin embargo, debe de ser peleada aunque más no sea por el honor de poder decir que lo intentamos. Quizás así podamos decir, con uno de los cuentos y al final de la jornada: Si nos llega el olvido, tratemos al menos de no merecerlo.