Quentin Tarantino es mejor guionista que director. Espero no generar demasiada polémica con esta declaración (o sí, escriban en la sección de comentarios si quieren generar una discusión), pero es una reflexión que rescato luego de ver su filmografía completa y con la más reciente de sus películas (The Hateful Eight) todavía fresca en la retina.

Por supuesto, esto es una apreciación personal. Sin embargo, si revisan las nominaciones a diversos premios (cosa que no deberían hacer ni yo debería sugerirlo, porque la Academia -y los otros organismos similares- son un fraude, aunque los use como argumento) que se han hecho de las películas del mencionado, verán que su nombre aparece más relacionado con la Categoría de Guión (Original y Adaptado), que la de Director propiamente dicho.

Habiendo dicho esto, no es de extrañar que todos los yeites, los trucos que caracterizan al cine de Tarantino -como, por ejemplo, la narrativa no lineal, los personajes excéntricos y más grandes que la vida, las referencias a la cultura pop (y su lado más B) y, al fin, esos diálogos únicos que solo él (y en el mundo de las historietas Garth Ennis) parece capaz de escribir, así sean aciertos desde el punto de vista del script más que del manejo de la cámara, los ángulos y los planos.

Sin embargo, y tal vez sonando un poco como un Oxímoron, si soy capaz de aceptar que Tarantino es el director más adecuado para filmar sus guiones.

Como Clint Eastwood, Christopher Nolan y tantos otros, el éxito que tiene Tarantino al transponer sus guiones a la pantalla radica, creo yo, en un respeto, un conocimiento y, muy especialmente, un amor sin igual al contenido base con el que construye sus historias. En otras palabras, Tarantino no tendrá que perder tiempo explicando a otro Director quién es Sonny Chiba, cómo y sobre qué tratan las películas de John Carpenter, o porqué Jackie Brown puede adaptarse perfectamente como una película del subgénero blacksplotation, incluso cuando las mismas habían dejado de existir treinta años antes.

Sin embargo, antes de ser un nombre reconocido en el firmamento de Hollywood y tener la billetera Weinstein atrás, Tarantino era apenas un aspirante a director con demasiado cine encima que debía pagar derecho de piso antes de jugar en las grandes ligas (más allá del éxito mainstream, su historia tiene muchos puntos de contacto con otro director indie: Kevin Smith). Y ese derecho de piso significó vender guiones a otros directores, a pesar de haber probado ya las mieles del éxito con la aclamada Reservoir Dogs. El primero de ellos fue True Romance, una suerte de reinterpretación de la primera película filmada por Tarantino, My Best Fiends Birthday -una rara avis del circuito de festivales- y que dirigiría el fallecido Tony Scott. El segundo fue Natural Born Killers, que sería reescrita (a veces muy reescrita) y finalmente dirigida por el siempre polémico Oliver Stone.

A partir de lo planteado, será el objetivo de esta nota el ver cómo funcionan algunos nodos significativos propios de la obra "tarantinesca" en manos de directores que no son Tarantino.

Para empezar podemos hablar de los elementos formales con los que las obras están construidas y plantear, al menos levemente, algunas líneas para leer los textos fílmicos. En el caso de True Romance encontraremos que la película (al contrario de toda la filmografía como guionista y tal vez por tratarse de su primer obra en ser filmada por otro dirctor) está construida con una linealidad pasmosa, del punto al A al B y de ese al C sin flashbacks o flashfowards que transformen la película en uno de sus reconocidos rompecabezas. Del mismo modo, y al contrario de lo que sucedería en sus películas posteriores (sobre todo en la abstrusa Domino), Scott está increíblemente clásico y acotado a la hora de filmar la película entera.

No será ésta la herramienta que aplicará Stone, quien, más inabarcable que nunca, aprovecha la locura del guión para desbordarse y construir una película abundante en flashbacks, excéntricos puntos de vista (del ojo de buey, a una primera persona desde la mira de un arma en movimiento), llevando al terreno del paroxismo (y casi la parodia) las demasías que el guion le permite, haciendo que toda la película sea como un viaje de ácido y adrenalina inyectado directamente en el ojo del espectador.

El tratamiento de los diálogos y los personajes es otro de los nodos significativos que hacen de Tarantino quien es. Teniendo esto en cuenta, podemos decir que la película que más se acerca a lo que entendemos como la marca de fábrica del escriba es True Romance, en cuanto a los diálogos y Natural Born Killers en cuanto a los personajes.

Para decirlo de modo más sencillo: los diálogos de la película de Scott son más identificables con la marca Tarantino que los personajes que la protagonizan. Así, la película tendrá varios diálogos magistrales (con sus puntos más altos en la conversación que termina enamorando a los dos protagonistas y en la inolvidable escena que se da entre Christopher Walken y Dennis Hopper) que son dichos por personajes que, en un principio son bastante tangenciales a lo que usualmente esperamos de Tarantino, es decir, no son criminales, o más correcto sería hablar de que no pertenecen a un mundo de crimen y violencia per se, sino que son atraídos, llevados al mismo por las circunstancias y las peripecias de la propia película.

Distinto es el caso de Natural Born Killers, película en la cual los dos personajes son criminales de la peor calaña (asesinos seriales, nada menos) lo que los trae más cerca de la realidad de los hitmen de Pulp Fiction o los ladrones de Reservoir Dogs. Dominio donde Tarantino parece sentirse más cómodo, y que sin embargo, y como decíamos más arriba con respecto a los diálogos, a pesar de poder construir un ida y vuelta siempre fluido e inteligente, los mismos no parecen tener escenas memorables para desarrollarse (salvo, tal vez, el soliloquio sobre la identidad que Woody Harrelson realiza y que, al no constituir un dialogo en sí, juzgo casi por separado).

Para finalizar, hablaremos de la cultura popular que, según yo entiendo, en ambas películas se presentará en dos dimensiones. Una de carácter simple y otra de carácter un tanto más soterrado que, a mi entender, dice más sobre los guiones de Tarantino que la otra.

Así, esta relación, que entendemos como más superficial, basada en la referencia, el homenaje o la propia reflexión, se hace evidente desde el principio de ambas películas. Veremos, de este modo, el Cine, con el ciclo de películas de artes marciales; el trabajo en una tienda de comics (ambas formás de arte entendidas como "menores" por el canon de la cultura estandarizada); y, finalmente, como el summum de estas conexiones, la aparición y presencia de la figura de Elvis Presley como “guía espiritual” del mismo protagonista en True Romance (replicado por John Wayne en Preacher, obra de quien quizá sea, arriesgamos, su hermano comiquero, Garth Ennis).

Todas estas características encuentran su reversión desquiciada en Natural Born Killers, cuando nos encontramos con la sit-com flashback que narra las historias de origen de Mallory y Mickey (y que es, a la vez, uso y comentario de ese formato y temática); la forma en que la edición esquizofrénica de la película da la sensación de estar viendo siempre una televisión en constante estado de zapping; y, finalmente, y conectado con esto último, cuando reflexionamos sobre las dimensiones gargantuescas del circo mediático que se arma alrededor de la pareja protagonista y que replica, casi al estilo de los reality show (recordemos al pasar que, para 1993, los Realitys no eran más que el sueño húmedo de algún productor televisivo), la morbosidad con la cual las masas siguen las historias de criminales, construyendo, a veces, una narratología heroica a su alrededor, convirtiendo las muertes y masacres en parte del mejor show del planeta.

Todas, como ya hemos dicho, formas de la cultura pop que son propuestas, utilizadas y hasta comentadas en ambas películas.

Sin embargo, este trabajo con la cultura popular, que no deja de ser importante y significativo, está basado en algo más importante aún, una relación constitutiva, (de construcción diremos), que se relaciona con el tratamiento de las historias y los géneros en sí que hace el gran Quentin.

Probablemente sea esa la razón por la que en estas dos películas la labor de Tarantino, lo que lo hace especial e interesante, lo que ambas películas no pueden cambiar es el modo en que el director/escriba puede tomar distintos géneros o historias de la cultura popular y transformarlos en algo nuevo, en algo propio, a través de todas las características que fuimos nombrando más arriba para que funcionen a su gusto y necesidad.
Así, no es de extrañar que haya tomado a uno de los macrogéneros (en este caso el Romance/Melodrama) y, más exactamente, una historia ya conocida como la de Bonnie y Clide para trabajar, pues son estos tipos de historias ya conocidas o contadas las que le permiten llenar los intersticios con su particular modo de ver el mundo. Con su particular modo de escribir el mundo.
Afortunadamente, hasta ahora no ha habido director que pudiera tapar la impronta Tarantino.